lunes, 28 de mayo de 2012

XVI ENCUENTRO DE MONTAÑEROS LEONESES - "PEÑA CERREOS" (Torrebarrio) - 27-05-12

 


XVI ENCUENTRO DE MONTAÑEROS LEONESES.

MEMORIAL “FERNANDO ALGORRI”.

1ª ASCENSIÓN A “PEÑA CERREOS”. (Torrebarrio).

27-05-12                 (Domingo)

Como cada último domingo de mayo, si no hay cambios por alguna causa, hemos celebrado el Encuentro de Montañeros Leoneses. Ya son 16 años los que llevamos haciéndolo y esperamos que continúe muchos más y con al menos tan buen acierto como este año. En esta ocasión ha sido organizado por el Club Yordas, además de la Delegación Leonesa de Montañismo. Para ello han elegido la comarca de Babia y concretamente la localidad de Torrebarrio, punto de partida para cualquiera de las dos opciones de ascensión que había, Peña Ubiña o Peña Cerreos. De nuestro club Cumbres de León íbamos José Antonio, Juan, Álvaro y yo.
Comenzamos la jornada con una incidencia que nos retrasó casi una hora a los que íbamos en uno de los tres autocares que partían de León capital. Tras emprender el viaje a las 8:00 horas de Guzmán, no habíamos llegado a Azadinos cuando el vehículo se quedó sin cambio de marchas. Tras una espera de unos 45 minutos llegó otro autocar y a él nos cambiamos. No quedó ahí la cosa, ya que al nuevo le fallaba el cierre de la puerta trasera y hubo que hacerlo manualmente quedando poco ajustada al final. Por las rendijas se colaba algo de fresquillo que molestaba un tanto a los que se sentaban cerca de la misma.
Casi a las nueve de la mañana retomamos la marcha hacia La Magdalena donde cogimos la autopista para dejar atrás la mayor parte del pantano de Luna. En poco más de una hora llegamos a Torrebarrio, 1260 m, dónde aún estaban numerosos compañeros de la marcha por allí. Otros ya habían emprendido la misma al llegar antes. Además de los autocares de la capital, también había de la provincia dónde tienen la sede numerosos clubes de montaña.
A las 10:15 horas emprendimos la marcha Juan, Álvaro y yo atravesando el pueblo con dirección Este. Pronto quedó Juan detrás y avanzamos los dos hacia la iglesia, aunque de haber leído la descripción hubiésemos sabido que no hacía falta subir a ella. Desde ella vimos cómo el personal iba por una pista más al Norte a la que se podía acceder desde allí perdiendo unos metros. Estuvimos pensando en continuar por la cresta, que era el camino normal antes de hacer dicha pista, pero optamos por seguir al grupo principal y bajamos al encuentro de ella.
Con una bella vista del pueblo y la iglesia y algo después del barrio de Cubiechas, fuimos ganando altura con la mole de Peña Ubiña frente a nosotros. Serpenteamos por la ladera siguiendo su trazado y subiendo algunos tramos de fuerte pendiente. En el cielo solo algunas nubes rondaban, aunque la previsión para las próximas horas no era halagüeña.
Cuando la pista describe una curva cerrada a la izquierda, una señal de la ruta de Cuatro Valles nos marcaba el sendero hacia el collado El Ronzón. A él nos incorporamos para seguir subiendo entre los prados bajo las paredes y canales de Peña Ubiña. Atravesamos una zona de grandes piedras desprendidas de las mismas y subimos de nuevo algunos trazados de gran inclinación. Serpenteando por la ladera entre matorral bajo y cargado de flores amarillas vamos acortando la distancia al paso entre las dos Ubiñas. Frente a nosotros tenemos ahora la pequeña de ellas, programada para octubre en nuestro Encuentro Cumbres de León.
Poco a poco se va ampliando el paisaje con numerosas cumbres de la zona de Somiedo y el puerto de Ventana. No tardamos en ver el cordal por el que el domingo pasado habíamos andado nosotros con las cumbres del Corralines, Peña Correa, etc. Algunos pueblos como Riolago emergen en el valle que sube a Villablino. Además de Torrebarrio, en el que estábamos se ven Genestosa y Villargusán.
Atravesamos algunos pedreros ya con el collado del Rozón a la vista. Hacia él suben innumerables sendas que vamos cogiendo siguiendo la mejor opción y menos costosa. Antes de llegar puede verse un cerco de rocas redondo en medio de la pradería. Ya cerca del mismo vemos cómo se reúnen bastantes participantes en otro paso algo más elevado por encima del peñón de La Carba. Hacia él nos encaminamos atravesando el primero de los escasos neveros que ya quedan de la temporada invernal.
A las 12:15 horas llegábamos a esta cota de 1942 metros con amplias vistas hacia el Este. Una hilera de montañeros subía por el espolón sur de Peña Ubiña mientras otros descendían hacia el collado de Terreos para ascender a Peña Cerreos. Hasta el comienzo de la fiesta en Torrebarrio teníamos 5 horas escasas y a la cumbre de Ubiña nos restaban otros 500 metros. Tanto a Álvaro como a mí nos daba igual una opción que otra, y la Ubiña nos iba a quedar un poco ajustada. Por otro lado, él no había subido nunca a Peña Cerreos..... y yo tampoco. Pues bien, durante toda la marcha, y así quedaría reflejado en las grabaciones, estaba convencido de haberla subido una vez hace unos años. Resulta que, mirando luego los archivos en casa, he comprobado que realmente lo que había subido era Piedra Nidia, la cota situada en el mismo cordal pero más al Este. Total que decidimos irnos hacia ella y así lo hicimos tras tomar un tentempié en el collado.
Por un sendero de la cara Este de Ubiña comenzamos a descender hacia el collado aún lejano. Atravesamos un gran pedrero y un nevero antes de llegar a éste cuando eran las 12:45 horas. habíamos perdido 100 metros desde el Ronzón y nos restaban unos 220 metros para la cumbre. Paralelos a una alambrada que dividía las provincias leonesa y asturiana emprendimos la subida de esta loma del Cerreos con pendiente nada desdeñable. Por encima se veía una hilera de personas también subiendo y algunas que ya comenzaban el descenso y con los que luego nos cruzamos. Por allí alcanzamos a Irene y otra compañera suya. El sendero describía pequeños zigzag que aligeraban este desnivel. En las cresta alta de Ubiña se veía otra serpiente de montañeros que llegaban a la cumbre también visible.
A las 13:25 horas alcanzamos la cima de Peña Cerreos, cuya altitud es de 2101 m. En la misma encontramos aún bastantes compañeros de marcha acomodados y comiendo. Nos sacamos unas fotos en la cima y dejamos nuestra tarjeta en el buzón, del que recogimos dos, antes de ponernos también nosotros a comer. A la vista teníamos todo el macizo de Ubiña, desde la pequeña hasta Los Fontanes pasando por la Puerta de Arco, Castillines y el Siete. Más al Norte emergía el Fariñentu, Siegalava y Tapinón. Alguien mirando por unos prismáticos comentó que se veía incluso el puerto de Gijón y luego con el zoom de la cámara saqué lo que parece el dique. Girando más al Sueste teníamos el Cirbanal, Tres Marías etc, etc. Por el Noroeste se iban cerrando los nubarrones que daban testimonio del cambió anunciado.
Al final quedamos solos en la cima Álvaro y yo, aunque al poco llegó otro joven. A las 14:20 horas emprendimos el descenso siguiendo el mismo sendero. Aún nos encontramos con algunas personas subiendo antes de llegar al collado Terreos. Desde él, en vez de dirigirnos en línea recta al Ronzón, optamos por ganar altura allí mismo y luego llanear, mas o menos. Era una bonita postal la que formaban las verdes praderas cargadas de flores blancas y amarillas destacando en ellas.
Volvimos a atravesar el pedrero y neveros antes de coger el sendero hacia la collada. Antes nos encontramos de nuevo con Irene y la compañera y nos sentamos unos minutos en la hierba con ellas. A las 15:10 horas llegamos al Ronzón dónde estaba José Antonio así cómo Luis Antonio y Marisa. Nos detuvimos unos minutos allí antes de emprender el descenso hacia Torrebarrio. Siguiendo el sendero marcado entre los pedreros perdimos altura ya con las nubes tapando el sol, aunque ahora parecían menos amenazadoras.
Sin novedades llegamos a la pista por la que continuamos el descenso unos metros más. Decidimos entonces Álvaro y yo abandonarla para bajar por la ruta habitual siguiendo el alto de una loma con grandes formaciones rocosas que sorteamos destrepando a veces y haciéndolo más ameno. En la parte baja vimos un rebaño de ovejas con dos perros acostados en la hierba. Pasamos entre escobas floridas y dejamos atrás una zona con restos de muros de piedra. Entre dos grandes moles vimos el camino por el que bajaba la gente. Volvimos a ver a Irene y nos sacó una foto allí encaramados.
Ya cerca de la iglesia pasamos al lado de un colmenar de abejas con gran cantidad de estas. Sin molestarlas las dejamos atrás y enseguida llegamos a esta ermita cuando eran las 16:40 horas. En la fuente cercana nos refrescamos y bebimos antes de seguir bajando ahora por el camino cementado. A los pocos metros me di cuenta que había olvidado la gorra y tuve que subir a por ella.
Ya en la parte baja vimos de dónde partía la pista. Repito, si hubiésemos leído el folleto no habríamos subido por la mañana. En pocos minutos entramos en Torrebarrio cuando eran las 16:50 horas. Por sus calles lo cruzamos hasta la carretera subiendo por la misma con dirección al puerto. A las afueras estaban los autocares aparcados y a ellos llegamos a las 16:55 horas.
Nos cambiamos allí mismo y nos acercamos hasta un local cercano de la Junta Vecinal en el que ya sonaba música tradicional a cargo de un trío de jóvenes de la zona. La parte gastronómica consistía en bollo babiano y unas pastas, todo aderezado por vino, refrescos o mistela. Al son de la música algunos nos animamos a bailar y animar la fiesta. Por allí estaban también Arancha y Esteban, antiguos compañeros del club, y algunos conocidos más. Por parte de Buzzi se dijeron unas palabras y presentó a la candidata por León a la presidencia de la Federación Autonómica.
Ya pasadas las 19:00 horas nos fuimos acercando a los autocares que minutos más tarde se ponían de regreso a los diferentes lugares de destino. En la cima de Ubiña Grande se comenzaba a cerrar la niebla. Tras pasar bajo el puente colgante enlazamos con la autopista de nuevo y ya en La Magdalena abandonamos la misma para hacer el último tramo hasta León por la carretera. A las 20:30 horas llegábamos a Guzmán dónde terminábamos esta jornada destacada de montaña dentro del calendario anual.














lunes, 21 de mayo de 2012

CORRALINES - PEÑA CORREA - ALTO DE LAS LAGUNAS - CAMPO LAMOSO (Abelgas de Luna) - 20-05-12

 


1ª ASCENSIÓN A “LOS CORRALINES”, “PEÑA CORREA”,

“ALTO DE LAS LAGUNAS” Y “CAMPO LAMOSO”. (Abelgas).

20-05-12                    (Domingo)

Con tres meses y medio de retraso hemos vuelto a intentar la ascensión a Peña Correa, esta vez con éxito y ampliado con algunas cumbres más de la sierra en la que se emplaza. En esta ocasión decidimos emprender la subida desde Abelgas, en vez de Salce.
En Guzmán nos reunimos los cuatro participantes de esta salida: Álvaro, José A., Mª Jesús y yo, partiendo de allí a las 8:00 horas en mi furgoneta. En una hora llegamos a Abelgas, 1261 m, en el que aparcamos al lado de la ermita. Allí nos preparamos para la ruta mientras en el cielo se alternaban los claros y las nubes. Mochila a cuestas, emprendimos la marcha cuando eran las 9:20 horas por el valle de La Güeriza.
Enseguida entramos en un desfiladero dónde encontramos varias huertas al lado del arroyo y con unas tapias bajas de piedras que nos separaban de las mismas. Tras un tramo por el camino llegamos a un puente de piedra por el que atravesamos el riachuelo. A la salida del pequeño encajonamiento nos desviamos a la derecha abandonando la pista hacia un atajo algo más empinado y empedrado por el que subimos unos metros hasta salir de nuevo al camino tras evitar una curva.
Por este camino a media ladera del valle nos dirigimos hacia el Oeste mientras nos íbamos metiendo bajo la Peña Castillo. De continuo describíamos curvas siguiendo la orografía del terreno entre grandes escobas cargadas de flores amarillas. A medio valle cogimos una bifurcación un poco menos marcada que atravesaba el cauce para entrar en las praderías. En la parte alta veíamos una especie de edificio al que suponíamos se dirigía la pista principal. Nosotros llegamos poco después a la cabaña de La Vouga, 1400 m, otro refugio con un corral adyacente en la base del espolón Este de los Corralines. Eran las 10:40 horas.
Desde este punto comenzamos la verdadera ascensión encontrando cada vez mas roca en el terreno. Un sendero más o menos marcado nos iba guiando, aunque era difícil equivocarse. Unos metros más arriba nos encontramos lo que parecía los restos de un chozo redondo. La vista hacia atrás era amplia contemplándose el valle completo y algunas cumbres en la lejanía. En la parte contraria del valle veíamos el collado de Remansadero o Campo Lamoso, al que habíamos llegado en febrero. El verdor del paisaje era realmente intenso. Poco a poco fuimos notando el frío viento que soplaba del Norte y que iba acercando cada vez más los negros nubarrones de esa parte. Hubo que abrigarse un poco con el gorro y demás.
Zigzagueando por la empinada ladera fuimos ganando altura hacia una pirámide rocosa por encima de nosotros. Al llegar a un punto comenzamos a ver la nave ganadera y el refugio en el que habíamos estado comiendo en aquella ocasión. Nos acordamos entonces del paisaje totalmente nevado y cerrado de niebla que tuvimos aquel día y lo casi imposible que nos hubiese sido alcanzar la cumbre de haberlo intentado.
Poco a poco fuimos descubriendo también la gran cantidad de fósiles que se encuentran en esta zona. Vimos numerosas piedras a las que se les habían compactado ramas que ahora eran totalmente pétreas. Era curioso compararlas con los palos cercanos viendo la gran similitud entre éstos y los fosilizados.
Ya terminando la parte más pendiente atravesamos una zona de canaletas por las que trepamos sin dificultad alguna. La pendiente se hizo más llevadera tras este tramo al situarnos ya en la cresta de la sierra. José Antonio y Álvaro ya se habían adelantado y les vimos poco después en los picachos frente a nosotros. Escasos minutos después, cuando eran las 12:10 horas, llegábamos Mª Jesús y yo a la cima de los Corralines, 2011 m. En la misma había un hito de piedras entre el cual recogimos una tarjeta y dejamos la nuestra. Al Oeste, tras un cresterío considerable, teníamos nuestro principal objetivo, Peña Correa. Por el Norte corría el valle de Valverde, ruta también habitual para llegar a estas cumbres, y tras él numerosos picos de la sierra del Penouta que se emplazaba frente a Peña Correa.
En esta cumbre nos sacamos unas fotos y descansamos unos minutos. Apunto aquí que uno de los mapas que llevábamos tenía varios fallos en los datos, entre ellos la ubicación de esta siguiente cumbre. Según el mismo, la emplazaba en lugar del pico Formigones, aún más al Oeste, y dejaba sin nombre la real. También el siguiente, el Alto de las Lagunas, lo movía hacia un espolón que entraba por la mitad del valle. Vamos, como para fiarse.
Una media hora estuvimos allí antes de emprender el paso hacia el siguiente objetivo. En este tramo tuvimos que abandonar varias veces la parte alta de la sierra para rodear algunos riscos poco fiables e incluso infranqueables. Fue allí dónde pasamos bajo el único nevero de la marcha. Estaba al Norte y se mantenía con la nieve bastante endurecida. Este tramo entre ambas cimas se nos hacía un tanto pesado ya que tiene una longitud considerable. Desde el último collado se asciende una larga loma al final de la cual se encuentra la cima de Peña Correa.
A las 13:50 horas llegaba a la misma en la que otro hito de piedras marcaba la cumbre. También entre ellas encontramos un bote con tarjeta y dejamos la nuestra allí. Nos sacamos unas fotos en la cima antes de bajar un poco a la abrigada para comer. Hacia el sur, sobre la capital, se veían grandes cortinas de lluvia. Llamé yo a casa confirmándome que había descargado una tormenta hacía pocos minutos. Por el norte seguía cerrándose cada vez más y soplaba el viento más fuerte.
Eran numerosas las cumbres que se podían ver desde aquella altitud de 2067 m. Cercanas teníamos ahora el Penouta o La Cañada y hacia el Norte, apenas visibles entre las nieblas, todas las de la zona de Somiedo así como las dos Ubiñas, de las que solo la pequeña era visible. Al Este podíamos ver el Fontún, la Peña Portilla, Llamargones, Cerro Pedroso, Cirbanal, etc. Por el Oeste atisbábamos el Tambarón y el Nevadín entre otros.
A la abrigada comimos tranquilamente mientras comenzaban a escaparse la nieve en forma de granizos pequeños. Comentamos la posibilidad de subir al Formigones, de altitud similar a éste, aunque por mi parte no tenía muchas ganas. Me habían dado ya algunos pinchazos en las piernas subiendo y prefería no forzar. Había que bajar 120 metros a un collado y remontarlos luego.
José Antonio enseguida echó mochila al hombro y emprendió la marcha. El resto quedamos un rato allí disfrutando del paisaje y descansando cómodamente. La nieve dejó de caer enseguida y se abrían claros, aunque veíamos que eran pasajeros. Mª Jesús se había puesto un gorro tipo “Peruano” con numerosas lanas de colores colgando que le hacía parecer la cabeza de una muñeca de trapo.
A las 15:30 horas emprendimos nosotros el descenso hacia el collado sur. Habíamos decidido bajar todo el cresteo hasta llegar al collado de Remansadero. Perdimos altura hasta este cota remontando luego la ladera del Alto de las Lagunas. Por debajo veíamos a José Antonio que bajaba por el espolón intermedio hacia el Pozo de las Joyas, una laguna que habíamos visto en la cabecera del valle ya anteriormente.
Pasamos entre escobas y matorral bajo mientras íbamos viendo parte del valle del arroyo del Valle, valga la redundancia. Por éste teníamos que haber salido de Salce realmente para haber hecho más factible aquel día la subida, aunque las pendientes hacia él no tenían desperdicio alguno. En su cabecera se emplaza el pico La Cañada, ascendido por el club el pasado año, aunque yo no pude ir.
En pocos minutos alcanzamos la cima del Alto de las Lagunas con 2036 metros. Eran las 16:00 horas. También allí había un cúmulo de rocas entre las que vimos un bote con tarjeta. No nos quedaban más a nosotros y dejamos un papel a modo de ella. Desde aquel punto vimos parte de Salce y en la lejanía la punta de uno de los pilares del puente colgante de la autopista.
Con la amenaza de nuevo de los negros nubarrones emprendimos el descenso hacia otro collado tras el cual subimos un picacho más pequeño que en el mapa lo marcaba como La Cuerda, aunque en el “bueno” venía más al Este. Estando en esa zona comenzó a nevar de nuevo y el viento se intensificó. Era curioso ver ahora delante de nosotros grandes cortinas formadas por la ventisca y los rayos de sol que se colaban entre los nublados. Tras el paso de este frente se abrieron claros y nos dio el sol de lleno otra vez.
Desde esta pequeña cima atravesamos diagonalmente hacia la cresta principal por la que emprendimos la marcha. Al contrario que la parte de subida, de roca caliza compacta y blanca, esta otra sierra estaba formada por piedra suelta mucho más vieja y cubierta por el verdín típico de esa naturaleza. Ahora estábamos encima del Pozo de las Joyas y lo rodeábamos por la parte alta. En una pradera cercana se veía un refugio de colores vivos, paredes blancas con tejado rojo destacando en el verde.
Sin novedades seguíamos cresteando pasando algunos tramos un poco por debajo. Bajamos luego entre unas grandes rocas hasta el collado anterior a una gran torreta hacia la cual emprendimos la remontada. Desde allí se podía bajar a enlazar con un camino algo más abajo, que era lo que yo suponía que íbamos a hacer, pero al final decidimos seguir el cresteo y en pocos minutos llegamos a la torreta sujeta con grandes vientos. Pensábamos que era de antenas, aunque no se veía ninguna. Luego supimos que era para medir el viento de cara a los molino eólicos de la zona. Por eso sí se veían numerosos aparatos giratorios a diferentes alturas.
Fue nada más dejar atrás este punto cuando comenzamos de nuevo a sufrir otra ventisca, esta vez más fuerte. Los copos helados nos daban de lleno en la cara y llegaban a molestar traídos además por el viento frío norteño. Por eso evitamos el paso por la parte alta y nos refugiábamos al sur, donde se seguían viendo las grandes colgaduras de nieve. Como anteriormente, tardó unos minutos en pasar dejando de nuevo más claros. Nos metimos a la cresta aunque el viento sí seguía azotando.
Así llegamos al pico Campo Lamoso con una altitud de 1936 m. Allí no nos llegamos a detener ni dejamos señal alguna, aunque sí lo consideramos como cumbre “importante” ascendida. Desde ella se podía ver Salce completamente. Descendimos unos metros hasta una altiplanicie más herbosa y salpicada en los laterales con unas grandes formaciones rocosas. Desde el final de la misma pudimos ver también parte del puente de la autopista así como algunos retazos del pantano de Luna.
Con el collado de Remansadero ya a la vista emprendimos el descenso por una ladera llena de matorrales bajos que de momento no nos incomodaron. No sucedió lo mismo tras haber perdido unos metros de altitud. Allí nos pusieron en un aprieto las escobas que cada vez eran mas altas. Visto que nos íbamos a meter en “la boca del lobo”, decidimos ladear en línea recta de nuevo hacia la cresta sin perder ni ganar altura. Sin llegar a alcanzar ésta, procuramos ir pegados a la zona rocosa para evitar precisamente la molestia de los matojos. Allí dejamos atrás y por encima otra torreta metálica de gran altura.
Viendo que por debajo había un claro no lejano, Álvaro se decidió a atajar nuevamente metiéndose entre la maleza. De momento le dejamos que fuese él solo a ver cómo se desenvolvía. Comprobamos que avanzaba sin dificultad y entonces nos echamos Mª Jesús y yo tras de él. Sorteamos estas escobas sin mucha dificultad y salimos a dicho claro ya muy abajo. Encontramos entonces un reguero con un buen chorro de agua que debía de manar poco más arriba. Allí mismo tuvimos que atravesar una alambrada de pinchos tras la cual nos sacó a una pradera muy encharcada. Cada uno por donde mejor lo vio fuimos avanzando hacia el refugio al que llegamos tras atravesar de nuevo otra alambrada y pasar junto a un pequeño estancamiento de agua. Eran las 19:10 horas y estábamos a 1500 metros de altitud.
Hasta el refugio había llegado un joven en una moto y con él estuvimos charlando unos minutos mientras reponíamos fuerzas con fruta, chocolate y agua. Sin mas retrasos retomamos la marcha hacia el Norte dónde se emplaza el collado en sí. Por el ancho camino llegamos al mismo encontrándonos con un encajonamiento entre rocas que nos dio paso al valle de la Güariza por el que habíamos subido. Emprendimos el descenso a la vera de la Peña Castillo mientras teníamos una amplia vista de la cabecera del valle con las cumbres de Corralines y Peña Correa.
El camino transcurría bajo las laderas y paredes de la Peña Castillo dando algunos giros. En uno de ellos atajamos para desembocar directamente en la pista que ya por la mañana habíamos transitado para subir. Frente a nosotros, encima del desfiladero, podíamos ver una curiosa formación montañosa con dos cumbres que bien parecía una silla de montar. Me recordó mucho a otra que sí tiene ese nombre en las Hoces del Duratón.
Poco a poco fuimos descontando los metros hacia Abelgas y así llegamos al atajo del desfiladero. En un prado habían echo una hoguera y salía bastante humo de la misma. Ya paralelos al arroyo Güeriza atravesamos el puente de piedra y dejamos atrás las huertas sembradas de variadas hortalizas. A las 20:30 horas entrábamos en Abelgas. Por sus calles llegamos a la fuente y enseguida a la iglesia dónde teníamos la furgoneta aparcada.
Colgada del retrovisor estaba la mochila de José y el bastón. Allí nos cambiamos antes de acercarnos al bar en el que lo encontramos. El bar está en los bajos de la iglesia moderna y tuvimos que preguntar para llegar a él. Allí tomamos un refrigerio e hicimos las cuentas de gastos. Eran ya las 21:20 horas cuando emprendimos el viaje de 70 Km. a León. De nuevo cogimos la autopista en el tramo del pantano hasta La Magdalena. Por la carretera hicimos los últimos kilómetros hasta llegar a la capital una hora más tarde.
Sin duda fue una jornada de lo más completa. La ruta fue considerable y ascendimos cuatro cumbres destacadas, amén de otras intermedias de no menos altitud aunque sin referencias. La nieve en pleno mes de mayo le dio incluso un toque “extraño”, aunque en la montaña no es nada raro y en más de una ocasión lo hemos vivido. Ahora ya restamos días para la próxima salida, que como cada año por estas fechas, es el Encuentro de Montañeros Leoneses. En esta ocasión se hace en Torrebarrio y las opciones son: Peña Ubiña o Peña Cerreos. A ver cómo resulta.




















martes, 24 de abril de 2012

MONTE HIJEDO Y PORTILLO AMARGO (Burgos - Cantabria) - 21/23-04-12

 


1ª TRAVESÍA “RIOPANERO – MONTE HIJEDO”. (Cantabria-Burgos).
1ª TRAVESÍA “OÑA – PORTILLO AMARGO”. (Burgos).

21/23-04-12

Aprovechando este fin de semana con lunes festivo, día de la Comunidad, hemos realizado un par de rutas en las vecinas provincias de Cantabria y Burgos. La primera de ellas, el Monte Hijedo, era la programada oficialmente, mientras que la segunda, El Portillo Amargo, la decidimos sobre la marcha entre varias alternativas posibles. Días antes habíamos reservado la pernocta en dos lugares diferentes cercanos a las rutas previstas. Teniendo más o menos todo atado, llegó el fin de semana previsto.

SÁBADO 21
Sobre las 17:30 horas teníamos la salida de Armunia en los coches de Antonio y el mío. En ellos íbamos los 6 componentes de la excursión: Antonio, Nati, Álvaro, Cundi, Olga y yo. Pues bien, tras varios días en los que los cinturones de seguridad delanteros fallaban, y a la espera de que me los cambiasen, en ese momento el mío ni salía. Como pudimos, y durante el primer tramo de viaje, fue desenrollándose y pude ponerlo. Luego lo trabamos para que no se metiese.
Tras esta primera incidencia avanzamos por la autovía a Burgos hasta desviarnos a Santander en Osorno. Así llegamos a Aguilar de Campoo dónde nos detuvimos a tomar un refrigerio y estirar las piernas. Allí decidí comprar unos pasteles para esa noche. De nuevo en marcha entramos en carreteras secundarias atravesando de continuo tramos en Palencia y Cantabria. El cielo se oscurecía de nubes según avanzábamos, lo cual no daba buena perspectiva. Tras un error en un cruce tuvimos que retroceder unos kilómetros para rectificar y llegar poco después a nuestro destino, Villaverde de Hito, en Cantabria, dónde teníamos prevista la pernocta de ese día. Eran las 21:20 horas y llevábamos 223 Km. recorridos.
En la “Posada Los Vallucos”, una bonita casa de piedra y madera muy bien ambientada estilo rural, nos acomodamos en las tres habitaciones reservadas. Luego bajamos al comedor, gentilmente cedido por los dueños para cenar lo que llevábamos preparado nosotros. Tras este rato decidimos salir a dar un paseo por el pueblo acercándonos hasta la iglesia emplazada a la entrada en medio de una campa. Luego salimos a la parte contraria dónde encontramos un burro atado en medio de un prado cercano a las antiguas escuelas en desuso.
De regreso a la casa subimos a las habitaciones, cuya distinción no era por números como es habitual, si no con nombres de árboles que estaban en las puertas y en los llaveros con la llave de cada una de ellas. Intenté que Antonio se animase a contar alguna historia o amenizar algo la velada, pero tanto él como Olga, la mujer, se retiraron enseguida. Por nuestra parte, Álvaro, Cundi, Nati y yo quedamos en la habitación de ellas un rato de charla hasta que nos dio casi la una. A esa hora nos retiramos y nos acostamos para pasar esta primera noche.

DOMINGO 22
Sobre las 8:15 horas me levanté viendo el cielo grisáceo pero sin lluvia de momento. Poco a poco fue levantándose el resto y bajamos a desayunar. Nati tenía mal aspecto y había pasado frío por la noche. Tras recogerlo todo y abonar la estancia, 27,00 € por persona, hemos ido de nuevo hasta el prado dónde estaba el burro, para despedirnos....... Ya en marcha entramos a San Martín de Elines, pueblo con una bonita colegiata a la que nos acercamos. Ahora el sol lucía entre las nubes y hacía destacar su piedra amarillenta en medio de un prado verde. Cercano está el puente de piedra que se atraviesa para entrar y salir del pueblo.
A 10 kilómetros se encuentra Riopanero, 790 m, pueblo de dónde parte la ruta del Monte Hijedo. Antes de entrar en él está el inicio de la misma indicado por un cartel cerca del cual aparcamos. Nos preparamos para la ruta, todos salvo Nati, que decidió quedarse allí, y a las 10:55 horas emprendimos la marcha por un camino de la ladera del valle de Hijedo. Fuimos ascendiendo suavemente dejando atrás un desvío al pueblo de La Serna y llegar poco después a un aparcamiento dónde bien podíamos haber llevado los coches. Hasta allí había 2 Km.
Una cancilla de madera impedía el paso a vehículos no autorizados. Atravesamos la misma comenzando a descender con la vista del bosque delante de nosotros. No tardamos en meternos al mismo y entre la arboleda llegamos al refugio de La Corva, en la confluencia del río Hijedo y el arroyo de las Breñas. Estábamos a 765 metros de altitud. Este edificio de bloques de piedra tenía dos habitáculos con una chimenea en uno de ellos.
Atravesamos luego un pequeño pinar situándonos enseguida a la vera del río Hijedo. Según la guía que llevábamos, este bosque está compuesto principalmente por especies como el roble albar y las hayas. En los troncos se acumula el musgo de verdor intenso que componía bellas estampas cercanas al río. Lo cierto es que en su conjunto era un lugar de gran belleza que con sólo palabras es difícil de describir. En algunos lugares se formaban bonitas cascadas en el cauce o incluso cayendo por la ladera hacia el mismo. En el suelo había un manto casi uniforme de hojas que cubría cada rincón del terreno. Notamos cómo íbamos ascendiendo suavemente, aunque había tramos de ligera bajada. Vimos numerosos troncos retorcidos en los que nos sacamos algunas fotos. Cuando salía el sol entre las nubes daba un brillo espectacular al conjunto digno de una postal.
Antonio y Olga se habían adelantado y les pillamos sentados tomando un tentempié. Nos detuvimos también nosotros unos minutos antes de proseguir por aquella pista, que a mi parecer era lo que le restaba encanto al entorno. Pasamos una zona dónde había restos de troncos talados recientemente y por fin abandonamos la pista para seguir el camino tradicional que nos bajaba hacia el río. Unas estacas iban marcando la ruta sin posibilidad de pérdida.
Enseguida llegamos al primer vadeo del arroyo atravesando éste por una piedras resbaladizas en las que había que fijar bien el pie. A partir de allí era un sendero más ameno el que seguía la ruta entre bosque y siempre paralelos al río. Yo subí uno metros por otro sendero que vi hasta llegar a un cartel que indicaba un ramal de la ruta hacia la parte alta. Me olvidé de él y volví a la parte baja dónde nos sacamos una foto de grupo antes de seguir avanzando y llegar al segundo paso del río.
De nuevo por piedras lo pasamos y no habiendo caminado 100 metros, tuvimos que volver a cruzarlo. En esta ocasión era más ancho el paso y las piedras no nos daban suficiente seguridad. Arrastramos unos troncos y con ellos hicimos un precario puente por el que pasamos una vez más. No fue la última, en el tramo siguiente lo pasamos otras dos veces más.
Antes de este último paso se encuentra una alambrada y una cadena que limitan las provincias de Cantabria y Burgos, en la que ahora entrábamos. La altitud de este punto es de 850 metros y llevábamos 6 Km. recorridos. Seguimos el sendero por encima del cual vimos varias formaciones rocosas integradas en la ladera del monte. Así llegamos a una bifurcación en la que una señal nos marcaba la distancia a la Cabaña del Monte Hijedo por dos sendas diferentes. Eran las 13:40 horas.
Por una parte había 5,700 Km. mientras por la otra 2,400 Km. Antonio nos recomendó esta primera y hacia ella nos metimos subiendo más visiblemente por dicho sendero. En este ramal comenzamos a ver mucho acebo a ambos lados de la senda. En algunos lugares casi se cerraba por encima de nosotros.
La pendiente se hacía notar ahora y fue en este tramo dónde decidieron quedar Antonio y Olga. Por su parte, Álvaro se había adelantado y ya no le veíamos. Cundi y yo seguimos tranquilamente dejando atrás un sendero menos marcado, pero que nos hizo dudar. Tras una cerrada curva del sendero y un tramo más por el mismo, avistamos delante de nosotros otra señal que marcaba el inicio del tramo circular. Escasos 100 metros no separaban de la Cabaña de Hijedo a la que llegamos cuando eran las 14:50 horas. Estábamos a 1062 metros de altitud.
Aclararé que, desde el desvío a la cabaña cerca del río por los dos ramales, veníamos siguiendo una ruta señalizada como PR BU-30 que parte de la carretera de Santa Gadea que ahora teníamos a 1,5 Km. de distancia. En la cabaña se bifurca para hacer el circuito circular que luego cerraríamos nosotros.
Esta cabaña no es si no un palacete de principios del siglo XX con una capilla adyacente y un patio con un pozo central al lado de un tejo. Varias cabras rondaban por el prado cercano custodiadas por un gran mastín. Aparecieron además unos 10 gatos que nos rondaron mientras comíamos tranquilamente a la vera del edificio.
Sobre las 15:40 horas retomamos la marcha por el mismo sendero hasta la primera bifurcación. Allí nos desviamos por el ramal largo de 5,7 Km. Enseguida llegamos a un mirador sobre el valle que habíamos recorrido contemplando la gran masa forestal que lo cubría. Siguiendo la senda nos encontramos con un gran árbol que salía de una enorme roca alrededor de la cual se amarraban las raíces. Allí nos sacamos varias fotos. A la orilla había otra piedra con curiosas formas de cantos afilados por la erosión. Repito, es difícil describir con palabras tal maravilla visual.
No fue el único que vimos. Más adelante nos fuimos encontrando con algunos ejemplares más de idéntico calibre y formas. El sol que ahora lucía entre la arboleda le daba al bosque un tono aún más brillante. Entre los árboles vimos una manada de caballos que subía monte arriba. En un arroyo se formaban pequeños saltos tras los que se abrían cavidades en el terreno a modo de cuevas naturales. Bajamos luego un tramo empinado y embarrado dónde vimos las huellas del paso de los caballos.
Salimos a un ancho camino por encima del cual vimos una replantación forestal. Durante un rato íbamos dudando si habíamos dejado atrás algún desvío de la ruta, ya que no había señales y nos parecía que estábamos dando mucho rodeo. Luego vimos unas marcas en un tronco y al poco salimos a una gran explanada de verdes pastos atravesados por algunos caminos. Estábamos en la cabecera del valle de Hijedo, que sin saberlo también teníamos en otro mapa de los que llevábamos. Eran las 17:10 horas.
En la perta baja del valle se veía un ramal de un camino que entraba al bosque y supusimos que era el que teníamos que coger. De todas formas, y aprovechando que bajaba un hombre en un coche le preguntamos para confirmarlo. El paraje aquel viene en el mapa como Boca del Río y está a una altitud de unos 950 metros. Para evitar el rodeo que daba el camino, atajamos por los prados encontrándonos con que estaban encharcados de agua. Como pudimos sorteamos estos regatos invisibles y salimos a dicho camino que poco después se bifurcaba. Cogimos el ramal que se internaba valle abajo hacia el bosque y que también se encontraba medio embarrado. Vimos en las laderas varios tejos de gran tamaño destacando por el verdor de las hojas entre las demás especies medio peladas aún. Pasamos el río en un vado estrecho y sin dificultad y llegamos poco después al punto dónde cerrábamos la parte circular de esta ruta. En el suelo vimos un papel en el que Antonio nos decía que ellos iban bajando.
Entramos ya en el tramo común de la ruta y poco más adelante teníamos otro de los pasos del río. Decidimos ahora seguir por la misma margen hasta el siguiente y evitarnos de esa forma dos pasos. No tardando llegamos a la alambrada que dividía las provincias entrando de nuevo en Cantabria. Por esa parte no había sendero alguno, pero se avanzaba bien teniendo cuidado con las ramas de los árboles. Llegamos de esa forma al segundo vadeo que nos devolvía el sendero a nuestra margen. Por él seguimos avanzando hacia el último paso que sí era obligado cruzar.
Unos metros más adelante enlazábamos con la pista más ancha y por ella nos dispusimos a recorrer el último tramo. El cielo se había ido cubriendo demasiado y no se veían ya claros. Había algunos repechos cuesta arriba que a Cundi ya la costaba remontar. Dejamos atrás un indicador que marcaba al refugio de La Corva 1 Km. y poco después divisamos el pinar. A las 19:20 horas llegamos a dicho refugio.
Nos restaba otro kilómetro para el aparcamiento y dos más al pueblo. Íbamos pensando en que a Antonio podría habérsele ocurrido venir con el coche hasta él cuando le vimos venir de frente a nosotros. Venía un poco preocupado por la tardanza. En pocos minutos llegamos al aparcamiento dónde estaba Olga en el coche. Eran las 19:45 horas y habíamos hecho unos 22 kilómetros.
No habíamos subido al mismo cuando se echó a llover. Sin más nos dirigimos hacia el comienzo de la pista dónde tenía yo la furgoneta y en la que estaba Nati, que no mejoraba mucho. Sin más retrasos nos pusimos en marcha hacia Frías, en Burgos, dónde teníamos la pernocta del segundo día.
Atravesamos parte del Cañón del Ebro y pasamos por Orbaneja del Castillo, Quintanilla Escalada y Valdelateja, en los que hemos hecho algunas rutas estos años pasados. Yo iba preocupado ya que se me había olvidado el teléfono de la pensión dónde teníamos reservadas las habitaciones y no podía confirmarles que estábamos de camino. Además teníamos pensado parar a cenar antes y nos podíamos retrasar.
Para colmo, Antonio nos llevaba por otra ruta más larga, aunque más bonita que transcurre por los Páramos de Masa. Yo iba intranquilo por esa causa, así que en Pino de Bureba, creo que era, paré para buscar el teléfono en una guía de un bar. Resulta que no venía en la guía y unos jóvenes muy amables me lo encontraron por Internet desde un móvil. Llamé y me dijo el de la pensión que podíamos entrar hasta las once de la noche, que estaba él esperando. Con las mismas llamé a los del otro coche, que ya estaban en Oña, y les dije que no parasen ya. Nos quedaban unos 30 kilómetros y eran las nueve de la tarde.
Sin más tardanza retomamos el viaje y el Oña nos reunimos con los compañeros, aunque enseguida nos perdimos de vista. Seguimos hacia Trespadene, para lo cual había que coger dos desvíos. Ya anocheciendo casi por completo pasamos por allí para continuar hacia el cercano Frías, que por cierto, ostenta el título de la ciudad más pequeña de España. Ya en ella tuve que llamar para que nos indicase el emplazamiento de la pensión a la que llegamos pasadas las 22:30 horas. Ellos no habían llegado aún y por teléfono nos comentaron que se habían pasado un cruce y habían entrado en la provincia alavesa. Al final, cuando llegaron a Frías, les indiqué yo para llegar a la pensión. Llevábamos 370 Km. recorridos.
Aquí quiero hacer unas reseñas sobre dicho establecimiento hostelero del que me reservo anotar el nombre. Sinceramente, no entendemos cómo un lugar así puede tener la categoría de pensión. Mobiliario antiguo y mal conservado. Habitaciones pintadas de colores chillones y totalmente desentonantes. Exterior envejecido y con aspecto casi de chiringuito. Vamos, que parecía lo que no era y no digo qué.
Lo habíamos buscado Antonio y yo en Internet, y la verdad, las pocas fotos que traía no hacían esperar esto. Él estaba decidido a marcharse, y de echo fue con Álvaro a ver si encontraban otra cosa en la localidad. Claro, por una parte, habíamos pagado una habitación por adelantado al reservar, y al llegar habíamos firmado ya dicha entrada, por lo que podíamos perderlo todo. Al final no encontraron tampoco nada a esas horas, casi las doce de la noche, y sin más, en una de las habitaciones, cenamos más o menos lo que llevábamos. Nos acostamos a la una y pico tomando ya a broma la cosa.

LUNES 23
Nos levantamos alrededor de las 8:30 horas, y al pagar la estancia, 22,00 €/persona, sí que algunos le dijeron algunas palabras respecto a lo anterior.
Saliendo de Frías tuvimos una bonita vista del mismo con el castillo en su parte alta y el puente romano sobre el Ebro. Nos dirigimos hacia Trespaderne, localidad en la que paramos a desayunar. Lo hicimos en una cafetería de este pueblo por el que habíamos pasado el día antes. Al terminar retomamos el viaje hacia Oña dónde teníamos pensado hacer la segunda ruta del fin de semana.
A las 11:10 horas llegábamos a dicha localidad aparcando en las cercanías del monasterio de San Salvador. En 15 minutos nos preparamos para la ruta, a la que solo nos animamos Cundi, Antonio, Álvaro y yo. Entre las varias marcadas en las cercanías de esa villa, Antonio nos había recomendado la del Portillo Amargo.
Recorrimos varias calles y atravesamos el río Oca antes de preguntar a un lugareño que nos indicó el comienzo de la senda de 7,700 Km. Por un ancho camino salimos ganando altura sobre Oña describiendo algunos zigzag. Con dirección a una torreta de antenas vimos un corzo en medio de un prado. Desde dicha torre nos dirigimos en línea recta por el medio de una plantación de frutales abandonados hasta enlazar con un sendero más visible que se metía en la ladera de la sierra. Esta senda va subiendo de continuo en línea recta durante un buen tramo hasta meterse en un pinar dónde gira bruscamente.
El grupo se dividió, y mientras Antonio se adelantaba, Cundi quedaba por detrás a su paso. La vista sobre el valle era cada vez más amplia y ya veíamos Tamayo, pueblo por el que luego bajaríamos. Echando la vista atrás veíamos parte de Oña y la totalidad del monasterio. Ya bastante arriba el sendero se encajonó entre roca formando una especie de canal. Frente a nosotros se alzaba una gran torreta eléctrica a la que teníamos que llegar.
A las 12:30 horas llegábamos a la misma alcanzando la parte alta de la sierra, aunque no su cota más alta. Entre encinas transcurre el camino que suavemente va ascendiendo con dirección Oeste. Al poco rato pillamos a Antonio, que había parado a tomar un tentempié. Retomamos la marcha y enseguida fuimos encontrando algunos pinos. Llegamos más adelante al desvío de bajada dónde un indicador nos marcaba 4,450 Km. a Oña. Nosotros seguimos unos metros más hasta llegar a otra torreta de tendido eléctrico, punto más alto situado a unos 1000 metros. Habíamos partido de Oña que está a 570 m. Eran las 13:10 horas.
Estando allí comenzó a llover. Hacia el Sur se veía la meseta de La Bureba hacia Burgos mientras al Norte seguía la sierra. No nos entretuvimos y bajamos a enlazar con la ruta que nos metió hacia el bosque por un camino de fuerte pendiente que describía numerosas curvas. Pasamos al lado de una enorme roca casi en equilibrio sobre el valle y volvimos a pasar por un pinar. Siguiendo el sendero salimos al cortafuegos que va justo debajo de la línea eléctrica. Siguiendo éste perdimos altura en poco tiempo hasta salir a un camino que lo atravesaba perpendicularmente. Giramos hacia el Este con dirección a Tamayo dejando atrás un depósito de agua y a las dos de la tarde entrábamos en dicho pueblo.
Tamayo es un pueblo abandonado en el que tan sólo residen algunos habitantes ocasionales en las pocas casas que se conservan en buen estado. El resto del pueblo, incluida su iglesia, está totalmente en ruinas. La iglesia se conserva en pie, aunque vacía del todo. Desde la puerta puede verse el interior, aunque no es recomendable entrar por el aspecto de los techos. Más abajo vimos una de las casas conservadas y un coche aparcado a su orilla.
Salimos de allí por un camino entre prados y huertos con algunos chamizos. En uno de ellos vimos un pavo. Más adelante nos encontramos con otras casetas en las que había varios perros y un letrero que rezaba: “hotel canino”. Paralelas al camino transcurrían las dos carreteras, la vieja y la nacional, ésta separada por el río Oca.
A las 14:30 horas entrábamos en Oña por una calle con varios edificios en obras. Minutos más tarde cerrábamos la ruta circular y por un paseo de un parque llegábamos al puente que atravesamos para entrar en el casco antiguo. Subimos una escalinata de piedra y pasamos bajo un arco-túnel de una casa que nos sacó a las cercanías del monasterio. A las 14:40 horas terminábamos la ruta en la plaza de éste dónde teníamos los coches aparcados. Allí nos cambiamos y acicalamos un poco antes de decidir dónde comer.
Habíamos determinado comer ese día “a plato puesto”, por lo que Antonio, mientras el resto terminábamos de colocar y demás, había reservado en un restaurante del mismo Oña. Antes de ir al mismo tomamos un vaso en otro bar de la zona antigua. Por sus estrechas calles de casas de piedra nos dirigimos hacia dicho restaurante en el que nos acomodamos para comer. Durante la misma nos comentó Cundi que había bajado y había hecho parte de la ruta paralela al río Oca por el desfiladero. Por su parte, Nati no mejoraba de su malestar y apenas comió. Olga había dado un paseo por el pueblo.
A las 17:15 horas salimos del restaurante hacia los coches. En la plaza nos sacamos una foto de grupo con la fachada del monasterio detrás, aunque quedamos un poco lejos. Sin más dilaciones, a las 17:30 horas, nos pusimos de regreso a nuestra ciudad tras haber recorrido hasta allí 397 Km.
Circulamos por la nacional durante unos kilómetros hasta desviarnos a Briviesca. Atravesamos dicha localidad y enlazamos con otra carretera similar hacia Burgos. Con precaución por el lío de señales y desvíos existentes bordeamos esta ciudad por sus rondas hasta enlazar por fin con la autovía a León. Habíamos decidido para en Olmillos de Sasamón y a éste nos desviamos cuando eran las 18:50 horas.
En un bar entramos a tomar un refrigerio e hicimos las cuentas de la salida. En la calle había un tractor al que Álvaro no pudo por menos de subirse a sacra una foto ya típica en él. Una hora después retomamos el viaje por la autovía y sin novedades la abandonamos en Onzonilla para recorrer los 10 Kilómetros restantes a Armunia. A las 21:15 horas, y tras un total de 655 Km. recorridos, terminábamos este fin de semana.
Sin duda, y haciendo la salvedad del malestar de Nati, que al final la ha llevado incluso a un principio de neumonía y a ser ingresada unos días, nos damos por satisfechos totalmente con el resultado de la salida. Hemos cumplido los objetivos previstos, y el tiempo, salvo cuatro gotas de lluvia contadas, nos ha respetado.