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lunes, 18 de enero de 2010

JEJE Y NOGALES (Puerto de Vegarada) - 17-01-10

 


2ª ASCENSIÓN A LOS PICOS “JE JE” Y “NOGALES”.

17-01-10              (Domingo)

Comenzamos este año 2010 con la primera excursión programada en el calendario, pero con una semana de retraso debido a las inclemencias meteorológicas del domingo anterior. En esta ocasión, aunque tampoco eran las más optimas, nos dejó conseguir los objetivos previstos.
Los animados a esta salida fuimos estos 9 socios: Ricardo, Gabriela, Arancha, Mateo, Mª Jesús, Javi F., Fernando, Álvaro y yo. En Guzmán nos reunimos la mayoría de ellos y Javi se nos unió en Navatejera. Él y Fernando iban un poco a su aire aunque con la misma intención. En su coche, el de Ricardo y el mío emprendimos el viaje hacia el puerto de Vegarada encontrándonos cada vez más nieve aunque con la carretera limpia. En los laterales había algunos tramos con más de un metro de muralla blanca recortada por los quitanieves. La niebla apareció en algunos lugares y en el puerto también había bajado, aunque no estaba muy cerrada. A las 9:50 horas llegamos a este puerto con una altitud de 1560 metros aparcando al lado del mesón en reforma.
Nos cambiamos y nos preparamos para la marcha. Mientras Javi y Fernando iban a subir desde allí mismo, el resto comenzamos a caminar por la carretera por la que habíamos llegado hasta llegar al desvío hacia los remontes de Riopinos. Nos metimos en él caminando unos metros antes de abandonarlo a la ladera llena de nieve y repoblada de pequeños pinos. La pendiente era pronunciada y poco a poco nos situamos en la ladera del valle en cuya cabecera se emplaza el pico Nogales. La cuesta era algo menos pronunciada pero la nieve dificultaba el avance. Los de delante iban abriendo huella por la que el resto les seguíamos.
A las polainas mías les faltaban los cables inferiores, por lo que se subían y la nieve me entraba por encima de las botas, que por cierto estrenaba ese día. Paré unos minutos y ayudado por Mateo y Álvaro me até unas cuerdas que realmente me dieron resultado el resto de la marcha. Mientras los demás se habían adelantado y habían cruzado el valle hacia el otro lado. Una vez más la inclinación se hizo patente en esta ladera y algo más arriba nos reunimos todos cuando nos esperaron. En una de las huellas dejadas vi una pequeña araña que fotografié con el macro de la cámara. Por debajo de nosotros, en el fondo del valle, vimos un poste metálico con varios aparatos de control meteorológico, suponemos.
Continuamos avanzando entre la espesa niebla que apenas nos dejaba ver unos metros por delante. Sabíamos que el pico se encontraba en la cabecera, como ya apunté, y hacia ella íbamos un poco por intuición. Los fuertes repechos se alternaban con algunos más llevaderos. La cantidad de nieve era menor al estar muy inclinada la ladera, pero comenzamos a encontrar trozos helados. De pronto vimos bajar un par de rebecos corriendo ladera abajo en la nieve.
Poco a poco fuimos ganando altura hasta que por fin, entre los jirones de niebla, apareció la cumbre del pico Nogales. Transversalmente nos dirigimos hacia la collada anterior a la misma con precaución extrema para no patinar en los tramos helados de la nieve. Buscábamos las motas de matorral para amarrarnos mejor y así llegamos a esta collada de algo más de 2000 metros de altitud.
Justo en ese momento, sobre las 12:30 horas, vimos aparecer por detrás, en la cresta, a Fernando y Javi. Estaban en la cima de una cumbre que yo estaba seguro que era el Je Je, pero que a Ricardo no le convencía. Nos encaminamos por la cresta cargada de nieve y con una terraza hacia el norte de la que era conveniente separarse. Estábamos en el mismo limite provincial con Asturias, hacia donde el paisaje era oscuro y gris. Por el contrario, hacia el Suroeste se habían disipado algo las nieblas y se veían las diferentes cimas de la otra parte de Vegarada: Faro, Huevo, Morala, etc.
Atravesamos una zona rocosa donde el viento había moldeado unas bonitas figuras de hielo sobra la piedra. Nada más hacerlo surgió la duda en el grupo si era más conveniente retroceder y subir primero al Je Je antes del Nogales. Ricardo se convenció que sí era aquel el pico y decidimos que era mejor subir ahora que aún estábamos en la collada. Retrocedimos entonces hacia esta cumbre de la que ya bajaban Javi y Fernando y con los que nos cruzamos subiendo la ladera.
A las 13:00 horas alcanzamos esta cumbre del pico Je Je con 2064 metros de altitud desde la cual teníamos una amplia vista de las cumbres que la niebla nos dejaba ver alrededor. El disco solar destacaba entre ellas formando una bonita postal. Apenas estuvimos allí unos minutos en los que nos sacamos unas fotos y dejamos nuestra tarjeta de cumbres en el buzón casi enterrado en la nieve.
Comenzamos a descender de nuevo a la collada una vez más con cuidado de no resbalar. Dejamos atrás las rocas heladas y enseguida comenzamos a subir la ladera del Nogales. En las huellas de la nieve, como algunas veces más habíamos notado, podía verse un curioso efecto luminoso al aparecer azulado el fondo de las mismas. De nuevo nos cruzamos con los dos compañeros que ya bajaban de esta segunda cima.
A las 13:35 horas llegué a la cima del pico Nogales donde ya estaban algunos compañeros más. La niebla nos seguía dando tregua dejándonos ver aún algo de paisaje. En esta cumbre de 2076 m había una cruz con buzón en el que dejamos otra tarjeta. También sacamos una foto de grupo. Algunos decidieron seguir la ruta y acercarse hasta el pico el Oso. Álvaro, Mateo y yo optamos por quedar allí y comer tranquilamente. A mí me habían dado algunos calambres en los muslos subiendo y no quería arriesgarme.
Nos sentamos en las rocas cubiertas de nieve que aislamos con plásticos y nos dispusimos a comer mientras la niebla se volvía a cerrar en torno a nosotros y se escapaban copos de nieve. Tras ello tomamos un chupito que Álvaro había llevado del que sobró en el Belén de Cumbres.
A las 14:30 horas emprendimos el descenso de la cumbre entre una espesa niebla. Habíamos decidido bajar al valle por una vaguada más directamente hacia el fondo del mismo. En la primera colladina nos echamos directamente hacia la pronunciada ladera sur cubierta de nieve que por suerte no se encontraba muy helada. Llegó un momento en el que la niebla y la nieve se fundían de tal forma que era realmente molesto a la vista. Era tal la sensación de vacío que no se veía detalle alguno fuera del blanco. Yo iba por delante y tenía que tener la precaución para no meternos en los cortados que podíamos encontrar en la loma. Ya en la parte baja nos metimos en un pequeño hoyo que nos hizo dudar un momento la dirección a seguir. La intuición y una pequeña hondonada nos dieron la pista para seguir hacia delante. En ese momento recibí la llamada de Javi que había perdido unas gafas para que fuésemos pendientes por si las veíamos, pero le dije que no íbamos por el mismo lugar. Ellos habían bajado siguiendo el cresteo de nuevo.
Enseguida vislumbramos el poste meteorológico que nos dio un respiro de tranquilidad. Pasamos a su lado y continuamos valle abajo encontrándonos ya algunas plantas de pinos moteando el paisaje. La niebla no era tan espesa y enseguida atravesamos unas huellas de animales, que podían ser de los rebecos que habíamos visto al subir, y luego las nuestras atravesando el valle perpendicularmente. Para no arriesgar más decidimos seguirlas y nos metimos a la ladera izquierda entre los pinos. Aun tardamos un rato en tener a la vista la carretera al final del valle. El último tramo era pendiente y nos hundíamos en la nieve algo más reblandecida que por la mañana. En más de una ocasión caímos al meter la pierna hasta el fondo. En esos momentos llovía débilmente.
Una hora después de dejar la cumbre salíamos a la carretera. A su lado vimos un par de pequeños muñecos de nieve originales. En la parte alta seguía la niebla cerrada por completo. En cinco minutos terminamos la marcha en el mesón cerca del cual había algunos coches más. Javi y Fernando ya habían bajado a Redipuertas donde tenían pensado comer. Del resto no sabíamos nada y sus móviles no tenían cobertura. Nosotros nos cambiamos y Mateo sugirió subir hasta Riopinos mientras llegaban los demás. Tras dejarles una nota en el coche, y cuando ya emprendíamos la marcha, aparecieron por la carretera. Como algunos no querían subir, en la furgoneta lo hicimos Mª Jesús, Mateo, Álvaro y yo hasta la base de esos remontes de esquí que forman parte de la estación de San isidro situada al otro lado de la sierra aquella. Según subíamos se cerraba la niebla y la lluvia se convertía en nieve. Aparcamos en el aparcamiento de estas instalaciones, que ya abandonaban la mayoría de los esquiadores, y Mateo y Mª Jesús se acercaron hasta la zona de los remontes. Álvaro y yo no lo hicimos ya que había nieve y estábamos ya cambiados.
No tardaron en regresar y emprendimos el descenso de los tres kilómetros que puede haber hasta allí. En el cruce giramos ahora hacia Redipuertas donde llegamos sobre las 16:45 horas. En el bar ya no estaban los dos compañeros y allí nos tomamos un refrigerio. Pues bien, por un comentario hecho supimos que estaban intentando sacar el coche encallado en la nieve en una calle cercana. Habían intentado salir por una sin salida y al dar la vuelta quedaron atrapados. Ya lo tenían casi fuera y con un empujón salió del todo.
Antes de emprender el regreso nosotros nos acercamos a ver una pequeña cascada allí mismo en las afueras del pueblo. Al final tuvimos que pisar nieve y algo se me coló por las playeras.
Ya eran las 17:30 horas cuando retomamos el viaje a León. Las nubes seguían tapando el cielo que sin embargo dejaban entrever el azul en algunos corros. Al llegar a la altura de la cascada de Nocedo decidimos parar nosotros a verla. Por las pasarelas de metal nos acercamos hasta la cueva del salto donde el agua caía con una fuerza espectacular. El “vapor” desprendido en su caída nos mojaba como auténtica lluvia. Me era casi imposible sacar fotos o grabar con la cámara por esa causa. Sin más retomamos el viaje de regreso que sin novedades transcurrió hasta llegar a la capital cuando eran las 18:45 horas.
Terminamos con ello esta primera salida del año del club Cumbres de León, que aunque retrasada, resultó todo un éxito. Que todas salgan al menos como ésta.
















domingo, 8 de agosto de 2004

VEGARADA - REDIPUERTAS 08-08-04

 


1ª TRAVESÍA “VEGARADA-VALLE DE FARO-REDIPUERTAS”.

08-08-04         (Domingo)

A tan solo una semana de la última salida del club, hemos vuelto a realizar otra actividad, en esta ocasión dentro de nuestra provincia en su límite con Asturias. Para ello nos desplazamos hasta el puerto de Vegarada, ya muy conocido por nosotros dado el amplio número de cumbres que desde él se pueden acceder y a las que en su mayoría hemos ascendido. Esta vez se trataba de una travesía desde su parte alta hasta un collado cercano y descenso por el valle hasta el pueblo de Redipuertas, a unos 5 kilómetros más abajo del mismo.
Como no tenía la furgoneta para acercarme hasta Guzmán, lugar de partida, salí para esperar al bus. Estando en ello vi que me sobraba tiempo para ir andando y no lo pensé más. En 25 minutos hice este tramo hasta dicha glorieta donde no tardaron en llegar los demás. En los coches de José Antonio y José F. nos acomodamos Guiomar, Carlos, Carmen y yo. Poco después de las 8:30 horas emprendimos el viaje hacia el puerto de Vegarada (1560 m).
El cielo alternado de nubes y claros no nos predecía el día que luego terminó haciéndonos. Tras pasar La Vecilla, llegamos a Lugueros donde nos detuvimos ya que José F. tenía que hacer unos trámites. Nos encontramos con el pueblo en fiestas y un pasacalles que sacaba a los vecinos de las casas literalmente. Tras unos diez minutos emprendimos la marcha de nuevo y no tardamos en llegar al alto del puerto parando en las inmediaciones del mesón. En principio teníamos que quedar allí y los conductores bajar a dejar uno de los coches en Redipuertas para evitar subir los 5 kilómetros de subida al final de la travesía. Ahora supimos lo que José F. había tratado en Lugueros, que no era otra cosa que acordar con un sobrino suyo la hora en que pasaría por Redipuertas para subir a por los coches a los conductores.
En el mesón tomamos un café y sobre las 10:30 horas comenzamos la ruta prevista. Por la pista subimos unos metros antes de abandonarla hacia la ladera de la izquierda. Por entre prados y algunas escobas fuimos ganando altura poco a poco hacia el Portillo de Faro, entre el pico Faro y Quemada. Unos minutos después de dejar la pista encontramos el sendero bien marcado hacia dicho punto. El paisaje iba siendo cada vez más amplio hacia nuestra izquierda y no tardamos en divisar las cumbres de la estación invernal de San Isidro, como la del pico Agujas o Toneo. Igualmente, echando la vista detrás, fueron apareciendo las cimas del pico Nogales y Jeje, a los que en principio equivoqué dado la poca perspectiva que aún teníamos.
En el ascenso encontramos algunas praderías de verdor intenso en las que pastaban tanto vacas como caballos en una bella estampa. El grupo, aunque pequeño, se fue disgregando y subíamos en grupos algo separados unos de otros. La pendiente era bastante suave ya que el sendero zigzagueaba constantemente. Delante teníamos las cimas que nos impidieron ver venir las nubes que cubrieron el cielo en escasos minutos. No tardó en ponerse a lloviznar y se mantuvo así un rato antes de cesar tan repentinamente como había comenzado.
Teníamos ya a la vista la collada a la que se accedía tras subir por un sendero que veíamos ladear la falda entre un pedrero. Carlos, José A. y Guiomar ya se habían adelantado mientras nosotros tres quedábamos algo rezagados. Lo cierto es que era una travesía corta y no teníamos prisa alguna. Al alcanzar la cima de un montículo divisamos una amplia vista hacia los valles asturianos con un contraste de colores realmente bonito. Debido a las nubes grisáceas, los picos se veían también de un colorido azulado raro. En una panorámica circular contemplamos estos valles así como las cimas del pico Jeje, Nogales, Toneo, Agujas y Torres.
No fue hasta alcanzar el collado del Portillo Faro (1969 m), a las 12:00 del mediodía, cuando vimos hacia la parte contraria todo lo que se avecinaba. La niebla cubría todas las cumbres cercanas, la del Huevo, Faro, así como las del Canales y Morala, que suponíamos teníamos enfrente. El viento era fuerte dado el encajonamiento de dicha collada. Por detrás de nosotros subían tres personas con un perro que no se detuvieron nada. De arriba bajó una pareja de montañeros a los que conocíamos de alguna salida conjunta con otros clubes.
Nuestro objetivo inicial era pasar de aquel lugar hacia la collada de la Puerta de Faro, situada entre el pico Faro y Huevo, los dos a nuestra derecha, para lo que teníamos que bordear el primero de ellos por su falda. Dado que ni siquiera veíamos dicha collada y que no tardó en echarse a llover de nuevo con fuerza, optamos por emprender el descenso directamente hacia el valle de Faro desde allí mismo.
Mientras Carlos y José Antonio se adelantaban y se iban hacia la derecha, Carmen, Guiomar, José y yo seguimos un sendero por la parte izquierda bajo el pico Quemada. Enseguida lo perdimos y nos fuimos encontrando con cauces de arroyo que bajaban hacia el fondo del valle por lo que nos metimos “a saco”. A pesar de lo escabroso del terreno, yo lo iba pasando de miedo. Me parecía mas divertido que bajar por el sendero en el que ya veíamos a Carlos mucho más alejado por la parte derecha del valle. De vez en cuando teníamos que salir de los surcos y atravesar entre escobas de no mucha altura, lo que sí hubiese supuesto mayor engorro. Por su parte, Carmen iba con algo de precaución debido a una lesión de la que aún está en rehabilitación. La lluvia caía sobre nosotros sin ánimo de cesar mientras nos deslizábamos hacia el fondo del valle. Por el mismo transcurría un sendero algo más marcado en el que poco después vimos a Carlos mientras que a José A. le divisamos en la ladera contraria. De esa forma tan aventurera llegamos abajo donde cogimos dicha senda con dirección a una caseta que habíamos observado desde la parte alta y donde habíamos decidido parar a comer.
Por el sendero salimos a unos prados en la confluencia de otro ramal del valle en la cual encontramos una bonita cascada que fotografiamos. En esos momentos no llovía, aunque se mantenía el aspecto gris del día. Tras pasar un arroyo que bajaba del ramal de la derecha, entramos en un camino algo más ancho que se dirigía hacia la caseta llegando sobre las 15:30 horas a la misma.
Por debajo de ella nos dijo José Antonio que había otra bonita cascada, por lo que antes de ponerme a comer decidí acercarme a verla. Primeramente bajamos por la parte de la caseta unos metros hasta divisarla. Nos dimos cuenta de que tenía que observarse mejor desde la parte contraria, así que subimos de nuevo para descender por un sendero hasta el río y pasar por encima de ella a dicho lugar. Desde allí sí se contemplaba toda ella completamente.
El refugio, de unos 10 metros cuadrados, disponía de varias sillas, una mesa, útiles de cocina y una chimenea que ya habían prendido y a la que nos acercamos para secarnos un poco mientras comíamos. En él sacamos unas fotos antes de ponernos en marcha. Justo en ese momento, y como si fuese adrede, comenzó a llover de nuevo.
Eran las cuatro cuando salimos a recorrer el último tramo hasta el pueblo. En el camino vimos varios sapos pequeñitos que salían a la humedad. Llovía con todas las ganas y ya no nos molestábamos ni en apresurar el paso. Lo poco que nos habíamos secado en el refugio no nos sirvió de nada.
En unos 45 minutos escasos llegamos a Redipuertas, (1307 m). A la entrada, al otro lado del arroyo, se encuentra la iglesia a la que nos acercamos algunos. Desde ella se tiene una vista amplia del pueblo que la lluvia nos impidió disfrutar. Ya en el pueblo, y como aún nos quedaba media hora larga para que fuesen a recoger a los conductores para subirles a por los coches, nos refugiamos bajo el alero de una casa.
De la misma salió una mujer que nos invitó a pasar y tomar un café. Dado el estado en el que estábamos, todo empapados, declinamos el ofrecimiento agradeciéndoselo de veras. Tanto insistió, que terminamos por acceder y en la cocina nos sirvió unos cafés e infusiones con algunas pastas incluso. Realmente hay que destacar la cordialidad y generosidad de dicha gente de forma encarecida.
A la hora convenida llegó el sobrino de José y acercó a éste y a José Antonio a por los coches al puerto. Tras su regreso agradecimos de todo corazón el detalle de aquella familia con nosotros y nos despedimos de ellos. Seguía lloviendo copiosamente cuando montamos en los coches. Para colmo, a J. Antonio se le habían caído las llaves en el maletero y nos mojamos aún más buscándolas.
El viaje lo hicimos sin detenciones ya que los del coche de José, que venía delante, nos avisaron por teléfono que ya no paraban. Así que, con la lluvia como acompañante durante casi todo el camino, llegamos a León. Por la ronda Este bordeamos la ciudad y me trajo hasta la misma puerta. Eran las 19:00 horas aproximadamente.
Para disgusto mío, el día no iba a terminar tan bien como esperaba. Tras llegar a casa y comenzar a quitarme la ropa mojada que no nos habíamos podido cambiar, eché en falta el podómetro. Después de mirar entre la ropa, sobre todo en el pantalón donde lo llevaba prendido, mochila, bolsas, etc., llegué a la conclusión de que se me había perdido. La última vez que me acordaba de haberlo mirado fue poco después de comenzar a bajar desde la collada, así que me imagino que fue entre toda la maleza y escobas donde se me soltó. Llamé incluso a José Antonio a ver si se había soltado en el coche, pero con resultado negativo. Lo siento porque me ha durado un suspiro, desde la salida al Gorbea cuando lo compré en Burgos hace mes y medio solamente.
Así que, con este final tan pesaroso, termino el relato de esta salida, que solo por el calendario y no por la climatología, puede decirse que fue estival.