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lunes, 21 de marzo de 2011

VALLE DE LAS BATUECAS - (La Alberca - Salamanca) 19/20-03-11

 


2ª TRAVESÍA POR “LAS BATUECAS”. (Salamanca).
19/20-03-11

Para inaugurar las acampadas de este año hemos programado una bonita travesía por el valle de Las Batuecas, en Salamanca, lugar que hace 8 años ya recorrí quedando un buen sabor de boca de la experiencia. Con una previsión de buen tiempo, que por fortuna se cumplió, cinco fuimos los animados a participar en esta ocasión: Nati, Gabriela, Esteban, Álvaro y yo, acomodándonos todos en mi furgoneta con todo el equipaje, que no era poco.

SÁBADO 19
Pasadas las cinco de la tarde llegaron Álvaro, Gabriela y Nati a mi casa donde fuimos colocando las mochilas en el maletero casi haciendo un tetris. Tras meter el coche de Álvaro en mi plaza salimos en busca del último componente de la expedición, Esteban, al que recogimos en San Miguel del Camino. A las 17:50 horas emprendimos el viaje de 300 kilómetros hasta La Alberca. Enseguida entramos en la autovía de Benavente por la que circulamos dejando esta localidad atrás con dirección a Tordesillas. Allí la abandonamos para entrar en otra hacia Salamanca circulando a 110 km/h, nuevo límite de velocidad absurdo para estas vías.
En Salamanca entramos por una travesía y rectificamos para evitar el paso por el centro de la ciudad. Bordeamos la misma y a partir de allí ya recorrimos el resto del viaje por carreteras secundarias entre monte y ya de noche. Los coches nos daban las luces ya que les deslumbrábamos por ir muy cargados, y eso que las regulé al mínimo.
A las 21:20 horas llegábamos al camping “La Al-Bereka”, a unos 4 Km. antes de La Alberca, y tras 336 Km. recorridos. Enseguida entramos al mismo siendo los primeros campistas de esta temporada, según nos dijeron los dueños, con quienes ya había hablado por teléfono anteriormente. En este mismo camping estuvimos en aquella ocasión también.
Entramos y nos pusimos a montar las tiendas en una de las parcelas. Al terminar nos acercamos al porche de recepción para cenar cómodamente en una de las mesas. Nati había hecho una buena tortilla para todos y la degustamos con agrado. Algunos, ya que otros, y no digo nombres, no la comieron por tener mucha cebolla. Detalles sin importancia pero más nos tocó, je je.
Mas tarde decidimos acercarnos a ver el pueblo. En la furgoneta recorrimos esos 4 Km. hasta el mismo y por sus calles paseamos disfrutando de la bella y singular arquitectura de sus casas. Vimos un monumento al cerdo, (de cuatro patas se entiende), así como la bonita plaza del ayuntamiento.
De regreso al camping nos fuimos acostando ya cerca de la una de la madrugada. Se notaba fresco y durante la noche pasé un poco de frío. Por cierto y como curiosidad, esta noche teníamos la luna llena mas cercana a la tierra que se puede ver cada 18 años.
Me tuve que levantar a las seis al “wc” y luego ya apenas dormí.

DOMINGO 20
A las 7:45 horas puse el reloj a tocar y poco a poco nos fuimos levantando. El sol comenzaba a salir y ya iluminaba la Peña de Francia visible desde allí. Desayunamos y desmontamos las tiendas metiéndolo todo a la furgoneta. En el bar nos tomamos un café caliente para entonarnos y abonamos la estancia, 35,20 €. A las 9:30 horas emprendimos el trayecto hacia Las Batuecas, a 19 Km. de allí. Dejamos atrás el pueblo y llegamos al alto del puerto El Portillo o Las Batuecas con 1250 metros de altitud. La bajada del mismo es una sucesión de curvas a cual más cerrada. Paramos en lo que parecía una fuente y no lo era, aunque luego sí encontramos una donde llenamos las cantimploras.
Ya en la parte baja se encuentra la carretera de acceso al Monasterio de Las Batuecas, cerrada por obras. Dejamos la furgoneta en un espacio libre al lado de la principal y nos preparamos para la ruta. Hasta allí hay 354 Km. desde León.
Nos sacamos una foto de grupo delante de un cartel con el mapa de la zona y a las 10:20 horas emprendimos la marcha. A unos 100 metros de allí se encuentra el monasterio, el cual yo creía abandonado, y no más lejos de ello. Cerca del mismo vimos un gran árbol cargado de flores amarillas y otros más de diferentes tonalidades. Con la fachada de fondo nos sacamos otra foto y sin más tomamos el sendero que parte de la misma puerta hacia la izquierda siguiendo la tapia del recinto. A pocos metros giramos siguiendo la pared y entrando en uno de los tramos curiosos de esta ruta. En él se camina sobre un enramado de gruesas raíces de las enredaderas que trepan por la tapia del monasterio. Al poco rato pasamos al lado de un enorme árbol centenario con un tronco de varios metros de altura. También vimos dentro del recinto varias edificaciones más, entre ellas otra iglesia en proceso de reparación. Bajo un gran ciprés nos sacamos una foto y seguimos avanzando un tramo más a la vera de la tapia del gran recinto monacal.
Pasamos luego un puente de piedra sobre un arroyo secundario y comenzamos a ver numerosos alcornoques a los que les habían extraído la corteza de la parte baja. En el río Batuecas había una especie de presa de donde salía un canal que antes habíamos visto paralelo al camino. De esa forma llegamos a una segunda tapia externa del recinto que atravesaba el camino con una abertura cuadrada por la que se pasaba. Supusimos que era el límite del terreno del monasterio.
El siguiente tramo transcurre a la vera del río y casi por su cauce. Desde allí vimos indicios de la recuperación que están haciendo de la ruta colocando escalones en una subida y estacas de madera para sujetar el firme del sendero rellenándolo con tierra pisada. Encontramos enseguida la antigua pira de carbón vegetal y pasamos entre dos enormes rocas que franqueaban el sendero.
Eran las 11:15 horas cuando llegamos al desvío del Canchal de las Cabras Pintadas, unas de las cuevas en las que aún pueden verse restos de pinturas rupestres. Por otra escalera de troncos de madera subimos durante unos cinco minutos teniendo una bella vista del valle. En una pared de roca protegida por una verja pueden distinguirse numerosas figuras rojas de la prehistoria. Un esquema ayuda a localizarlas e interpretarlas. En la parte contraria del valle pudimos ver un par de rebecos encaramados en las rocas. La vista desde allí era amplia y bonita. El sol ya calentaba lo suyo y se notaba que estábamos 300 kilómetros más al sur de nuestra tierra.
De nuevo descendimos al cruce de senderos y continuamos avanzando por el principal valle arriba muy pegados al río en el que vimos algunos tramos con enormes losas de piedra lisa sobre las que se deslizaba el agua. Unos metros más adelante se encuentra el desvío al Canchal del Zarzalón. Ascendimos por un sendero entre vegetación que nos amortiguaba el calor del sol y en cinco minutos alcanzamos esta segunda cavidad prehistórica. También aquí pueden verse varias pintadas rojas con figuras de animales o humanas. Una verja similar protege las mismas de los vándalos que ya han dejado sus huellas en estos valiosos lugares.
Ahora no hace falta retroceder, otro sendero pegado a la pared rocosa continua valle arriba con caídas a plomo en varios lugares. Frente a nosotros, en la parte contraria del valle, puede verse la cavidad de la Cueva del Cristo, a la cual según la descripción, es algo más complicado acceder. En otra cavidad que encontramos nosotros nos hicimos unas fotos a modo de “santos” en la hornacina.
De las mismas paredes rocosas salían árboles bajo los cuales pasaba el sendero. En otro rincón el agua se deslizaba por la peña entre musgo. Tras recorrer un tramo más o menos llano, comenzamos a descender hacia el río. Pasamos un pedrero moteado de árboles de troncos retorcidos y así llegamos al río cuando eran las 13:05 horas. Aquí fue donde cometimos el error que nos retrasó una hora. Sigo repitiendo, no hay las señales donde más falta hacen.
Vimos cómo el sendero subía por la parte contraria en una pronunciada pendiente en zigzag. Le seguimos hasta alcanzar una considerable altura sobre el valle y allí fue donde surgió la duda. Echando una ojeada al mapa nos parecía que el ramal era el de la derecha y no aquel. Con las mismas retrocedimos perdiendo la altura de nuevo hacia el arroyo. Por el otro lado salía un sendero por el que Álvaro marchó a investigar por su cuenta. Pues bien, luego, viendo mejor el mapa, resolvimos que sí íbamos bien por el primer desvío. Salimos detrás de Álvaro y le voceamos sin respuesta alguna. Gabriela siguió sus pasos y ya le pilló muy adelante. La verdad es que me mosqueó un poco porque se separase tanto sin antes ver las posibilidades, pero no pasó de ahí la cosa.
Una hora después estábamos en el mismo cruce con el río y retomamos la fuerte subida ya por segunda vez. Esta vez Nati abandonaba. Nos precedían ahora un grupo de cinco chicas, una de las cuales era de Villablino. Alcanzamos la parte alta y llaneamos por el sendero varios metros sobre el río hasta irnos poniendo a su altura. Al ver una cascada en el mismo les dije que era El Chorro, lo cual les decepcionó un poco. Les dije que podíamos tirar un poco más arriba a ver que se veía. Solo la joven de León se animó a seguir con nosotros. Unos metros más adelante vislumbramos por fin la cascada entre la vegetación. A las 14:35 horas llegamos a este idílico lugar.
Mereció la pena el esfuerzo. La cantidad de agua que caía era mucho mayor que la que encontramos hace ocho años en julio. El chorro es estrecho pero emplazado en un rincón precioso con roca de un tono rojizo. Cae en una poza cristalina en la que en verano daría gusto meterse. Yo me acerqué por las rocas a un lateral del mismo para sacar unas fotos y el agua que salpicaba llegaba a mojar. Tenía que tapar la cámara con la gorra.
Nos sacamos varias fotos allí y veinte minutos después emprendimos el regreso. El calor se hacía notar y no sobraba la crema protectora ni la visera. La vista del valle seguía siendo espectacular con el contraste de roca y vegetación. En una de las formaciones vimos a groso modo una cara de perfil modelada con las sombras. Descendimos suavemente hasta llegar al tramo pendiente final. A las 15:15 horas nos reuníamos con Nati en el paso del río.
Retomamos el regreso siguiendo el sendero marcado en busca de un lugar adecuado para comer. Fuimos cogiendo altura sobre el río bajo las rocosas paredes del cañón en las que se mezclaban los colores amarillos, verdes y rojizos. Por debajo de nosotros vimos un gran recinto de tapia baja de piedra y redondo cercano al Canchal del Zarzalón. Dejamos atrás éste y bajamos por el zigzag al río encontrando poco después un lugar donde comer. En las rocas del cauce nos acomodamos tranquilamente a la sombra. Eran las 15:50 horas.
Unos 40 minutos después retomamos la ruta por el sendero dejando atrás el desvío al Canchal de las Cabras Pintadas donde un gran pedregal subía ladera arriba. Poco a poco fuimos girando con el valle metiéndonos entre vegetación más espesa. Encontramos de nuevo los alcornoques con su tronco rasurado y dejamos atrás la carbonera. Entramos poco después en el recinto externo del monasterio y cruzamos el puente sobre el arroyo lateral que se unía allí mismo al Batuecas. Así nos situamos a la vera del recinto donde crecían numerosos cipreses, tanto dentro como fuera. Pasamos sobre las raíces y sin llegar esta vez a la puerta principal, salimos a la carretera saltando un arroyo. Los últimos 100 metros caminamos por ésta hasta terminar la ruta a las 17:10 horas.
Nos cambiamos allí mismo y sin más emprendimos el regreso hacia La Alberca. Subimos el puerto sin problemas y en lo alto paramos un segundo a hacer unas fotos. A las 17:50 horas llegamos al pueblo aparcando por debajo del mismo. Subimos por un camino encajonado entre murallas de piedra y paseamos por sus calles viendo a la luz del día la magnífica arquitectura del lugar. Las fachadas de las casas tienen entramados de madera y piedra alternados formando un singular mosaico. Sus calles, todas empedradas, tienen como alcantarillas las mismas piedras ajustadas con huecos por los que se cuela el agua de la lluvia. Algunas de ellas son tan estrechas como para tocar los laterales con ambas manos. En una tienda típica de productos artesanos compré unas flores dulces. En su plaza había varios puestos ambulantes con productos del mismo estilo. En la terraza de un bar tomamos un refrigerio delante de la gran iglesia de la villa.
Sobre las 18:45 horas emprendimos de nuevo el viaje con intención de subir a la Peña de Francia, 1732 m. En la carretera se encuentra el desvío que a lo largo de 12 kilómetros de subida zigzagueante nos llevó a la cima. El último tramo está en obras y sin quitamiedos. Para colmo me daba el sol de frente teniendo que reducir la velocidad al mínimo. Pasadas las 19:00 horas llegamos a la cima de esta cumbre en la que hay un convento y un gran punto geodésico con una estación de telecomunicaciones.
Aparcamos la furgoneta y nos encaminamos hacia los edificios y el mirador. Estaba fresco y yo no había cogido cazadora. Estuvimos viendo desde el mirador toda la llanura hasta ver incluso Bejar y su sierra nevada. Ya no aguantaba más y bajé a por la cazadora. Pues bien, no encontraba la llave de la furgoneta, que además la había dejado abierta. Al final apareció en el fondo de un bolso. Lugo la cazadora estaba en la mochila abajo del todo, por lo que cogí la de Álvaro que la tenía a mano. Ya no aguantaba más el frío. Para colmo, cuando me uno a ellos y voy a sacar fotos me falla la cámara. No se mantenía encendida tras apretar el botón y tenía que tenerlo pulsado para sacar fotos. Vamos, un rato de esos extraños que ya no sabes que ocurre. Sí disfrutamos de una bonita puesta de sol desde allí mismo a las 19:35 horas. Hasta allí llevábamos recorridos 392 Km.
Al poco de comenzar el descenso, a las 19:45 horas, vimos un rebaño de cabras al que fotografiamos. Bajamos los 12 Km. enlazando con la carretera general en otro punto más a nuestro favor. Sin novedades fuimos restando los kilómetros hacia Salamanca habiendo decidido venir esta vez por Zamora. Nos había dicho la chica de Villablino que había autovía y que solo el tramo entre Zamora y Benavente no lo tenía, pero que merecía la pena.
A las 21:00 horas dejábamos atrás Salamanca y media hora después Zamora. En un pueblo entre éste y Benavente paramos a tomar un café y hacer las cuentas de gastos. 25 minutos después retomamos el viaje y ya en Benavente, a las 22:45 horas, enlazamos con la autovía a León. Por la misma recorrimos los últimos 70 kilómetros dirigiéndonos a San Miguel del Camino para dejar a Esteban en su casa sobre las 23:30 horas. A las 23:50 horas llegábamos a Armunia tras recorrer un total de 691 Km.
Sin duda un grato fin de semana aprovechado al máximo, dentro de la limitación que algunos tenemos trabajando los sábados. El tiempo no pudo ser más respetuoso y la ruta realmente bonita. Yo era el único que la había hecho y al resto no les decepcionó en absoluto. Lo único negativo a resaltar ahora es el gripazo que tengo por culpa del frío que pasé arriba en Peña Francia, y que hoy, tres días después me tiene “doblao”. Por lo demás, la cámara de momento vuelve a ir bien. Pudo ser también el contraste de temperaturas, no sé.





























lunes, 14 de julio de 2003

LAS BATUECAS (Salamanca) 12/13-07-03

 


1ª TRAVESÍA “VALLE DE LAS BATUECAS”. (Salamanca).

12/13-07-03

Siguiendo el programa para este mes, hemos realizado esta excursión por la bella zona salmantina de Las Batuecas. Esta salida fue propuesta por mí, y tras haberla estudiado, tenía ganas de hacerla al considerar, como luego resultó, que merecía la pena por su atractivo.
 De nuevo, como ya es habitual en esta época estival, la participación del grupo es mínima y en esta ocasión solo hemos ido cuatro socios, lo que no quitó para que resultase una experiencia inolvidable como a continuación relato. Dichos componentes éramos: Sonia, Jorge, José F. y yo.
 
SÁBADO 12
Sobre las 17:30 horas llegaron los otros tres participantes junto con la hermana de Jorge, que nos acompañaría hasta Zamora. En el coche de éste nos acomodamos los cinco y todo el equipo, que no era poco, y emprendimos el viaje de unos 300 kilómetros hasta el destino.
Por la carretera de Zamora avanzamos hasta llegar a Benavente donde entramos en la autovía durante un pequeño trecho. No tardamos en abandonarla y entramos de nuevo en la nacional hacia Zamora. El sol calentaba lo suyo y dentro del coche se notaba aún más.
Poco antes de las 18:00 horas llegamos a esta capital en la que entramos para dejar a la hermana de Jorge. De nuevo en marcha nos dirigimos hacia Salamanca, ciudad que bordeamos por la derecha para salir hacia Tamames. No tardando se encuentra Aldeatejada donde paramos a tomar un refresco en un bar y a estirar las piernas un poco. Continuamos sin más por dicha carretera hasta Vecinos donde cambiamos a otra con dirección a Tamames. Desde él pasamos a El Cabaco tras el cual nos fuimos acercando a la Sierra de Francia. No tardamos en divisar la cumbre de Peña Francia hacia la cual decidimos subir por una carretera que asciende pronunciadamente bordeando la ladera de la misma.
Poco después de las nueve llegamos a esta cumbre de 1710 metros en la cual se sitúa un complejo de varios edificios cuyo centro es el santuario de la Peña de Francia. En la explanada de la cima se enclavan también una hospedería, varias capillas y ermitas y un centro de emisión audiovisual.
Desde un mirador se pueden contemplar todos los valles circundantes y pueblos como La Alberca, centro turístico del lugar. Aquí había un guarda con el que estuvimos charlando y nos desilusionó un poco al decirnos que en esta época no caía nada de agua en la cascada del valle de Las Batuecas, donde iríamos al día siguiente para hacer la ruta.
Unos 40 minutos estuvimos allí arriba antes de emprender el descenso. A mitad de camino paramos para sacar una foto de la cumbre. Me mosqueó un poco sacarla ahora ya que no le daba el sol ya y a la subida tenía un colorido bonito. Algo más abajo volvimos a detenernos en una fuente a beber y llenar las cantimploras.
Camino de La Alberca paramos en un camping y preguntamos si tenían bungaloes, pero estaban todos ocupados. Más adelante entramos en otro, La Al-Bereka, y aquí si tenían, pero nos parecieron caros. Como llevábamos la tienda, y estaba el tiempo bueno, decidimos quedarnos. Eran ya las diez de la noche.
Montamos la tienda y nos acomodamos para cenar a su lado. Como a las 00:00 horas cierran la entrada para coches, no nos daba tiempo a acercarnos hasta el pueblo situado a unos cinco kilómetros. Entramos en el bar a tomar algo y yo llamé a casa. Juli me dijo que había algo de tormenta. En el bar vimos unos bonitos gatitos muy escurridizos.
Sobre las 00:30 horas nos fuimos metiendo en la tienda para dormir. Al acostarse Jorge notó un bulto debajo del suelo de la tienda. Resultó ser un clavo de sujeción de plástico que se habían dejado allí y que me costó sacar al estar muy clavado. Tuve que arrastrarme bajo la tienda con el cuello forzado y moverlo junto con Jorge para que saliese por fin. Así pudimos acomodarnos para dormir mientras fuera se saltaban las normas de silencio a la torera. Hasta bastante tarde oímos al personal de charla y ya casi de mañana un perro ladrando. A eso añado que yo no acomodaba por culpa de la almohada y el calor que hacía y tenemos la noche completa.
 
  DOMINGO 13
A las 8:00 horas tocó el reloj como habíamos acordado. Nos fimos aseando y desmontamos la tienda. Luego nos sentamos a desayunar tranquilamente y lo recogimos todo para emprender la marcha. Tras pagar la estancia del camping, salimos hacia La Alberca.
En éste paramos a llenar las cantimploras de agua en una fuente y continuamos el viaje hasta el alto de El Portillo desde el cual se desciende bruscamente hacia otro valle. La carretera serpentea abundantemente hasta llegar casi al fondo del mismo donde se encuentra el desvío hacia el monasterio de Las Batuecas situado al comienzo del valle del mismo nombre. Desde La Alberca hay unos 20 kilómetros hasta aquí. La carretera general entra en Cáceres pocos kilómetros después.
Cerca del monasterio aparcamos el coche teniendo en cuenta que le diese la sombra lo más posible. No se veía entonces a nadie por allí. Con las mochilas al hombro emprendimos la marcha a las diez de la mañana.
La ruta parte hacia la izquierda desde la misma puerta del monasterio, lugar aún habitado por la orden de los Benedictinos que no se puede visitar. Allí mismo encontramos un indicador hacia las primeras pinturas rupestres que se encuentran en el valle, las de “Cabras Pintas”. El sendero transcurre por la orilla del muro del convento con el río Batuecas del otro lado. Aquí haré un pequeño inciso sobre la ruta en sí y lo que en ella se puede ver.
El valle de Las Batuecas es un entorno protegido en el que se pueden contemplar bellos contrastes de roca, bosque y río. Al final del mismo se encuentra la bonita cascada conocida como El Chorro, que en épocas de lluvia cae con fuerza desde unos 10 metros y de la cual nos había comentado el guarda el día antes que estaba seca. A su vez, abundan en él numerosos restos de pinturas rupestres situadas en cavidades de dichas rocas y con accesos más o menos fáciles. Igualmente hay que saber que no todas las pinturas se distinguen fácilmente a simple vista y que incluso algunas están cerradas con verjas para evitar el deterioro de los que no tienen miramientos por las mismas. Nosotros íbamos con intención de ver todo lo que pudiéramos, pero sobre todo de disfrutar de bello rincón del que tan buenas referencias teníamos.       
A lo largo de este primer trecho junto al recinto pudimos contemplar, tanto dentro como fuera, hermosos ejemplares de cipreses de enorme altura. Iluminados por la luz matinal, estaban a punto para comenzar a disparar fotos y grabar con la videocámara que había llevado. No solo cipreses destacaban en el entorno, también se podían ver numerosos castaños, abedules y cuantiosos alcornoques a los que se les había quitado la corteza de la que sale el corcho.
Poco a poco fuimos ascendiendo siguiendo siempre el curso del río en el que pudimos ver cristalinas pozas de agua donde ya estábamos pensando en meternos a la vuelta. Por el camino había varias estacas con unas marcas verdes y blancas que indicaban la ruta correcta. Tras atravesar un pequeño arroyo que desembocaba en el principal, nos encontramos algo más arriba con una pequeña presa en el río cerca de la cual caían dos pequeñas pero bonitas cascadas. La vegetación abundante de esta parte baja del valle ayudaba a reducir el calor del ya espléndido sol que lucía. No tardando vimos el otro muro más exterior por el que salimos completamente del recinto eclesial.  
Continuábamos sendero arriba disfrutando del bello entorno cuando vimos una indicación que ponía “Carbonera Antigua” y unos escalones de troncos que subían unos metros. Por ellos llegamos al lugar donde vimos un horno de tierra en el que antiguamente se quemaba la madera para hacer el carbón vegetal. Era un cono cubierto de tierra con troncos debajo y dos aberturas, una para alimentarlo y otra de tiro. Supongo que lo tienen reconstruido, ya que las inclemencias del tiempo no permiten que se conserve largos periodos.
Retomamos el sendero de nuevo metiéndonos entre un bonito helechal tras el cual nos encontramos con un gran pedregal que caía por la ladera de nuestra derecha. Atravesamos dicho canchal  y poco después vimos otra indicación que señalaba un sendero que subía hacia “Cabras Pintas”, donde están las primeras pinturas rupestres. Decidimos no subir hasta estas y hacerlo a las siguientes, La Cueva del Cristo, desde donde se podía ver además, según el folleto, una amplia vista del valle. Siguiendo las indicaciones de dicho librillo, nos pusimos a localizar las rocas donde se situaba dicha cavidad. En el río vimos un bello rincón con enormes piedras lisas por las que se deslizaba el agua y allí paramos unos minutos. 
Retomando la marcha encontramos un indicador que ponía “Umbría de la Cueva del Cristo”, que no era lo mismo que “ La Cueva del Cristo”. A la primera era más difícil de llegar, según nos indicaba el folleto, mientras que a la primera se accedía tras ascender unos cuentos metros por un sendero bien marcado. En lo alto de unos peñascos vimos una cueva que supusimos se trataba de dicho lugar por las descripciones hechas. Tras atravesar el río nos encontramos con una bifurcación en el sendero tomando el de la derecha. Este comenzó a bordear el gran peñasco por la parte media y nos encontramos de pronto con que no tenía salida. Retrocedimos de nuevo y cogimos el otro viendo un pequeño hito de piedras que nos dio confianza.
Este sendero subía ladera arriba serpenteando, como ponía las hojas, y así fuimos ganando altura parando de vez en cuando a la sombra de los árboles. Yo me adelanté ya bastante arriba y me metí por el sendero que estaba ahora marcado por la misma roca. Así llegué a una especie de plataforma desde la cual había una amplia vista del valle viéndose incluso el muro del convento ya bastante atrás. De lo que no había ni rastro era de las pinturas. Hacia arriba se elevaba un enorme paredón liso por encima del cual me di cuenta que estaba la cavidad que habíamos visto desde abajo.
Retrocedí unos metros mientras el resto se había sentado ya algo por debajo sin intención de continuar. Ascendí entonces por la roca hasta pasar a la parte contraria, la norte, y vi que había que trepar unos metros. Me quité la mochila y dejé la videocámara y subí por las rocas un poco hasta que ya vi que no tenía salida alguna. Con las mismas descendí hasta donde estaba el resto con la desilusión de no haber encontrado el acceso al lugar.
Lo que realmente me da rabia, ya que no pasa solo en ese paraje si no en la inmensa mayoría, es que, tras señalarte la dirección de un determinado lugar, no te ponen ni una indicación más en todo el camino hacia ellos. Muestra de ello la tuvimos recientemente en la Cueva del Cobre, sin ir más lejos.
Ya todos junto emprendimos el descenso por el mismo lugar hasta alcanzar el cauce del río de nuevo. Eran las 12:05 horas y habíamos tardado algo más de una en subir y bajar.
Como vimos que se podía seguir por el mismo lecho del río, fuimos avanzando por éste saltando de piedra en piedra. En una rama de un arbusto vimos una bonita libélula azul que estuve grabando y fotografié. Algo más arriba encontramos algo no tan agradable. En medio del río había un jabalí muerto recientemente, ya que no estaba aún nada descompuesto.
Ya habíamos caminado un buen trecho y ellos iban perdiendo las ganas de llegar a la cascada. Yo les animaba ya que aún era pronto. De pronto vimos a un par de chicos en el sendero por encima del río. Venían de la dirección de la misma y les preguntamos que trecho quedaba. Nos indicaron que a una media hora siguiendo dicho sendero. Esto nos animó un poco y salimos del lecho hacia esta senda. Eran entonces las 12:50 horas.    
No tardando cruzamos el arroyo de La Palla y el sendero se empinó. Habíamos cambiado de dirección girando el valle hacia la izquierda. Subimos un buen trecho antes de comenzar a bajar suavemente hacia el río de nuevo. En la parte contraria de éste veíamos grandes moles de piedra conocidas como Las Torres. Así llegamos a la confluencia de otros dos valles, el de la derecha, por el que bajaba el río Batuecas, y el de la izquierda por el que había que continuar hacia el Chorro. Justo por encima de esta confluencia veíamos una excavación que supusimos podía tratarse de La Majada de Las Torres, otro lugar con pinturas.
Tras atravesar el Batuecas emprendimos otra fuerte ascensión hacia dicho lugar. El sendero serpenteante era de tierra muy resbaladiza y a mitad de trecho hicimos una parada. La vista sobre el valle era de nuevo espectacular al llegar a la parte alta. Yo me acerqué hasta el lugar donde habíamos visto aquella excavación encontrándome con una especie de muros medio derruidos sin rastro alguno de pinturas. Ya en casa, leyendo bien el folleto, he visto que están situadas en la parte contraria a la que nos encontrábamos.
Sobre las 13:35 horas retomamos el sendero y nos metimos en el valle de la izquierda a media ladera. En algunos tramos había una buena caída a plomo sobre el cauce. La subida era suave, pero el calor apretaba al ser menos abundante la vegetación. Íbamos ya algo desalentados porque seguíamos sin encontrar la dichosa cascada. Al fin Sonia y José se rindieron y optaron por abandonar. Según al mapa no tenía que quedar mucho trecho, por lo que yo seguía decidido a continuar.
Seguido por Jorge continué subiendo ya muy cansado hasta que por fin, unos quince minutos después de dejarles, encontramos el idílico lugar. Eran las 14:00 horas. En el mismo se cerraba el valle completamente por una pared de la que se desplomaba una catarata desde unos 10 metros con no mucha agua, pero formando un bello efecto de gotas. En su base pudimos ver también una poza de agua cristalina donde daban ganas de meterse. Jorge se quitó las botas y metió los pies en el agua. Nos arrimamos por la parte trasera del chorro y prácticamente nos mojamos enteros bajo el mismo.
Tras sacar unas fotos y grabar con la cámara, emprendimos el regreso unos 15 minutos después. El sol seguía calentando bien, pero ahora íbamos bajando. En otro cuarto de hora llegamos donde estaban José y Sonia, los cuales habían bajado hasta el río y se habían acomodado a la sombra de un árbol. Allí nos sentamos también nosotros y nos dispusimos a comer con los pies en la corriente. Allí mismo había una poza que intentamos ampliar taponando con piedras la salida del agua consiguiendo que subiese un poco el nivel. Una pareja pasó por allí hacia la cascada preguntándonos cuanto quedaba.
Sobre las 15:30 horas comenzamos a descender de vuelta. No tardando llegamos a la confluencia de los dos valles donde se acentuaba la pendiente. Yo me rezagué unos metros grabando y sacando fotos. Ya cerca del arroyo, y cuando iba grabando y a la vez caminando, resbalé en la tierra y por salvar la videocámara del golpe, me lo di yo bien fuerte en la rodilla y en el codo. El segundo no era mucho, pero la rodilla llevó la peor parte y no tardó en hincharse y dolerme, lo que me hizo cojear el resto del camino.
Tras atravesar el río Batuecas nos encaminamos hacia la segunda confluencia de valles. Algunos tramos que antes habíamos bajado, ahora había que subirles, lo que ya costaba un poco más. Así llegamos a esta siguiente unión donde cruzamos el arroyo de La Palla nuevamente. No tardando alcanzamos el lugar donde nos habíamos incorporado por la mañana al sendero desde el río. Esta vez no lo abandonamos y comenzamos a ganar altura suavemente por la mitad de la ladera dejando el río a nuestra derecha. De nuevo encontramos fuertes desniveles a plomo sobre éste con enormes paredes en la parte izquierda.
Para sorpresa nuestra, y sin esperarlo, nos encontramos de pronto delante de la cavidad de Zarzalón. Esta se encuentra justo a la misma altura que la Cueva del Cristo, situada en la parte contraria del cauce, y en ella pudimos ver, casi intuir, alguna pintura rupestre. Las mismas están protegidas, como ya comenté, por unas verjas de hierro, y de no ser por un pequeño croquis que hay, es imposible localizarlas. Unos metros más adelante se bifurca el sendero, cogiendo nosotros el que bajaba al río. Así llegamos a la senda por la que habíamos caminado por la mañana y vimos el cartel que indicaba la dirección de las pinturas. Hay que tener en cuenta para posteriores ocasiones desviarse allí para coger bien el sendero que llega a la cascada sin pérdida alguna.
Ya al lado del río fuimos avanzando pasando poco después por el pedrero y entre los helechos. En el río comenzamos a ver numeroso personal bañándose en las cristalinas aguas. Jorge iba comentando que si supieran que había un jabalí muerto en el medio del cauce más arriba, no estarían tan a la ligera en el agua. Lo bueno es que luego también él terminó por bañarse sin mayores preocupaciones.
Tranquilamente alcanzamos la muralla exterior del monasterio y pasamos por una entrada a la parte interior, entre los dos muros. Unos metros después llegamos a la pequeña presa del río donde decidimos parar a bañarnos. Eran entonces casi las cinco. Más personal se metía en el agua por encima de la misma, bajando nosotros a la parte inferior.
Yo pensaba que aún era pronto por el tema de la digestión, además el agua estaba bastante fría. Ellos no lo dudaron y se metieron sin pensárselo. Poco a poco me fui mojando hasta terminar por entrar del todo. Al igual que Jorge, me había quedado con las botas puestas para evitar las piedras del fondo. Donde caía la pequeña cascada de la presa había una poza de unos dos metros de fondo y unos cinco de diámetro. Pues bien, tanto me incitaron a que la pasase nadando, que me convencieron. Claro, las primeras brazadas bien, pero luego las botas me pesaban y no conseguía mantener los pies arriba, por lo que terminé por hundirme a poco de la orilla, donde además estaba Jorge, que en vez de ayudarme se reía el muy puñetero. Muy mal lo pasé, de verdad. Mientras José y Sonia, que lo estaba grabando, se tronchaban también de risa. Una media hora estuvimos allí antes de emprender la marcha del último tramo.
Enseguida nos pusimos a la orilla de la valla interior del monasterio siguiendo el sendero, que en este tramo estaba tapizado por enredadas raíces de los árboles adyacentes. De esa forma recorrimos el trecho final antes de terminar la marcha al lado del coche. Eran las 17:45 horas.  Sorpresa fue la nuestra al ver como no había un sitio libre donde aparcar más vehículos. Incluso estuvieron esperando a que marchásemos nosotros para aparcar. Numeroso personal merendaba en las praderas o se bañaba en el río.
Sin tardanza emprendimos el viaje subiendo el puerto hasta su máxima cota para luego bajar hacia La Alberca donde llegamos a las 18:20 horas. Aparcamos en las afueras, ya que muchas calles son peatonales y además había muchos visitantes por ellas. Este famoso pueblo está declarado Conjunto Histórico y por sus calles anduvimos un buen rato disfrutando de la bella y singular arquitectura de sus edificios. Destacaban en ellos las fachadas cruzadas con listones de madera y sus balconadas de idéntico material. En una tienda compré unas postales y en un supermercado unas manzanas Jorge y Sonia.
Poco más de media hora estuvimos por allí antes de emprender la vuelta a casa. Tanto desde el pueblo, como luego un buen trecho, tuvimos a la vista Peña Francia. Así pasamos por El Cabaco, Tamames y Vecinos, donde cambiamos de carretera para continuar hacia Salamanca en el que entramos a las 19:45 horas.
Tras atravesar éste, y en vez de salir hacia Zamora, habíamos decidido volver por Tordesillas y aprovechar las autovías hasta éste y luego hasta Benavente. Así lo hicimos avanzando a buena velocidad y sin novedades hasta llegar a la primera población. Sin entrar en ella cogimos otra autovía por la que continuamos igual de rápidos hacia Benavente. En el coche llevaba Jorge un CD de canciones infantiles de nuestra época. Sonia y yo le pedimos que lo pusiera, pero el muy........ no nos subía el volumen y apenas se escuchaban.
Ya en Benavente salimos de la vía rápida y entramos en la nacional. Tras entrar en nuestra provincia hicimos una parada para tomar algo y aprovechamos para arreglar cuentas del viaje. Desde allí mismo vimos una puesta de sol con éste de un bonito color rojizo.
Sin más dilaciones continuamos hacia León llegando a Armunia alrededor de las 22:30 horas. Aquí terminaba para mí este inolvidable fin de semana en el que conocimos otro bello entorno natural en el marco incomparable de la montaña.