lunes, 17 de mayo de 2010

MORRONEGRO, PIALDA Y LA LOMA (Torrestío) - 16-05-10

 


1ª ASCENSIÓN A LOS PICOS “PIALDA”, “MORRONEGRO” Y “LA LOMA”.

16-05-10       (Domingo)

Este fin de semana, libre en el calendario del club, hemos decidido intentar la ascensión al Morronegro, la cual quedó pendiente del mes de marzo por la climatología de aquel día. En esta ocasión resultó un éxito y alcanzamos el objetivo así cómo otras cimas del mismo macizo. Participamos en la misma 12 personas que enumero: Miguel Ángel, Toño, Gabriela, Arancha, Álvaro, Mª Jesús, Mateo, José Antonio, Roberto, Adelino, Félix y yo.
Poco después de las ocho pasó Toño a recogernos a Mª Jesús, Arancha y a mí. En Guzmán estaba el resto de participantes salvo Miguel al que recogeríamos de camino. En los coches de Toño, Adelino y José Antonio salimos por la carretera de Caboalles hacia La Magdalena donde entramos en la autopista para evitar el tramo del pantano. A la salida estaba Miguel Ángel al que recogimos para continuar el viaje hacia Torrestío, 1350 m, donde llegamos poco antes de las 10:00 horas.
Allí nos preparamos y ya cerca de las 10:30 horas emprendimos la marcha por las calles del pueblo desde las que ya se veía la cumbre nevada hacia el oeste. Al poco de dejar el asfalto encontramos la bifurcación que se mete hacia el valle de Valverde dejando el camino que sube a los lagos de Saliencia. Por éste comenzamos a ascender suavemente entre verdes prados cercados con pequeñas tapias de piedras. Hacía dos años que habíamos subido por allí a la Calabazosa con un panorama climatológico totalmente diferente. Ahora no se veía nube alguna aunque la nieve acumulada en las cimas no nos daba mucha confianza. El mismo día anterior había estado nevando en casi toda la montaña leonesa.
La vista del valle era espectacular y por él fuimos avanzando siguiendo el camino que subía por la parte derecha del arroyo. Frente a nosotros, además del Morronegro, podíamos ver varias cumbres más cómo la de Peña Redonda, Solarco, Congosto o Pialda. Por la izquierda, al otro lado del arroyo, se bifurcaba una vallina que subía hacia el cordal Este del Morronegro y por el que en principio habíamos comentado subir. Luego habíamos optado por llegar a la collada Quexeiro y subir por la loma Norte y hacia allí nos dirigíamos. José Antonio se fue a su aire por esta primera vaguada mientras el resto dejábamos atrás unos corrales y nos encaminábamos hacia dicho collado.
Poco a poco la ropa iba sobrando y de ella nos libramos al llegar a otra caseta de piedra emplazada más arriba. El camino terminaba en la misma y ahora avanzamos por la ladera moteada de nieve y ya con un poco mas de pendiente. Atravesamos varios neveros bajo las paredes de las peñas Corros y Redonda y por encima del arroyo Valverde hacia el cual caían algunos cortados en varios tramos. Fue en este tramo donde se dividió el grupo. Algunos decidieron no seguir hacia el pico, que realmente se veía pendiente, y hacer una travesía por el valle de la Majúa hacia la base de Peña Orniz.
Mientras ellos se dirigían a la collada de Quexeiro, el resto optamos por subir un poco mas directamente hacia otra collada más alta por debajo de La Pialda. Allí llegamos Adelino, Roberto, Gabriela, Álvaro, Mª Jesús y yo, Miguel Ángel ya estaba unos metros por encima. Estando allí parados, a las 12:30 horas, llegó otro joven con un perro que iba hacia Peña Orniz, pero que visto donde quedaba, decidió acompañarnos al Morronegro.
Nos pusimos en marcha por la cresta hacia el pico Pialda subiendo una pendiente más o menos pronunciada entre el valle de La Majúa y el de Valverde. Poco a poco fuimos disgregándonos y quedamos algunos más rezagados. A las 13:00 horas alcanzamos la cima del pico Pialda con 1965 metros de altitud. En él no había señal alguna de cima y sólo nos sacamos una foto los cuatro que íbamos juntos. Desde allí se veía la última pendiente al Morronegro, y esa sí que impresionaba. Además había que perder unos metros hasta otra collada, por lo que nos quedaban unos 250 metros de desnivel a la cima. En la cresta veíamos a los compañeros avanzar ya hacia la misma. Por la ladera oeste se veían grandes neveros con algunas terrazas.
Descendimos hasta la collada y comenzamos a subir aquella falda llena de rocas entre matojos bajos y con algo nieve. En ella había que tener precaución para no patinar en las piedras húmedas. Aunque la pendiente era realmente considerable, fuimos superándola cómodamente. El paisaje era amplio y bonito contemplando numerosas cimas de la zona, entre ellas la Calabazosa. En la parte alta comenzamos a ver el hito y algunos compañeros a su lado. Antes de ella atravesamos una zona de grandes rocas por las que subimos con cuidado ya que algunas se movían al pisar en ellas.
A las 13:50 horas llegamos los últimos a cima del Morronegro. La vista era espectacular viéndose infinidad de cumbres en cualquier dirección. Todo el macizo de Ubiña al Este, así como el Ferreirúa y Peña Rueda. Al Norte podíamos ver varias cimas de la zona de Saliencia: Torre Orniz, Calabazosa, Albos, etc. Por el Oeste el Montigüero y la laguna de Las Verdes bajo él y hacia el Sur teníamos las cumbres de Omaña. Bajo nosotros el valle por el que habíamos subido y Torrestío al fondo.
Allí nos encontrábamos Adelino, Roberto, Mª Jesús, José Antonio, Gabriela, Miguel Ángel, Álvaro, el joven que se nos había unido y yo. Nos sacamos una foto de grupo y nos acomodamos para comer disfrutando de las maravillosas vistas que se nos ofrecían. Por el norte iban apareciendo nubes que se cerraban sobre las cumbres más alejadas. Como no había buzón, colocamos unas rocas en torno al punto geodésico bajo las cuales dejamos la tarjeta en un bote.
Poco después de las tres de la tarde emprendimos el descenso tras despedirnos del joven que bajaba por el mismo lugar. Nosotros lo hicimos hacia la cumbre sur por una suave loma hasta llegar a la misma desde donde vimos La Majúa y algunos valles de esta zona. Desde allí partía otro cordal perpendicular hacia el que bajamos por una ladera rocosa de gran inclinación hasta que ésta se suavizó en medio de neveros. De nuevo se dividió el grupo quedando por detrás Roberto, Álvaro, Adelino, Mª Jesús y yo. El cordal era estrecho y a ambos lados caían fuertes desniveles hacia los valles. Pasamos una zona rocosa donde tuvimos que destrepar unos metros y comenzamos a subir entonces hacia el pico La Loma. Por allí encontramos algunas terrazas de nieve de las que había que separarse prudentemente.
Una hora después alcanzamos la cima de esta cumbre con 2062 metros de altitud en la que no había señal alguna. Desde allí podía verse gran parte del valle de Torrebarrio con todo el macizo de Ubiña detrás. Comenzamos a descender hacia el norte por una ladera pronunciada y cargada de nieve algo dura. Siguiendo las huellas de los compañeros, a los que ya no veíamos, fuimos descendiendo con cuidado de no resbalar. Antes de llegar a un collado nos separamos de las mismas para dirigirnos directamente al valle. En este tramo, un poco menos peligroso, disfrutamos haciendo culoskí por los largos neveros que seguíamos encontrando. Estábamos bajando por la cabecera del arroyo Morronegro que en el valle se une al de Valverde. En algunos lugares nos hundíamos un poco al pasar por encima de los arroyos que nacían allí mismo. Frente a nosotros teníamos una bonita estampa de Peña Redonda con forma casi piramidal y rasgada por canales llenas de nieve que contrastaban con la negra roca. A mitad de vaguada se suavizó la cuesta y atravesamos praderas por las que serpenteaban infinidad de arroyos de agua clara. En algunos de ellos vimos pequeños pero bonitos saltos.
Así llegamos a una especie de terraza sobre el fondo del valle atravesado por el camino por el que habíamos subido. Recibí la llamada de José Antonio diciendo que ellos habían seguido cresteando y estaban bajando directamente hacia el pueblo, pero que el terreno era malo. Por otro lado, no tardamos en ver en el camino a los compañeros que habían hecho la ruta por el valle de La Majúa. Estuvimos un rato allí tumbados disfrutando del paisaje antes de comenzar a bajar y unirnos poco después a ellos ya en dicho camino tras pasar el arroyo Valverde. Eran las 17:45 horas.
De nuevo tuvimos una amplia vista del Morronegro y todo el cordal por el que habíamos subido y bajado. Dejamos atrás la caseta de piedras y luego el corral. Hacia atrás teníamos una vista a contraluz de las cumbres que cerraban el valle y el collado Quexeiro. Enseguida entramos entre las cercas de piedras de los prados ya cercanos al pueblo que no tardamos en divisar bajo nosotros. Ahora con la luz de la tarde destacaba todo él con un tono totalmente distinto que por la mañana. El último tramo antes de enlazar con el camino de los lagos es pendiente y está cementado para evitar erosiones del agua.
A las 18:20 horas entramos en Torrestío parando en una fuente a lavar las botas y polainas embarradas. Escasos metros nos separaban de los coches donde terminamos la ruta. Allí nos cambiamos y nos dirigimos al bar cercano donde estaban los compañeros que hacía un rato habían llegado. En la terraza nos acomodamos a tomar un refrigerio y charlar un rato. Yo había agotado casi todas las tarjetas de fotos y al meter la última, una pequeña, vi que estaba bloqueada. Pues bien, se le había roto la palanca de bloqueo y no podía liberarla. Al final la desarmé al ver que no tenía arreglo alguno.
Una hora estuvimos allí sentados antes de emprender el viaje hacia León. Atravesamos el valle de Torrebarrio con las Ubiñas presidiendo el mismo y tras bordear parte del pantano de Luna cogimos de nuevo la autopista hasta La Magdalena. Por la comarcal hicimos el último trayecto a la capital donde llegamos sobre las 20:40 horas.
Con dos meses de retraso conseguimos alcanzar esta cumbre en un día realmente inmejorable. Las vistas desde ella merecieron el esfuerzo, como lo son en todas las hasta ahora ascendidas. La próxima actividad prevista es el día 30 de este mes cuando se celebra el Encuentro de Montañeros Leoneses, que este año ya sabemos que consiste en la ascensión al Correcillas y la travestía por la Vía Vardaya a Matallana.



















lunes, 3 de mayo de 2010

LA CAVADA y PEÑARADA (Cantabria) - CAÑÓN DEL EBRO (Burgos) - 01/02-05-10

 


1ª TRAVESÍA “LA CAVADA- CUEVA DEL CANÓNIGO- PEÑARADA- LA CAVADA”(CANTABRIA) Y “CAÑONES DEL EBRO”. (BURGOS).

01/02-05-10

Aprovechando este fin de semana de dos días festivos habíamos programado en el calendario de actividades una salida por Cantabria sin especificar zona y demás. Ya en la última reunión se acordó la ascensión al Castro Valnera, lo cual no pudo ser debido a las inclemencias del tiempo tan irregular que tuvimos a lo largo de las dos jornadas. A pesar de ello, y lejos de resultar un fracaso, realizamos varias actividades que llenaron un fin de semana realmente inolvidable.
Tras varias semanas de preparación buscando pernocta, de lo cual se ocupó nuestra compañera Mª Jesús, a la cual agradecimos este esfuerzo así como la preparación de la mayoría de la cena y desayuno que llevamos para la ocasión, llegó la fecha.
Ocho fuimos los animados a la misma: Mª Jesús, Esteban, José Carlos, Álvaro, Gabriela, Arancha, Antonio y yo.

SÁBADO 01
A las 6:30 horas recogí a Mª Jesús en su casa y a continuación a Arancha y Gabriela. En Guzmán ya estaba el resto de compañeros y poco después de las 7:00 horas emprendimos el viaje en los coches de Antonio y el mío.
Salimos por la nacional hacia Mansilla y en Santas Martas nos incorporamos a la autovía de Burgos. Por ella circulamos hasta Osorno donde yo me pasé el nuevo desvío hacia la de Santander teniendo que retroceder para tomarla. El cielo encapotado y con algo de llovizna ya nos anunciaba lo que nos esperamos tras las malas previsiones anunciadas. Nos detuvimos a tomar un café, ahora no me acuerdo en qué localidad, antes de continuar el viaje con niebla cerrada. Antes de llegar a Torrelavega nos desviamos hacia Solares ya por carretera. Sobre las 10:30 horas llegamos a Rubalcaba, pueblo en el que teníamos reservada la casa rural. Ésta se encontraba a las afueras y además la llave nos la entregarían por la tarde, como habíamos acordado. Los dueños residían a media hora de allí y había que llamarles. Llevábamos 289 Km.
El cielo seguía encapotado y las nieblas lo cubrían todo, lo cual nos desanimaba para subir el pico, situado a unos 20 Km de allí. Había divisiones de opiniones de intentarlo o no y al final decidimos intercambiar los planes previstos para ambos días y hacer la ruta del domingo ese sábado esperando al domingo para ver si se podía la ascensión.
Nos dirigimos hacia La Cavada, otro pueblo cercano de donde partía la misma. Aparcamos los coches y nos preparamos para la ruta con Antonio como guía nativo cántabro que es. A las 11:00 horas comenzamos a caminar por la carretera entre viviendas y prados en los que vimos un burro echado en la hierba. Enseguida nos desviamos hacia un camino tras saltar una cancilla para el ganado. Avanzamos entre arboleda de verdor exuberante hasta encontrar un arroyo que formaba un bello rincón entre musgo y rocas. Entramos luego en un prado en el que se veía una casa más alejada. Atravesamos el mismo y no tardamos en ver la entrada de la Cueva del Canónigo también tapizada de musgo y ramaje. Eran las 11:50 horas.
Para llegar a la misma había que subir un tramo por un sendero de roca. Allí sacamos las linternas que llevábamos ya que íbamos a atravesarla para salir por otra abertura distinta. Guiados en todo momento por Antonio fuimos recorriendo la misma sacando fotos y disfrutando de las formaciones que en ella se encontraban y que poco tienen que envidiar a otras más conocidas y turísticas. Nos sacamos numerosas fotos de grupo en algunas de las salas más grandes. En una de ellas apagamos las luces y estuvimos unos minutos en silencio experimentando esa rara sensación de ceguera total. Por allí vimos un murciélago revolotear. Algunos tramos había que agachar la cabeza para pasar sin dejarse “los cuernos”.
Algo más de media hora tardamos en llegar a la salida desde la cual vimos el pueblo de Rucandio. El siguiente trecho caminamos de nuevo por praderías de alta hierba y atravesamos una pequeña arboleda antes de salir a un camino. Varias vacas pastaban en un cercado en el que había una especie de depósito cilíndrico similar a otros más que luego veríamos. También allí vimos una casa en restauración, aunque parecía algo abandonada. Al lado del camino había un indicador de direcciones de esta ruta de “Peñarada”.
Más adelante llegamos a otra edificación donde abandonamos el camino ancho para meternos por un sendero hacia el monte. Subimos entre eucaliptos y matorral mojado que nos empapaba a nosotros también. Además había ortigas, zarzas y tojos que nos daban un buen masaje de picaduras en brazos y piernas. En ocasiones había casi sacar el machete para poder avanzar de lo cerrado que se encontraba el sendero.
Al fin salimos de allí hacia otra zona de rocas por las que se caminaba mejor. Por ella fuimos ganando altura mientras bordeábamos un gran hoyo en el cual vimos alguna braña más rodeada de bosque. Alcanzamos luego una collada que daba paso a otro enorme socavón, el de Montecavado, rodeado de las peñas del Salto del Cabrito, El Castillo y de la Peñarada, la cual estábamos bordeando ahora nosotros. Subimos por la ladera hasta que de pronto vimos de nuevo bajo nosotros el pueblo de Rucandio y al fondo, a unos 15 Km. en línea recta, Santander. Era una vista realmente amplia y bonita. Eran las 13:20 horas.
De nuevo surgió la discrepancia de qué hacer. Si se subía hacia las peñas frente a nosotros nos desviábamos mucho de La Cavada y no nos daba tiempo a volver si queríamos hacer playa por la tarde. También se podía dividir el grupo y, mientras unos subían a la misma y bajaban a la carretera, Antonio y yo volvíamos por el mismo lugar a por los coches. Esta opción no me parecía correcta, ya no por tener que volver nosotros dos, si no por andar dividiendo el grupo. En el cielo habían ido abriéndose claros y hacia Santander se veía mas despejado. Al final decidimos asentarnos allí mismo y comer tranquilamente disfrutando de la vista que teníamos.
Tras una hora de charla y comiendo retomamos la marcha desandando el mismo tramo de subida por la ladera y las colladas. Ahora con el sol, el hoyo de Montecavado, tapizado de verdes praderas, relucía en todo su esplendor. Nos metimos una vez más entre la maleza, aunque ahora, tras haber subido antes, ya estaba mejor definido el sendero. Al final del mismo salimos al camino cercano a la casa y aquí variamos la ruta de ida. Allí llegaba por el otro lado una carretera que cogimos pasando al lado de un chalet con un jardín realmente bonito. Más adelante dejamos atrás otra vivienda donde varios perros atados nos ladraron al paso.
Allí mismo nos volvimos a desviar hacia otro sendero entre arboleda que nos sacó unos metros después de nuevo al asfalto. Cerca había una especie de caseta debajo de la cual salía un arroyo. En un prado vimos pastando un caballo delante de otra casa. Por la carretera fuimos caminando ya con dirección a La Cavada, distante poco más de un kilómetro. A la entrada del mismo había una bonita casa con la fachada cubierta por una gran enredadera. Algunos habían quedado por detrás charlando con una vecina y esperamos por ellos. Traían unos limones que les había dado la misma.
Enfilamos una recta calle al final de la cual se veía una iglesia. Allí salimos a la carretera y giramos a la izquierda. En este tramo vimos casas y jardines realmente espectaculares y pasamos al lado de una fábrica de armas delante de la cual tenían varios antiguos cañones. Arancha, Álvaro y Esteban habían quedado por detrás y por el móvil tuve que indicarles la dirección a seguir. Poco antes del final de la ruta dejamos atrás el desvío que habíamos tomado por la mañana y en pocos minutos llegamos al lugar donde teníamos los coches aparcados. Eran las 16:05 horas.
Allí nos quitamos las mochilas y enseguida nos pusimos en camino hacia la playa. Siguiendo a Antonio dejamos Santander a un lado y tras unos 25 kilómetros recorridos llegamos a la playa de Arnia. Bajamos a ella por un sendero y no tardamos en meternos al agua, que por cierto estaba helada. Nos costó un poco entrar del todo, pero luego se aguantaba bien. Además allí lucía el sol y eso animaba un poco más. Sí apunto que Mª Jesús no se había animado y había marchado por otro sendero costero a dar un paseo. Poco después llegó una pareja y luego otra. El chico iba preparado para bucear y enseguida le perdimos de vista bajo el agua. Además de disfrutar del agua, el paisaje rocoso y con varias islas cercanas daban al entorno un aspecto totalmente paradisíaco. Nos sacamos varias fotos y grabé algunos videos, aunque quería reservar tarjeta para el día siguiente. El chapuzón nos sentó realmente relajante.
Sobre las seis de la tarde subimos de nuevo arriba y entramos a tomar un refrigerio en el bar cercano casi colgado sobre el acantilado y con vistas a él. Media hora después decidimos dar un paseo por el sendero sobre aquellos acantilados. Entre hierba caminamos al borde del precipicio teniendo a la vista otra isla a la que se podía llegar con la marea baja, según no comentó Antonio. La vista era realmente bella y amplia. A lo lejos vimos venir a Mª Jesús y poco más adelante nos reunimos con ella. Estábamos ahora justo encima de otra pequeña playa en la que había otras cuatro personas.
Ya juntos emprendimos el regreso hacia los coches y desistimos ya de irnos hacia otra playa que habíamos comentado. En cambio nos dirigimos hacia Santander donde entramos sobre las 19:30 horas. Yo iba en todo momento pendiente de no perder a Antonio y así pasamos por el paseo marítimo y otras zonas de la ciudad. Dado la hora que era, y que teníamos aún que llamar a los de la casa, además del escaso sitio para aparcar, atravesamos la ciudad sin detenernos. Por el móvil llamamos a éstos para quedar ya en dicho lugar.
Siguiendo las indicaciones que nos dieron, poco después de Rubalcaba nos desviamos por un camino de ascenso y con numerosos baches a lo largo de un kilómetro hasta llegar por fin a la casa rural que habíamos cogido para esa noche. Eran las 20:30 horas y llevábamos 376 Km.
Allí estaba el matrimonio con quien había hablado Mª Jesús por teléfono. Estuvimos unos minutos con ellos en los cuales nos enseñaron un poco la casa y lo que en ella había. En la parte baja estaba el salón-cocina con chimenea, electrodomésticos, etc. También había un baño y una habitación. La estancia superior se repartía entre un recibidor que daba también al exterior por unas escaleras, tres habitaciones, un baño y otro cuarto cerrado. Todo ello muy bien decorado al estilo rural y con paredes de piedra. El entorno tampoco era nada despreciable ya que se emplazaba en medio de la ladera con bosques rodeándola por completo.
Después de mostrarnos todo ello les abonamos la estancia, 20 € por persona, y se despidieron. Nosotros nos repartimos en las diferentes estancias y luego decidimos bajar al pueblo. Nos dimos un paseo por él y nos sacamos una foto en un puente. Luego entramos en un mesón a tomar unos vasos y cuando salimos Antonio se metió sin querer por dirección prohibida en una calle. Vaya cómo se puso otro que venía de frente y eso que no provocamos ningún peligro.
Cuando regresamos, Mª Jesús, que tampoco había querido bajar, ya tenía preparada parte de la cena en la mesa. Entre todos terminamos de colocar el resto y pusimos en común lo que cada uno había aportado: embutido, tortilla, pollo, pizzas, conservas, refrescos, agua, vino, chupito, etc. Degustando todo ello pasamos un buen rato de charla animada en torno a la mesa. El chupito y el vino también ayudaron a animar el ambiente.
Al terminar nos relajamos en el sofá y no sé quien encontró una cesta en la que había unas pelucas de colores, unas gafas de plástico y algunos otros complementos de disfraz. Lo que faltaba........... No quedó nadie sin ponerse algún de aquellos artilugios y hacer un poco “el payaso”. Incluso algunos entonamos (destrozamos) canciones que a la vez bailábamos como cuadraba.
Pero llegó la hora bruja. Habíamos acordado hacer una sesión de contar historias de miedo y quedamos a la luz de la chimenea encendida. Solo Antonio y Arancha se animaron a contar una y con la de ésta última sí que me llevé un pequeño susto al no esperarme el final de la misma. Estaba concentrado en lo que iba contando pero a la vez muy relajado, por lo que me pilló de sorpresa. Luego fue Antonio el que se dedicó a hacer de las suyas con una linterna. Además salió a la calle y entró de pronto tapado con un plástico y metiendo ruido. Mª Jesús se llevó un buen sobresalto.
Poco a poco el personal se fue retirando y a las 2:20 horas lo hicimos los últimos. Yo estaba en una habitación de dos camas con Álvaro. Fuera se había echado a llover. La noche la pasé despertando alguna vez que otra, pero no dormí del todo mal.

DOMINGO 02
Me levanté sobre las 9:30 horas y seguía lloviendo. Con Antonio estuve considerando las posibilidades de rutas que teníamos. Por un lado podíamos hacer una pequeña ascensión desde allí mismo o irnos a recorrer alguno de los valles de la zona de Pas. También se había considerado el día antes irnos hasta Santoña donde se celebraba una feria, aunque eso ya era hacer más turismo que otra cosa. También propuso emprender el regreso y detenernos a hacer una ruta en los cañones del Ebro, ya en la provincia de Burgos. Tras comentarlo con los demás compañeros acordamos unánimemente irnos hacia los cañones. Un abrazo conjunto selló esta decisión.
Desayunamos tranquilamente y fuimos recogiéndolo todo a los coches. Eran ya las 11:00 horas cuando nos pusimos en marcha hacia dicha zona. Siguiendo a Antonio nos fue llevando por varios valles bonitos de Cantabria. Según nos desplazábamos al Oeste se abrían más claros, lo cual nos animaba. En Entreambasmestas nos detuvimos y algunos compraron sobaos pasiegos. En el alto del puerto El Escudo entramos en la provincia burgalesa bordeando el pantano del Ebro. Pasamos aún el puerto de Carrales antes de abandonar la nacional para entrar de lleno en el cañón donde se encuentra Orbaneja del Castillo en el que paramos cuando eran las 13:10 horas tras 470 Km totales.
Aparcamos los coches y nos colocamos las mochilas para comenzar una ruta por la zona. El cañón es realmente espectacular y me recordó muchísimo al del río Lobos. Al igual que éste, su altura es impresionante y pueden verse numerosas buitreras en sus cornisas. En un hueco pasante de la roca podía distinguirse claramente la silueta de África.
En el pueblo, encaramado en uno de los laterales del desfiladero, pudimos ver una enorme cascada precipitándose entre musgo hacia el Ebro tras pasar bajo la carretera. Con ella nos sacamos una foto de grupo, aunque yo no encontré el trípode en ese momento y no pude hacerla. Subimos una larga escalera hacia la parte alta donde pudimos ver cómo el agua manaba bajo la misma pared del cañón. El pueblo, todo construido en piedra al igual que las calles, era una verdadera maravilla. Álvaro y yo entramos en una tienda de recuerdos y compramos unas postales.
Salimos del mismo por un camino labrado en la misma pared del cañón. La vista del desfiladero comenzaba a ser amplia y realmente bonita con el pueblo en medio. Por encima de nosotros vimos una formación rocosa que semejaba totalmente la cabeza y joroba de un camello. No faltaron las fotos de grupo con toda esta maravilla como fondo. En un indicador nos señalaban varias rutas marcadas por la zona. Nosotros íbamos a hacer una circular que según éste nos llevaría una hora.
Poco a poco nos fuimos metiendo entre algo de arboleda y matorral y estuvimos sopesando si parar a comer allí o no. Al final decidimos continuar ya que ahora la vista era nula del cañón al habernos separado un poco de él y estar metidos entre matorral. Seguimos entonces subiendo por el sendero encontrando algo más de roca y dando algo más adelante un giro de 180 grados para situarnos de nuevo encima mismo del cañón con una vista inmejorable del mismo. Allí sí decidimos detenernos a comer un poco a la abrigada de unos arbustos ya que el tiempo se estaba poniendo frío. Eran las 15:20 horas.
Nos sentamos en las rocas con la vista del cañón y el pueblo frente a nosotros y allí comimos cómodamente. Una media hora después, cuando retomamos la marcha y subimos un poco más, hubo que ponerse hasta el gorro. El poco viento que corría era frío y desagradable y los nubarrones cubrían parte del cielo. Parecía mentira que el día antes hubiéramos estado en la playa bañándonos.
Por el camino alcanzamos la parte alta de la llanura en la que encontramos algunos cercados de piedras en uno de los cuales vimos una vaca. No tardamos en llegar a una zona en la que, cómo ya nos había advertido Antonio, encontramos numerosos chozos cuadrangulares también de piedras y en los que antiguamente se resguardaban los labradores de la zona y guardaban los aperos. Se podían contar una veintena de ellos o más en un pequeño espacio de terreno. En algunos entramos y nos sacamos alguna foto antes de comenzar a bajar ya hacia el cañón de nuevo. En otro recinto vimos numerosas reses de ganado vacuno tumbadas en la hierba.
Nos fuimos acercando al borde del desfiladero siempre siguiendo el camino bien definido que ahora pasaba entre matorral y arboleda. Enseguida comenzamos a bajar por la misma pared del cañón serpenteando encima del mismo pueblo. Poco después enlazamos con el camino por el que habíamos salido anteriormente y por él entramos en Orbaneja a las 16:55 horas.
En una terraza de un bar nos acomodamos algunos para tomar un refrigerio mientras otros decidían subir por otro sendero. Allí sentados y disfrutando de las vistas del pueblo y las paredes del cañón estuvimos una hora. Al regreso de los compañeros nos pusimos en marcha hacia los coches. Intentamos gastar una broma a José Carlos escondiéndonos, pero lo estropeó saliendo Antonio. Para “matalo”. Volvimos a bajar al lado de la cascada hasta la carretera donde unos metros más adelante teníamos los coches. Poco después de las seis de la tarde emprendimos de nuevo el viaje por el medio del mismo cañón hasta salir de él unos kilómetros más adelante.
Enseguida llegamos a Arroyuelos, de nuevo en la provincia cántabra. Allí Antonio había concertado una visita a una iglesia rupestre. Un joven del pueblo nos la enseñó y estuvimos viéndola por dentro y fuera. Se trataba de una cueva en la que se podían ver los diferentes huecos de los altares, coro, etc. La construcción data de la época de los moros y era usada por los cristianos perseguidos por ellos. En el exterior podían verse también tres tumbas en la roca a modo de necrópolis. Algunos se tumbaron ellas.
En el siguiente trayecto fuimos entrando y saliendo de tres provincias diferentes: Palencia, Burgos y Cantabria. Con dirección al puerto Pozazal y ya cerca de él, nos incorporamos a la autovía por la que al día antes habíamos ido. Por ella circulamos hacia Osorno dejando atrás Aguilar de Campoo y Herrera de Pisuerga. Ya en Osorno cambiamos a la de Burgos y pocos kilómetros después nos detuvimos en un área de servicio para tomar un café. Eran las 20:15 horas y llevábamos unos 600 Km. Aunque en un cartel prohibía la consumición de productos del exterior, un poco disimuladamente sacamos unas pastas que aún nos quedaban para acompañarlo.
Una hora después retomamos el viaje para recorrer los algo más de 100 Km. hasta León. En este trayecto tuvimos la lluvia como acompañante durante un rato. Ya con la reserva encendida tuve que parar a llenar el depósito en Palanquinos. Sin más retrasos continuamos avanzando hacia la capital donde entramos poco después de las 22:30 horas. Aquí nos fuimos despidiendo de Gabriela primero, luego de Arancha y por último lo hice de Mª Jesús antes de llegar yo a casa ya pasadas las 23:00 horas. El cuenta kilómetros marcaba 714 Km.
Al igual que nos ha sucedido en anteriores ocasiones, y ya lo comentábamos en el viaje, cuando se pasa un fin de semana con una convivencia más o menos buena y con resultados aceptables, da realmente pena el final de la misma y la vuelta a la rutina. Siempre nos queda el consuelo de repetirla en otros lugares, aunque no siempre se cumplen los requisitos para que así resulte. Lo intentaremos.