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martes, 26 de julio de 2011

BOSQUE DE HAYACORVA (Cantabria) - CAÑÓN DEL EBRO (Burgos) - 23/25-07-11

 


1ª TRAVESÍA “BOSQUE DE HAYACORVA”. (Cantabria).

1ª TRAVESÍA “VALDELATEJA- CAÑÓN DEL EBRO- QUINTANILLA ESCALADA”. (Burgos).

23/25-07-11

Una vez más, y es el segundo año consecutivo, la climatología nos ha impedido alcanzar el objetivo previsto, que no era otro que la ascensión al pico Castro Valnera, en Cantabria. De nuevo la lluvia y niebla nos ha jugado una mala pasada teniendo que variar parte de los planes previstos para estos tres días.
Habíamos acordado realizar la travesía del Bosque de Hayacorva y el Castro Valnera, pudiendo solamente cumplir con la primera de ellas y sustituir la segunda por otra ruta en los Cañones del Ebro, en Burgos, como ya hiciéramos igualmente el pasado año. Después de todo aprovechamos bastante bien el tiempo realizando rutas de montaña, turismo e incluso playa.
Días antes habíamos acordado la estancia en un alojamiento rural de Liérganes, “La Cabaña”. Allí reservamos dos apartamentos para los 7 que íbamos desde León: Javi F., Isabel, Gabriela, Álvaro, Nati, Esteban y yo. En Cantabria, su tierra, nos esperaba Antonio, que ya llevaba unos días allí.

SÁBADO 23
Llegado ese día, el sábado por la mañana marchaban 4 de estos 7 participantes: Javi F., Isabel, Gabriela y Esteban. El resto lo hacíamos por la tarde por razones laborales. A las 18:15 horas salimos de Armunia en mi furgoneta Nati, Álvaro y yo. Por la autovía de Burgos llegamos a Osorno donde se enlaza con la de Santander. Avanzamos por ella hasta Reinosa decidiendo parar un poco en dicha localidad. Eran las 20:10 h. Aquí estuvimos tomando un refrigerio y dimos un paseo por un mercadillo de la plaza principal. En uno de los puestos compró Nati un trozo de queso.
Media hora más tarde retomamos el viaje por dicha autovía mientras perdíamos altitud hacia la zona costera. Ya en la entrada de Santander nos desviamos hacia Bilbao para dirigirnos al destino. En ese momento decidimos que podíamos acercarnos un rato hasta la playa de Santander, El Sardinero. Giramos en una rotonda y ya en la entrada a la ciudad encontramos retenciones. En ésta también se celebraba Santiago y había fiesta en algunos puntos de la misma.
A las 21:50 horas, tras 283 Km recorridos, aparcábamos en el paseo de la playa y bajamos a la misma donde vimos un par de pescadores a los que fotografié con un pez que habían cogido. En el mar se veía un gran carguero con numerosas luces. Las terrazas estaban repletas de gente disfrutando de la buena noche que hacía. Allí estuvimos hasta las 22:30 horas que reemprendimos la marcha hacia Liérganes, a 30 Km de allí. Abandonamos la autovía en Solares y por varias carreteras llegamos a dicho pueblo 45 minutos más tarde. Llevábamos 313 Km.
También allí había festejos y numeroso personal en una zona de casetas y chiringuitos. Preguntamos por la situación de la casa, cercana a la parroquia y el cementerio, indicándonos las afueras del pueblo y en la parte alta. Allí hablamos con la dueña de la casa en la que tiene varios apartamentos y sin más subimos al nuestro. Con los compañeros habíamos hablado y estaban cenando en dicho pueblo. No tardaron en llegar.
El apartamento constaba de una cocina-salón, un aseo y dos habitaciones de dos camas cada una en las que nos distribuimos Nati, Gabriela, Álvaro y yo. Sin más retrasos nos dispusimos a cenar tranquilamente en la cocina.
Tras acordar la hora de levantarse, nos acostamos ya a la 1:15 horas para descansar esa primera noche.

DOMINGO 24
A las 7:45 horas tocó el despertador. El panorama fuera era gris y había llovido por la noche. Las cumbres cercanas estaban cerradas por las nieblas. Desayunamos y poco después llegó Antonio. Nos reunimos “en concejo” para decidir qué hacer. La subida al Castro Valnera realmente no merecía la pena en esas condiciones, aunque algunos opinaban que se podía intentar. Lo cierto es que subir para no ver nada habiendo otras alternativas, como adelantar la ruta de Hayacorva, no resultaba muy lógico. Al final decidimos esta última opción, como ya hicimos el año anterior, y emprendimos el trayecto de 60 Km hasta Ucieda, localidad situada en el valle de Cabuérniga y Saja - Besaya.
Encontramos de camino una vuelta ciclista en dos ocasiones, la primera en una carretera y otra vez al tratar de evitarla por una alternativa. Por fin llegamos a Ucieda y lo atravesamos para salir por una estrecha carretera con dirección a una zona recreativa, La Casa del Monte, 272 m, en la que aparcamos a las 10:45 horas tras 375 Km recorridos en total.
Nos preparamos para la ruta con chubasqueros, ya que la lluvia caía fina a ratos. Allí cerca había una curiosa casa cuyo tejado bien parecía más un huerto lleno de hierbas y arbustos. En un puente nos sacamos una foto de grupo antes de comenzar la ruta circular de 12 Km a las 10:55 horas. Ya adelanto que lo único que le quitó encanto a la misma, para mi gusto, es que toda ella, salvo el desvío al refugio, transcurre por camino en vez de por sendero.
Desde el primer momento comenzamos a ver ejemplares de hayas de retorcidas formas y gruesos troncos. Caminamos paralelos al río Bayones dejando atrás enseguida la finca “La Cabaña del tío Mero”. Más adelante llegamos al comienzo de la ruta circular en sí donde uno de los desvíos, por el que volveríamos, marcaba “La Vuelta de la Gotera” y el otro “ Ruta del Hayacorva”, ambos señalizados como PR-S 111 y PR-S 112 respectivamente.
Seguimos el segundo encontrándonos algunos bancos de madera a la vera del camino. Los helechos inundaban los espacios despoblados de arboleda y numerosos arroyos atravesaban el camino por desagües acondicionados a tal efecto bajo el firme. Serpenteamos por el valle arriba dando algunos giros casi completos. El grupo se había dividido e íbamos espaciados unos de otros. La lluvia seguía cayendo casi constante, unas veces más fuerte que otras. También vimos varios tocones de troncos invadidos por completo por musgo y otros ramajes. Poco a poco nos fuimos metiendo en la niebla que daba al paisaje boscoso un aire realmente místico. Entre la arboleda encontramos algún ejemplar de avellano con frutos ya con buen tamaño, pero aún verdes.
A las 12:30 horas llegamos al haya que da nombre a la ruta, el Haya Corva, un gran ejemplar de esta especie situada en medio de una curva cerrada del camino. Algunos nos sacamos una foto allí mientras el resto ya caminaba por delante. A la par venía también un grupo de jóvenes de Valladolid con los que nos fuimos relevando de continuo hasta el refugio de Urizosas, punto más alto de la ruta al que hay que desviarse un tramo. Estando en este punto del haya nos adelantó Javi, que iba corriendo camino arriba. Por su parte, Nati e Isabel ya quedaban por detrás.
Desde el haya comenzamos a ascender por un tramo embarrado y algo más empinado. Al lado del mismo encontramos un gran trozo de tronco que a la vista parecía más bien una roca. Enseguida nos desviamos del ancho camino siguiendo una señal indicadora al refugio. Nos metimos en un sendero y atravesamos una cerca de través de una escalera de troncos situada a tal efecto. El sendero se perdía ahora entre hayas con troncos de grandes proporciones en su grosor. En ellos se veían grandes nudos o huecos que los cruzaban de lado a lado. La neblina que envolvía al lugar seguía manteniendo el halo misterioso.
Por detrás quedamos Álvaro y yo sacando fotos de este paraje y de pronto nos encontramos con que no sabíamos por donde había que seguir. Al final, y a voces, nos fue indicando Antonio la dirección hacia el refugio. Atravesamos antes un claro por el que pasaba un arroyo que encharcaba la pradera y en la que nos hundíamos los pies. Tras él mismo comenzamos a subir por otro sendero de nuevo entre el bosque en el que ya vimos el refugio de Urizosas. En cinco minutos llegamos a dicho lugar situado en la ladera de los Montes de Ucieda a 680 metros de altitud cuando eran las 13:15 horas y tras algo más de 5 Km recorridos.
El refugio consta de dos cuartos, uno de ellos cerrado. En el otro había una chimenea y un tablero tirado en el suelo. No estaba en muy buenas condiciones de uso realmente. Al poco de llegar nosotros nos alcanzó el grupo de jóvenes. Los árboles que lo rodeaban impedían ver el paisaje. Algo más arriba se abría un poco, pero la niebla hacia el mismo efecto. Antonio nos comentó la vista que desde allí se tiene de varios kilómetros en la lejanía. Allí tomamos un pequeño tentempié y descansamos un rato antes de ponernos de nuevo en marcha 25 minutos después.
A escasos metros del mismo, y un poco por debajo del sendero, nos indicó Antonio la presencia de una fuente en la que cargamos agua. De nuevo bajamos a las praderías que atravesamos para desandar el tramo anterior hasta salir al ancho camino. Seguimos por él encontrando más troncos caídos a ambos lados. Seguía embarrado el firme y lleno de rodaduras de vehículos, lo que le enfangaba aún más. También vimos troncos serrados encontrando poco después una máquina aparcada a la orilla. Entre la arboleda veíamos de vez en cuando parte del valle que estábamos rodeando.
Así llegamos a un arroyo que formaba un bello rincón en el que decidimos parar a comer. Eran las 14:45 horas. Nos acomodamos a su vera tranquilamente para reponer fuerzas reanudando la marcha 40 minutos más tarde. Entre el bosque vimos luego un curioso tocón de tronco de gran tamaño que semejaba totalmente la figura de un gato sentado, con la peculiaridad de tener un gran pico que a su vez le hacía parecer una lechuza. La imaginación al poder. Siguiendo la racha, y poco después, encontramos un delgado árbol que se había curvado y se había injertado en otro tronco formando un arco con dos raíces. Misterios de la naturaleza.
Vimos también algunos zarzales con moras un poco pasadas ya. Llegamos luego a una bifurcación en la que otra señal nos indicaba la dirección a la Braña de Zarza. En otras tablillas ponía “Sendero de los Árboles Singulares” y “Vuelta de la Gotera”. Estábamos en un mirador sobre el valle y el camino daba allí un brusco giro de 180 grados. Serpenteamos por él y atravesamos por un puente hormigonado uno de los dos arroyos principales de la cabecera del valle. Paralelos a éste fuimos perdiendo altura viendo de continuo curiosos ejemplares de hayas. Así dejamos atrás “La casa del Tío Maer” una finca vallada cerca de un puente de madera sobre el arroyo. Saqué varias fotos a los gruesos hayas que encontrábamos en esa parte de la ruta que además tenían formas retorcidas y singulares.
A las 16:15 horas cerrábamos el círculo en el punto donde además se unían los dos ramales que formaban el río Bayones. Nos restaban escasos metros para terminar la marcha en el lugar de comienzo. Cerca del río se formaban también bellos rincones con pequeños rápidos y la vegetación de sus orillas. A las 16:22 horas terminábamos esta marcha de 12 kilómetros entre el bonito bosque de Hayacorva. Allí cerca había otra cabaña de madera que parecía sacada de una película del oeste.
Sin más retrasos emprendimos la marcha con intención de acercarnos hasta Comillas a ver si nos dejaba el tiempo meternos a la playa. En Ucieda salimos a la carretera principal y en un bar de la misma nos detuvimos a tomar un café. En su terraza tenía infinidad de plantas cargadas de bonitas flores multicolor. De nuevo en marcha, y antes de llegar a Cabezón de la Sal, se encuentra otro bello rincón, un bosque de secuoyas. A la entrada aparcamos y caminando escasos 50 metros ya nos encontrábamos entre infinidad de ejemplares de altura colosal. Una escalinata de troncos permite descender unos metros por el mismo y disfrutar de este singular rincón de belleza destacable. Desde un balcón se puede ver la amplitud del mismo exteriormente.
Ya sin detenernos llegamos a Comillas a las 17:50 horas y con el cuentakilómetros marcando 396 Km. No llovía, pero el cielo seguía encapotado, aunque algunos decidimos bañarnos. El agua estaba realmente fría, pero como siempre, una vez dentro se acostumbra uno. Esteban había llevado unas gafas de buceo y se metió más adentro. Tras un rato disfrutando del baño, salimos y nos cambiamos para dar un paseo por Comillas. Subimos por sus calles con típicas casas con balconadas y atravesamos la plaza donde hay una gran iglesia. En esta localidad se encuentra “El Capricho de Gaudí”, un monumento de singular belleza al que Álvaro, Gabriela y yo decidimos entrar tras abonar 5 € de entrada.
Realmente mereció la pena la visita. Su diseño colorista y el interior en el que predomina la madera es digno de ver. La visita no es guiada, pudiendo deambular por las estancias libremente con la ayuda de un folleto explicativo.
Una vez fuera nos reunimos con el resto, qua habían tomado un refrigerio allí cerca, y nos encaminamos sin más hacia los coches.
Teníamos la intención ahora de parar en Santillana del Mar y así lo hicimos a las 20:45 horas tras 416 Km totales. Por sus empedradas calles caminamos viendo las bellas construcciones de esta localidad en la que se encuentra el Museo de la Tortura o el del Barquillo, que entramos a visitar. De nuevo las balconadas cargadas de flores era nota predominante. Dimos una vuelta circular por el casco antiguo antes volver a por los coches ya para dirigirnos hacia Liérganes sin más paradas. Llevábamos 455 Km a la llegada a este pueblo.
Allí llovía y estuvimos buscando un lugar para cenar, según habíamos planeado para esa noche. Al final decidimos hacerlo en el restaurante “El Cantábrico” y en él nos acomodamos para hacerlo cuando ya eran casi las 23:00 horas. Pasamos un rato agradable y cenamos bien por 17 € cada uno.
Luego nos quedaba acercar a Antonio hasta su casa en El Tojo, a 26 Km de allí pasado Santander. Salimos a las 00:15 horas y llegamos 40 minutos más tarde. En esa casa estuvimos hace unos años cuando hicimos la ruta de la Vega de Pas en una experiencia inolvidable. Desde la misma puede verse Santander. No nos entretuvimos mucho, y con el ojo bien abierto para no equivocarnos de trayecto, recorrimos los mismos kilómetros hasta Liérganes. Pues bien, después de llegar sin problema alguno, fue aquí donde cogimos la calle equivocada y dimos varias vueltas hasta tener que preguntar para salir de dudas. Llevábamos 507 Km.
Total que eran las dos de la mañana cuando nos metimos esa noche en la cama.

LUNES 25
El reloj estaba puesto este día a las 8:00 horas. Nos levantamos comprobando que el día estaba aún peor que el anterior. Por la noche había llovido bien y ahora lloviznaba y teníamos la niebla allí mismo encima. Llegó Antonio, al que había traído un amigo suyo, y decidimos qué hacer. Ni siquiera ascender a unas pequeñas cumbres cercanas, Las Enguinzas, merecía la pena. También barajamos la posibilidad de irnos hacia Asturias, pero preveíamos que el tiempo en la costa podía ser el mismo, así que, tras deliberar el tema, decidimos repetir lo del año anterior, venir hacia Burgos y hacer una ruta por el Cañón del Ebro, diferente eso sí a la de Orbaneja del Castillo.
Abonamos la estancia, 300 € en total, y a las 9:30 horas emprendimos el viaje ya de regreso hacia nuestra tierra. Ahora venía Antonio con nosotros también hacia León. En 45 minutos llegamos a Ontaneda donde paramos a comprar unos sobaos y quesadas. En ruta por la N-623 comenzamos a subir el puerto El Escudo, límite provincial y autonómico. Aunque hacia Burgos seguía estando nublado, no tenía comparación con el panorama cántabro. Pasamos luego el puerto de Carrales y comenzamos a divisar el Cañón del Ebro a nuestra derecha. Javi y los que le acompañaban habían tirado delante en Ontaneda y se habían desviado luego a Orbaneja. Por el móvil quedamos en encontrarnos en Quintanilla Escalada, pueblo emplazado en medio del cañón. Para acceder a él la carretera baja un tramo empinado y serpenteante desde el cual tuvimos una bonita vista del mismo deteniéndonos a fotografiarlo.
Bajamos este puerto y nos detuvimos en un bar a tomar una consumición y esperar por los compañeros que tardaron escasos minutos en llegar. La ruta prevista partía de Valdelateja y terminaba allí mismo, aunque la idea era hacer la mitad y volver. Íbamos a hacerlo desde el otro pueblo ya que el tramo aquél era el más bonito. Al final algunos la hicimos entera por los motivos que luego se detallan.
Sin más seguimos carretera adelante hacia dicho pueblo desviado un kilómetro de la principal. Aparcamos en un lugar adecuado para ello antes de entrar en sus calles y comentamos el plan de la marcha. Decidimos no llevar comida y volver a comer allí, o en algún restaurante o lo que llevábamos. A las 12:30 horas comenzamos a caminar atravesando este bonito pueblo también emplazado dentro del cañón, pero en un ramal por el que bajaba el río Rudrón.
Salimos por un estrecho sendero entre arboleda paralelos al río y a la carretera que transcurría por la margen contraria. El paisaje era precioso con los contrastes de roca y vegetación. En los riscos podían verse numerosas oquedades en la que anidan algunos buitres. Los helechos rellenaban las laderas formando un manto uniforme en varios lugares de las mismas. Mientras Nati quedaba por detrás, el resto cogió carrerilla quedando Álvaro y yo en medio. No podía dejar de plasmar todo aquel paisaje a la vez que disfrutábamos del mismo plenamente.
Poco a poco nos fuimos acercando a la confluencia del río Rudrón con el Ebro, la cual no era visible en el ensanche que formaba el cañón en dicho lugar. También tengo que decir que hasta más tarde que me lo dijeron, y por que no me cuadraban los sentidos de las corrientes, no supe que el primer tramo no era del río Ebro.
De nuevo entramos en otro tramo de bosque donde el sol que allí reinaba daba un aspecto totalmente diferente al del día antes. Llegamos así a un estrecho puente de cemento sin barandilla sobre el río. Allí estaba Antonio esperándonos. Le pedí que nos sacase una foto en él y tardaba tanto que ya me daba vértigo el ver correr el agua bajo nosotros. Tendría poco más de medio metro de anchura y en el centro había varios contrafuertes.
En la parte contraria se bifurcaban dos rutas yendo nosotros a la izquierda hacia la ermita de Nuestra Señora del Ebro, situada a diez minutos de allí. En este tramo nos encontramos con una bonita cascada que se precipitaba por la ladera derecha y pasaba bajo el camino al encuentro con el Ebro. La misma se formaba del rebosadero de un canal que transcurría un poco por encima de nosotros. Llegamos a la ermita cuando eran las 13:45 horas. A nivel del camino se podía ver el tejado de un edificio al que estaba adjunta dicha ermita.
Pues bien, resulta que Gabriela y e Isabel habían pasado por allí sin detenerse y Javi no las había visto. Decidió junto con Antonio, al que dejé las llaves de la fuergoneta, regresar a paso ágil hacia el pueblo a coger los coches e ir hacia Quintanilla Escalada donde, si no les daba por regresar, llegarían por aquel camino. Quedamos en que nosotros, Álvaro, Esteban y yo seguiríamos por el camino en su busca y ya con intención de terminar la ruta por aquel lado. De un total de 9 kilómetros nos quedaban un poco más de la mitad.
Nos detuvimos unos minutos para descansar y ver este lugar. Delante de la fachada de la iglesia había una explanada. Dentro, con el flash de la cámara, pudimos ver que era una sencilla ermita con un pequeño altar y algunos bancos. También tenía un pendón y algunos cuadros. Sin más retrasos retomamos la marcha hacia el final de la ruta teniendo que retroceder yo unos metros a por los bastones olvidados..... por que variar.
Al igual que el día antes, el ancho camino que iba por esta parte cambiaba el “tono” idílico del paisaje. Seguía siendo bonito, pero el cañón era más amplio y abierto. De pronto recibí la llamada de Gabriela, que ya estaba por delante como suponíamos. Apenas había cobertura y no habíamos podido contactar antes entre nosotros. Yo me rezagué un poco cambiando la tarjeta de la cámara y demás y ellos dos llegaron a alcanzarlas. Mas adelante ya pasamos un tramo más boscoso encontrándonos de nuevo con el canal que se metía allí bajo la montaña por un túnel de la misma. Paralelos al mismo y al río avanzamos subiendo suavemente como veníamos haciendo desde la ermita. El primer tramo hasta ella lo habíamos hecho de bajada.
Llegamos a un puente sobre este canal pasando al otro lado por debajo mismo de las paredes y laderas del desfiladero. Vimos no tardando cómo ese mismo canal pasaba sobre el río por un viaducto. El sol le daba bien y algunos tramos estaban expuestos totalmente sin sombra alguna. Antes ya nos habíamos dado algo de protector solar.
Por fin divisamos un vehículo en el camino y al llegar a él comprobamos que estábamos a escasos 50 metros de la carretera. A las 15:00 horas salimos a ésta a pocos metros del bar donde habíamos estado por la mañana y de la entrada del pueblo. Nos dirigimos al bar en el que también estaban Javi y Antonio. Nos tomamos un refrigerio y sin más emprendimos la vuelta hacia Valdelateja donde alguien había reservado lugar para comer. Ya puestos, Antonio hizo de chofer hasta el mismo dejando esta vez los coches en un aparcamiento más céntrico. Llevábamos 612 Km.
Caminando y disfrutando de la bellas vistas de este lugar llegamos al “Mesón Valdelateja” en cuya terraza nos acomodamos para comer. Como detalle apuntaré que en la misma estaba también comiendo un conocido cantante cuyo nombre me reservo de dar. Antonio se sacó después una foto con él.
La comida a base de pinchos de primero, plato y postre después fue realmente deliciosa. También el servicio recibido estuvo acorde. Allí, a la sombra de los árboles, con la vista del pueblo bajo nosotros, era todo un lujo.
Ya eran las seis de la tarde cuando levantamos anclas para emprender el regreso directos a León. Nati se quedaba con la ganas de echar “la primitiva” ese día, y nos íbamos fijando a ver si en algún pueblo había algún despacho, aunque había que tener en cuenta que era día festivo. Por ello nos desviamos un momento a Sedano, donde tampoco encontramos. Por la nacional llegamos a Burgos, ciudad que rodeamos. Aquí detallo un incidente que ya me pasó hace un mes viniendo de Logroño. Pues bien, en uno de los accesos a la A-1 hay un enorme bache, que se coge acelerando, y que además del golpe que lleva el vehículo, hace desestabilizarle por completo. Me puso de muy mala uva comprobar como es posible que nadie sea capaz de repararlo con el peligro real que supone.
Ya metimos en la autovía hacia León habíamos acordado hacer una última parada en la estación de servicio de Villaherreros. La suerte hizo que al tiempo llegase un coche de la Guardia Civil de Tráfico y me decidí a comentarles el caso, del cual tomaron nota, sirva o no de algo.
En este lugar tomamos una consumición e hicimos las cuentas de gastos y demás del fin de semana. Media hora más tarde emprendíamos, ahora sí, el último tramo a nuestra cuidad. Con el sol frente a nosotros recorrimos estos 111 Km. restantes saliendo en Onzonilla. Ya en Trobajo había caravana y atajamos por un camino de Villacedré llegando nosotros a Armunia a las 21:45 horas y tras un total de 874 Km recorridos.
Como ya apunté al comienzo, de nuevo el mal tiempo reinante en la provincia cántabra durante el fin de semana nos hizo modificar los planes previstos, aunque el resultado final fue bastante satisfactorio sabiendo capear esas inclemencias contra las que nada cabe. Ya hemos dicho que si volvemos el próximo año, nada de comentar antes algo sobre el Castro Valnera. Si sale bien, y si no...........













































lunes, 9 de junio de 2003

VEGA DE PAS Y TURISMO POR CANTABRIA 06/08-06-03


TURISMO POR CANTABRIA.

1ª TRAVESÍA “NACIMIENTO DEL PAS”.

06/08-06-03

Este fin de semana hemos realizado una salida de las más completas que pueden hacerse. Además de la ruta de montaña, lo hemos completado con visitas turísticas por Cantabria, teniendo el mejor guía para ello, un oriundo de allí como es Antonio. Como ya hiciera con más compañeros del club hace unas semanas, esta vez nos ha invitado a nosotros a pasar un fin de semana en su casa de Santander para recrearnos de la belleza de esta comunidad con tan variado paisaje y diversidad cultural.
Verdaderamente resultaron unos días inolvidables para el grupo de seis personas que tuvimos la suerte de disfrutarlo en una convivencia casi, casi mágica diría yo. Creo que, tanto Jorge, como Sonia, Miguel, Antonio y Carmen, quedaron igualmente embargados por la experiencia vivida durante estos tres días y de la cual doy fe a continuación.
Como nota aclaratoria apuntaré que, a pesar de ser los componentes todos miembros del club de montaña, la excursión fue de carácter totalmente particular, sin vínculo alguno con el mismo.
Y sin más relataré lo más fielmente todo lo vivido por el grupo, poniendo especial interés en intentar transmitir lo mejor posible las emociones experimentadas, al menos por mi parte.

VIERNES 6
Alrededor de las 20:30 horas pasó Miguel a recogerme por casa para dirigirnos luego hacia la gasolinera cercana a los depósitos de Campsa. No tardaron en llegar los demás en el coche de Jorge y nos repartimos en los dos vehículos, quedando Miguel, Antonio y yo en uno y Jorge, Sonia y Carmen en el otro. Poco antes de las nueve emprendimos el largo viaje hacia Santander. En Onzonilla cogimos la autovía de Burgos por la que circulamos hasta la altura de Osorno, donde salimos a la nacional.
Aquí haré un inciso particular, que sin venir mucho a cuento, es un detalle destacado para mí. Tras pasar dos días en Logroño, esta misma tarde había regresado con mi familia en la furgoneta por esa misma autovía hacia León. Lo que resulta que, tras hacerme 300 kilómetros conduciendo, y con tan solo una hora de intervalo, iba a hacerme casi otros tantos, esta vez de pasajero.
Ya por la carretera fuimos avanzando hasta pasar por Aguilar de Campoo, entrando poco después en Cantabria. La noche se iba cerrando según avanzábamos por la nacional 611 bajando el puerto Pozazal y dejando atrás Reinosa. Sin novedades llegamos a Torrelavega donde ya cogimos la nueva autovía, aún con tramos de obras, hacia Santander.
Sin entrar en éste cogimos dirección a Maliaño, población muy cercana a la capital donde, como ya nos había dicho, Antonio nos llevó a cenar a una pizzería conocida por él llamada “Hoyuela”. Aquí pedimos unas pizzas y vino italiano para acompañarlas. Este era un rosado espumoso de muy buen sabor y de marca “Lambrusco”. Dicho nombre iba a traer cola durante el resto del fin de semana, ya que sus efectos se hicieron notar más o menos en todos. Al menos a mí, no acostumbrado a beber vino, sí me hizo desvariar un poco.
Tras la alegre cena cogimos los coches para dirigirnos hacia la casa de Antonio, situado en un residencial llamado “El Tojo”, a unos 8 kilómetros del propio Santander. En éste metimos todo lo que traíamos y nos repartimos por las habitaciones del piso superior. Tras ello aprovechamos la buena noche que reinaba para sentarnos en el porche un buen rato a charlar. La casa está orientado más o menos hacia el sureste, teniendo las luces de Santander algo hacia la parte izquierda.
Poco a poco fueron pasando las horas y sin darnos cuenta eran las dos y media. Nos fuimos recogiendo a los aposentos sin saber que no tardando aparecería el “fantasma revoltoso”, al que yo personalmente conozco muy, muy bien; vamos, es como parte de mi persona. Se trata de un fantasma graciosillo que se dedica a tocar y abrir las puertas de las habitaciones, apaga y enciende luces, y lo más cachondo, va normalmente con un frontal deslumbrando a los sufridos huéspedes. Esta noche hizo de las suyas en todas las habitaciones, por lo que los moradores tardaron en conciliar el sueño. Lo curioso de ello es que a mí, no sé por qué, no me molestó lo más mínimo, es más, ellos no me dejaban dormir a mí con tanta bulla que montaban. Claro, si se llevaran tan bien con él como yo, no les pasaría eso. Mira que se lo dije. Con esta tontería, casi eran las cuatro cuando se calmó la cosa y pudimos descansar por fin un poco.

SÁBADO 7
Minutos antes de las nueve empezamos a oír palmas y la melodía de “Quinto levanta.......”. Antonio, que no tenía otra cosa que hacer que molestar de esa forma al personal. Con ello nos fuimos incorporando y bajamos a desayunar. Lo que más nos desolaba era la niebla cerrada que no dejaba ver paisaje alguno. Antonio nos animaba un poco diciendo que solía ser normal por las mañanas, pero que tampoco era raro que se mantuviese.
Este día era el programado para hacer la ruta del nacimiento del río Pas, por lo que aún fastidiaba más si cabe dicha climatología. Desde allí llamó a Vega de Pas donde le animaron diciendo que estaba despejado por aquellas alturas.
Tras prepararlo todo para la travesía, cogimos los coches para acercarnos hasta el comienzo de la misma. Con la niebla como acompañante salimos por la carretera con dirección sur hasta llegar a Villacarriedo, a unos 30 kilómetros. En este pueblo hicimos una parada para disfrutar de la preciosa arquitectura de algunas casas cubiertas de flores y del palacio de Soñanes, con fachada de destacada belleza.
A tan solo un kilómetro de allí se encuentra Selaya, en el que volvimos a detenernos, esta vez para entrar en un despacho de repostería llamado “Casa El Macho”, donde hacen unos de los mejores sobaos y quesadas pasiegas de Cantabria. Aquí compramos alguno de estos productos para traer a casa.
Tras ello reemprendimos el viaje ahora subiendo los puertos de La Mesuca y La Braguía, en el cual paramos para disfrutar de una vista del valle contrario, el del Pas. Además de los pueblos del mismo, pudimos ver al fondo el pico Castro Valnera, bajo el cual se encuentra el nacimiento del río Pas. A partir de allí la carretera se encontraba en obras y el descenso hacia este bonito valle lo hicimos con cautela. En la hondonada se ubica Vega de Pas, por donde pasamos para dirigirnos al comienzo de la ruta. Por una estrecha carretera que se adentraba en el valle avanzamos unos kilómetros hasta su final donde aparcamos los coches. Desde casa habíamos recorrido unos 60 kilómetros.
Sobre las 11:15 horas comenzamos la ruta, y tras atravesar un puente sobre otro río cercano, nos metimos de lleno en el valle del río Pas. En el medio del camino vimos unos raíles de tren medio enterrados. La vegetación era muy frondosa a ambos lados del trayecto e incluso vimos alguna huerta cultivada. También abundaban, como ya habíamos visto durante el viaje, las casas típicas en el medio de las laderas. Poco más adelante había un puente de piedra sobre el que había que pasar a la parte contraria del cauce. En él paramos a sacar unas fotos antes de proseguir.
En el siguiente tramo esta pendiente se acentuó aún más subiendo casi en vertical por el camino ahora empedrado. El sol comenzaba a hacerse notar, aunque de momento la tupida arboleda nos evitaba este suplicio. Según ganábamos altura, el paisaje era cada vez más amplio y bonito. Más adelante tuvimos que salir del camino hacia los prados ya que la maleza impedía por completo el avance por el mismo. En el medio de estos había una de estas casas cerca de la cual pasamos antes de meternos de nuevo al sendero.
Durante otro tramo más caminamos por éste, pero lo bueno se iba a terminar enseguida. No tardamos en dejar la arboleda y salimos a pleno sol. Protegidos por viseras llegamos a un cruce con el río donde me ocurrió la primera gracia del día. Me puse en una piedra para mojar a Jorge y me resbalé cayendo de culo al agua. Me mojé los pantalones, la mochila y la funda de la cámara de fotos. Claro, ellos riéndose de la desgracia ajena.
Tras esta incidencia sin mayores consecuencias, y ya por la margen derecha del río, continuamos ascendiendo poco a poco por aquel bello rincón hasta un punto donde el valle se dividía en dos. La ruta seguía por el ramal de la izquierda, por lo que de nuevo tuvimos que atravesar el río. Como apunte diré que en el mismo pudimos ver infinidad de pozas de agua cristalina donde apetecía meterse a remojo.
A partir de allí comenzó lo más duro de la ruta. Teníamos que subir ladera arriba casi verticalmente por hierba que resbalaba de forma exagerada. Nos fuimos dividiendo y cada uno fue avanzando como mejor pudo. Sonia iba con bastante problema de alergia y al final, muy a su pesar, tuvo que abandonar junto con Jorge para poco que quedaba. Al menos ya se veía la bonita cascada a la que teníamos que llegar y que caía desde la cima de un alto murallón.
Mientras ellos daban la vuelta, nosotros peleábamos con aquella interminable cuesta resbaladiza y llena de matorral bajo que dificultaba el avance. La vista ya era amplia de todo el valle. En las laderas destacaban los curiosos estratos de las rocas entre el verdor primaveral. En lo alto de un cerro vimos una de las numerosas casas de las que ya hablé antes.
Por fin alcanzamos el nivel de la cascada y solo nos quedaban unos metros para llegar a la parte baja de la misma. El último tramo también se las traía. Había que pasar por un sendero estrecho y con hierba a cuyo lado teníamos el precipicio del río. A Carmen le había afectado el sol e iba algo mareada, por lo que entre Antonio y yo la “escoltamos” en este trecho cogiendo un bastón entre los dos y dejando a ella que se agarrase en medio. De esa forma alcanzamos el final de la ruta sobre las 14:00 horas.
El lugar era idílico por completo. La cascada, con no mucha agua, caía desde unos 50 metros sobre otra plataforma más arriba. Tras resbalar por la roca llegaba al lugar donde estábamos formando varias pozas cristalinas antes de volver a precipitarse otros cuantos metros roca abajo hacia el cauce del valle. Igualmente veíamos salir varios chorros expulsados desde huecos abiertos en la misma pared vertical. Todo ello, como digo, en un entorno realmente paradisíaco.
No tardó Antonio en meterse bajo el chorro de la cascada seguido por Miguel. Yo era mas frenado ya que el agua estaba helada y veníamos sudando lo nuestro. Al final me quedé en bañador y me decidí a remojarme. Lo bueno es que le cogí gusto y luego no salía del agua. Era una experiencia realmente placentera meterse en la poza o bajo el chorro. Por otra parte, en el agua vimos numerosas crías de ranas y de salamandras.
Tras un buen rato disfrutando de aquella maravilla, nos acomodamos para comer. Algo por encima salía un chorro de agua helada por una especie de túnel en la roca donde bebíamos y llenamos las cantimploras.
Tan a gusto estábamos, que ninguno tenía prisa en comenzar el regreso. Al fin hubo que hacerlo mientras veíamos como se comenzaba a nublar y aparecía la niebla. Sobre las 16:30 horas nos pusimos de regreso. Atravesamos de nuevo al tramo dificultoso y comenzamos a descender más pronunciadamente. Echando la vista atrás pudimos contemplar un paisaje de postal. La niebla se iba metiendo y medio tapaba la cima del Castro Valnera, situado por encima de la cascada. El aspecto que le daba era verdaderamente mágico. Allí sí que sacamos todos fotos de aquella maravilla. Además, cuanto más nos alejábamos, más cambiaba la perspectiva y más fotos tirábamos. Fueron unos momentos inolvidables.
Como digo, ya bajábamos lo más empinado, y como ya había pronosticado, no tardé en caerme al resbalar en la hierba. Si subir era dificultoso, bajar no lo era menos. Claro, que no fui yo el único. Carmen también se cayó casi abajo y se torció algo un tobillo. Por suerte no fue grave la cosa y pudo seguir sin dificultad. A Miguel también le acompañó la desdicha al cortase en un dedo con un cuchillo que llevaba mal encajado en el juego con el que venía. Lo llevaba metido con el filo al revés y al meter la mano en la mochila se cortó en la yema de un dedo, por lo que hubo que socorrerle “urgentemente”.
Así de accidentada tuvimos esta bajada hasta llegar al arroyo que atravesamos por las rocas hacia la parte contraria. La niebla había bajado mucho y ya no veíamos la parte alta del valle. De Jorge y Sonia no sabíamos nada, por lo que supusimos que habían ido bajando. Sin dejar la senda fuimos haciendo lo mismo nosotros hasta llegar de nuevo al segundo cruce del río. Esta vez no paré a mojar a nadie, por si acaso.
Algo más adelante se encontraba una verde pradera donde estuvimos un rato parados. La niebla ya lo cubría todo dando al entorno un halo misterioso. Antonio nos estuvo contando alguna experiencia suya durante cierta salida a ese mismo lugar cuando vivía en Santander. También contó alguna historia sobre las leyendas de los bosque aquellos y sus mitológicos habitantes, lo que contribuyó a dar mas esoterismo al momento.
Enseguida nos metimos entre la vegetación que antes nos había aliviado del sol y que ahora contribuía, junto con la niebla, a dar ese toque místico al lugar. Los árboles crecían de forma desmesurada por las orillas del río. Algunos de ellos se torcían debido al terreno inclinado de donde salían mientras que otros ya estaban caídos por completo. Igualmente abundaban los helechos, de los que Antonio nos contó una curiosidad. Los había de dos formas diferentes, los que sus hojas salían de un tallo central, que eran helechos, y los que las hojas salían todas del mismo suelo, que eran helechas. Estas últimas se ven más en rincones húmedos y con poca luz, más cerca del cauce.
Con todo ello llegamos al tramo pronunciado que bajamos hacia el río por la roca que lo cubría. Enseguida alcanzamos el puente de piedra por el que pasamos para dejar el torrente a nuestra derecha. En este último tramo nos adelantó un joven que no habíamos visto antes. En una de las huertas cercanas oímos el ruido de un motor, suponemos que de agua. Como en todos los lugares húmedos, aquí también habíamos ido viendo numerosas babosas negras por el medio del camino.
Ya eran las 18:45 horas cuando llegamos al final de la ruta donde estaban Jorge y Sonia esperando. Nos contaron que habían ido bajando tranquilamente y se habían incluso bañado en las pozas del río. Ahora la niebla era “meona” y lo cubría todo. Sin más nos cambiamos el calzado y emprendimos el regreso.
Por la estrecha carretera llegamos a Vega de Pas donde nos detuvimos. En un bar tomamos un café y yo tuve que comprar un carrete de fotos ya que había dejado uno en la casa y ya no me quedaba ninguno. Lo que no encontramos, por estar cerrado ya, fueron postales.
El regreso lo íbamos a hacer por otra carretera diferente a la ida. Ahora salimos hacia el oeste con dirección a la nacional 623. Los valles seguían siendo impresionantes del verdor que tenían y la gran cantidad de bosques. De esa forma llegamos a Ontaneda, donde nos detuvimos de nuevo. Aquí estaban celebrando un día festivo y se veía bastante personal. En un supermercado entramos a comprar la cena que teníamos pensado hacer en casa. Algo más adelante, dentro del mismo pueblo, volvimos a parar. Esta vez para degustar los helados que de forma tradicional hacen dos señoras muy conocidas de Antonio. Dejándonos aconsejar por ellas, pedimos uno de queso, cuyo sabor era realmente suave y exquisito. Sentados en unos bancos de la fachada, los tomamos tranquilamente.
Sin más nos pusimos de nuevo en marcha por la misma carretera hacia Santander. No nos detuvimos más ya que nos quería llevar a ver otro lugar ciertamente curioso e íbamos justos de tiempo. Estaba en Maliaño, justo al lado de la pizzería del día antes, y se trataba de un pequeño museo de bicicletas donde también habían estado la vez anterior y cuyas fotos habíamos visto.
Llegamos aún a tiempo para contemplar esta maravillosa colección de unas 20 bicicletas de época casi todas construidas por Segundo, el encargado de aquella notable exposición. Él mismo nos estuvo comentando como saca las ideas de fotos y libros antiguos y luego, en el taller que tiene particular, construye y monta las piezas hasta rematar aquellas maravillas. Las había de todos los modelos, con dos ruedas, con tres, una grande y otra pequeña, etc. También los materiales eran de los más variado, desde aluminio hasta madera, pasando por el hierro común.
La historia es que, desde hace unos años se dedica a construir estas bicicletas haciendo una por año para exhibirla en el día de la bici. Por supuesto, todas ellas son utilizables, y nos enseñó numerosas fotos de estos eventos con él vestido de época encima de las bicis así como fotos de él construyéndolas.
Tras disfrutar de esta sorprendente exposición, nos dirigimos hacia casa para preparar la cena. Habíamos comprado unos langostinos para hacer a la plancha y patatas para una tortilla. Allí mismo, en la cocina, preparamos todo ello y lo degustamos tranquilamente entre bromas y risas. Fuera se habían comenzado a escuchar los truenos de una tormenta que durante un rato se mantuvo encima.
Como ya era bastante tarde, comenzamos a retirarnos a las habitaciones, esperando que esta vez nos dejase descansar bien el “fantasma revoltoso”. No resultó ser así, y no tardó en volver a atacar. De nuevo abría las puertas, tocaba en ellas y apagaba y encendía luces. Yo seguía sin darme cuenta de nada, pero, no sé por qué, la pagaron conmigo. De repente entraron en mi habitación tres personas y se me echaron encima a darme una paliza, sin comerlo ni beberlo, vamos.
Total que ya era bastante tarde cuando pudimos relajarnos y dormir a gusto el resto de la noche.

DOMINGO 8
A la misma hora del día anterior comenzó Antonio a tocar diana. Con trabajo fuimos levantándonos y desayunando. La niebla lo cubría todo y además era húmeda. Sin perder tiempo fuimos recogiéndolo todo a los coches y limpiando un poco la cocina.
Poco después de las 10:00 horas dejamos la casa para dirigirnos hacia Santander. El plan para este día era regresar a León visitando varios lugares intermedios de la costa y el valle del río Nansa. La primera parada fue en la misma capital. Allí aparcamos cerca de la península donde se sitúa el palacio de La Magdalena. En la misma vimos el pequeño zoo en el que tienen focas, leones marinos y pingüinos. Muy cerca están las réplicas de las carabelas de Colón y otra barcaza indígena donde sacamos algunas fotos. Siguiendo la península llegamos a su cumbre donde se emplaza dicho palacio de La Magdalena, antigua residencia real. Desde la misma hay una bella vista sobre la bahía, ahora deslucida por la niebla.
Así dimos una vuelta completa al pequeño istmo y salimos para coger los coches. Con ellos atravesamos Santander siguiendo la línea de las playas hasta llegar a otro saliente de la parte contraria conocido como Faro Cabo Mayor. En él se ubica dicho faro y un pequeño edificio del que regularmente salía un sonido, a modo de sirena, que sirve como referencia de distancias a los barcos de la zona. Nunca había oído yo eso en ninguna otra costa.
A continuación nos dirigimos hacia otro lugar cercano donde vivimos, al menos por mi parte, una experiencia realmente conmovedora. En La Maruca vimos “en vivo” los efectos del hundimiento hace ya meses del petrolero “Prestige”. Numeroso personal se afanaba en la limpieza del chapapote en las rocas ennegrecidas por el mismo. Para ello utilizaban hielo seco que expulsaban a presión sobre las rocas por medio de máquinas compresoras. Verdaderamente es imposible de explicar lo que se sentía al ver aquel desastre con los propios ojos en vez de imágenes en la tele. Todo el mundo tenía que vivir, aunque fuese solo la experiencia de verlo, para saber la magnitud de la catástrofe ocurrida. Claro, allí solo vimos una mísera parte de lo que ha pasado en todo el litoral cantábrico y atlántico. Repito, la rabia y la pena se acumulaban en aquellos momentos dentro de nosotros.
Tras esta espantosa vista nos acercamos hasta un bar cercano a tomar unos vasos y probar una ración de rabas de calamar que realmente estaban deliciosas. Como el día seguía sin acompañar, decidimos no seguir más por la costa e irnos metiendo ya al interior. De esa forma nos encaminamos por la autovía hacia Torrelavega y continuamos después hasta Carrejo, donde paramos a visitar el Museo de la Naturaleza. En él vimos numerosos animales disecados, clases de árboles, escuchamos sonidos de diferentes aves y situamos en un mapa de luces varios lugares destacados de Cantabria. Yo aproveché y compré una guía de rutas que no me pareció cara. Trae 35 itinerarios y costó solo 2 €.
Sin más continuamos el viaje por el valle del río Saja hasta llegar a Sopeña, pueblo donde pasamos una vez la noche cuando hicimos la ruta de los Puertos de Sejos. Aquí teníamos previsto comer en el mesón “El Tentirujo” y así lo hicimos. Una de las especialidades del mismo, y la cual pedimos, es la carne de venado. Realmente resultó bien la comida en aquel lugar.
Otra vez en marcha, y con la niebla todavía como acompañante, nos desviamos de esa carretera para pasar a la cuenca del río Nansa. Yo tenía pesado el estómago y me eché en el asiento trasero donde di una cabezadita hasta llegar a la altura de la presa de este río. Impresionaba la misma con su elevación desde el fondo del valle. Además era totalmente vertical, lo que daba aún más vértigo. Yo quise sacar una foto, pero la niebla seguía estropeando el paisaje y no merecía la pena.
Continuamos de nuevo ya subiendo el puerto de Piedrasluengas hasta llegar a Puente Pumar, en el valle de Polaciones. Aquí nos detuvimos para entrar en una casa rural donde Antonio y algunos más van a pasar el fin de semana del 21, cuando vayan a un festival de música tradicional que se celebra cerca de allí y al que ya ha ido en otras ocasiones. En la misma vimos unas exposiciones de pintura y pirograbados al igual que objetos de artesanía rural de la zona. Aprovechamos para tomarnos un cafetín antes de emprender el viaje otra vez.
El último tramo del puerto se encontraba en obras y subimos tranquilamente hasta detenernos en un mirador. Desde él, según Antonio, se tenía una vista espectacular de los Picos de Europa y el valle de Potes. Ahora la niebla impedía toda esa vista, lo que daba realmente rabia. Aquí nos pasó un ciclista, que bien podía ser inglés por el aspecto, al que ya habíamos adelantado antes. Continuamos el ascenso dejando de nuevo detrás al susodicho individuo y volvimos a parar en otro mirador más arriba. El paisaje, aunque algo más abierto, era prácticamente el mismo. Otra vez nos adelantó este individuo que iba a buena marcha efectivamente.
Sin más, y como no merecían la pena más paradas, proseguimos el ascenso hacia la cima del puerto, dejando otra vez detrás al ya casi compañero de viaje. No tardamos en alcanzar la máxima cota donde se encuentra el límite de Cantabria y Palencia. Desde allí se comienza el descenso durante el cual comenzamos a ver el sol por primera vez en el día.
Por esa carretera llegamos poco después a San Salvador de Cantamuda, en el cual se encuentra una bonita iglesia en la que entramos. Aunque pequeña, tenía detalles bellos en el interior. Una señora a su cargo nos refirió algunos datos sobre la misma. Destacaba el altar de piedra con 7 columnas diferentes entre sí, o un cristo de rostro muy particular. Igualmente la fachada era curiosa por su especie de torreón redondo adyacente por el que se subía al campanario y su espada con cuatro campanas.
Eran ya las 19:30 horas cuando reemprendimos el viaje hacia León. La sorpresa no tardó en llegar al poco de salir a la carretera y ver de nuevo a nuestro amigo el ciclista delante de nosotros. A Antonio casi le da un ataque de risa. Ya le saludábamos como a un amigo más.
Tras bordear el embalse de Requejada, con los picos Espigüete y Curavacas al fondo, llegamos a Cervera de Pisuerga. Por él pasamos desviándonos poco después hacia Guardo. En esta carretera se encuentra el pueblo de Pisón de Castrejón, en el que también hay una bonita ermita cercana a la carretera donde volvimos a detenernos. Estaba cerrada y a su lado sacamos unas fotos con el sol luciendo espléndidamente. En un asiento de piedra unido a la fachada estuvimos sentados un rato antes de continuar de nuevo rodando hacia el final, no deseado, de aquella aventura vivida.
Poco más adelante atravesamos Guardo tras el cual se sube un pequeño puerto. En el mismo volvimos a parar para sacar una foto del Espigüete con el pueblo en primer plano. Aprovechamos para terminarnos una caja de sobaos que habíamos abierto por la mañana.
Y otra vez seguimos con este retorno tan aprovechado en el que aún nos quedaba la última parada antes de llegar a casa. Esta la decidimos hacer ya en nuestra provincia, concretamente en Almanza. Aquí llegamos sobre las 21:30 horas y nos acomodamos en la terraza de un bar para tomar algo y realizar las cuentas del gasto de combustible de los coches. Un buen rato de risa pasamos cuando nos acordamos del ciclista y de la cara que se nos quedaría si le viésemos aparecer por allí en ese momento. Antonio estaba dispuesto a pagarle una buena cena si conseguía esa hazaña.
Como ya no íbamos a parar más, nos despedimos los de un coche de los del otro. Sinceramente, y como ya hice referencia anteriormente, la convivencia de estos días hacía de este momento un tanto especial, por lo que la despedida, aunque no se notase mucho, creo que fue emotiva por parte de todos.
Sin más nos pusimos en marcha para realizar el último tramo hacia León. Por la comarcal salimos a la nacional en Sahechores de Rueda y desde éste, sin novedades, alcanzamos Mansilla de las Mulas poco después. En ella giramos con dirección a la capital donde llegamos minutos antes de las once de la noche. Tras dejar a Antonio en casa nos dirigimos a Armunia donde terminaba mi trayecto. A Miguel aún le quedaban unos kilómetros hasta Valdevimbre.
Y así terminó este señalado fin de semana. Muy difícil me ha resultado, y solo a medias lo he conseguido, el plasmar, no tanto los hechos acaecidos, si no las emociones experimentadas personalmente y más difícil aún las del resto de los compañeros y compañeras.
A su término solo queda un deseo: poder practicar muchas más experiencias de este tipo en fechas no lejanas.