domingo, 31 de agosto de 2003

PEÑA TEN 31-08-03

 


1ª ASCENSIÓN A “PEÑA TEN”.

31-08-03            (Domingo)

Justo el último día del mes agosto hemos realizado esta ascensión con un clima casi casi invernal. Ya con malas previsiones, aunque no tanto, decidimos salir para alcanzar la cumbre de Peña Ten, ubicada en las cercanías de La Uña, en la montaña de Riaño. En la misma participamos 8 personas: Antonio, José Antonio, Álvaro, José F., José, Eva, Fernando y yo.
Poco después de las 8:00 horas me recogieron a mí en el desvío de la carretera de Zamora hacia Armunia. Por la ronda sur llegamos a la de Madrid y por ella circulamos hasta Puente Villarente donde giramos con dirección a Boñar. Habían decidido ir por aquí en vez de por Riaño, y de esa forma bordeamos el pantano del Porma y ya en Lugueros cogimos la carretera hacia el puerto de Las Señales y Tarna desde donde retrocedimos unos kilómetros hasta llegar a La Uña. Minutos más tarde aparecía el otro coche que había salido de León por la carretera del portillín de Villaobispo.
En un pequeño bar típico de pueblo estuvimos tomando un café y charlando un rato con el lugareño que lo regentaba. Tras ello cogimos los coches y nos acercamos hasta el comienzo de la ruta, a aproximadamente medio kilómetro más arriba del pueblo. Allí comienza el valle de Valdosín por el que baja el río del mismo nombre. Por un camino entramos unos metros y aparcamos los coches a su orilla. Las nieblas cubrían todas las cimas y no tenía mucho ánimo en abrir. Aún así nos preparamos y sobre las 10:35 horas comenzamos la ruta por aquel mismo camino que traíamos.
El agua comenzó a escaparse levemente, lo que contribuyó aún más a empeorar el panorama. En los prados había algunas vacas que pacían la hierba asombrosamente verde para la época en la que estábamos. Al lado derecho dejamos la Peña del Castiello por cuya base pasa el camino que llevábamos.
Tras dejar atrás esta cumbre de escasos 1500 metros, el valle se abrió un poco más y loa arroyos se unían al principal desde varias vaguadas colindantes. Entre la niebla distinguimos algunas cumbres y comenzamos a dudar de la situación de Peña Ten. A pesar del mapa, y como suele suceder con la niebla, es complicado orientarse cuando no ves una amplia panorámica de las cimas cercanas. Por suerte encontramos a un pastor con su rebaño y nos indicó entonces la situación del pico e incluso su ruta de ascenso. Abandonamos entonces la dirección que llevábamos por el valle y giramos a la derecha siguiendo una vaguada por la que bajaba el arroyo Castellana. Esta era una de las rutas alternativas del mapa, aunque la que íbamos a seguir en principio continuaba más hacia el norte hasta una collada, el puerto de Ventaniella, al que ya desistimos de alcanzar.
Por lo alto de una loma caminamos unos metros antes de tener que descender hacia el arroyo para pasar a su margen derecha donde caía la falda del pico. Por la misma vimos subir un venado o algo similar. A partir de allí comenzamos a remontar más bruscamente unos metros hasta alcanzar la parte baja de unas rocas que bordeamos antes de meternos de lleno en la vaguada que nos había indicado el pastor. La pendiente aquí sí que era pronunciada de verdad. Además, y para colmo, era ladera de hierba en vez de roca, lo que cansa aún más en las ascensiones.
A la par que ascendíamos, la niebla se cerraba en torno a nosotros. El desnivel a superar desde abajo era de cerca de 1000 metros, por lo que ya suponíamos que nos quedaba una larga subida. Un poco desperdigados fuimos ganando altura a ratos con la esperanza de que abriese el día. Las paradas eran abundantes debido, como he dicho, al fuerte desnivel que presentaba la vertiente norte de la peña.
Mientras que José F., Eva, Antonio y yo quedábamos rezagados, el resto ya se perdía por delante entre la bruma cerrada. Después de un buen rato subiendo, llegamos a un tramo que se podía andar por la roca. En ella me metí seguido por los otros tres. A pesar de ir más cómodo, ya comenzaban a flaquear las fuerzas. Entre eso, y que no se veía “un carajo”, íbamos un tanto desanimados.
No tardamos en volver a dejar la roca y meternos de nuevo en la ladera de hierba. Por ella nos fuimos desviando hacia la izquierda hasta que alcanzamos lo que podríamos llamar el cresteo, a pesar como digo de la escasa piedra que había. Por debajo del mismo se sitúa la collada El Cardal, por la que teníamos que haber pasado si hubiésemos seguido la ruta prevista. Con el chubasquero encima seguimos ganado altura sin ver mas allá de unos cuantos metros. El viento soplaba de forma exagerada y el día, de no ser por que la temperatura no era muy baja, tenía un aspecto totalmente invernal. De esa forma, ya bastante arriba, se suavizó la pendiente, lo que suele ser al contrario. Aquí nos reunimos todos de nuevo y nos cruzamos con tres compañeros del club de Sahagún que nos indicaron lo que restaba hasta la cumbre. Desde allí, unos 15 minutos aproximadamente.
Con el ánimo algo más alto emprendimos de nuevo la marcha por la cresta rocosa. A mí me habían comenzado a doler las piernas en la parte del muslo y ya me costaba dar algunos pasos hacia arriba. Me ha sucedido en pocas ocasiones, pero es tan molesto que casi te hace desistir de continuar.
Tras cuatro horas de ascensión alcanzamos por fin la cumbre de Peña Ten, con una altitud de 2144 metros. La pena general era no poder disfrutar para nada del paisaje que desde la misma tenía que admirarse. La niebla impedía ver cualquier rastro del mismo. En la cumbre había un buzón y el punto geodésico. Aunque ahora no llovía, no estaba para detenerse mucho tiempo allí. A pesar de ello yo no quería bajar de nuevo con la comida, así que nos acomodamos unos minutos para la misma. ¡Cómo me supo la empanada de atún que llevaba!
Una media hora después y tras dejar nuestra tarjeta y sacar unas fotos, emprendimos el descenso. Cresteando de nuevo llegamos a lo más empinado. Para colmo ahora se abrieron unos claros que no tardaron en volver a disiparse. Echando la vista hacia la parte contraria de la subida, vimos que se podía atajar un poco si seguíamos otra vaguada en la que se distinguía un pedrero. Optamos entonces por aquella elección y nos dividimos a la hora de bajar el primer tramo. Antonio y yo lo hicimos por una parte y el resto, salvo José Antonio, por otra vaguada más adelante. El primer tramo era muy empinado, por lo que bajando y húmedo no era nada fácil. Con cuidado lo pasamos dejando a nuestra izquierda un gran paredón del pico. Así alcanzamos el pedrero por el que también hubo que bajar con precaución ya que las piedras eran grandes y de afilados cortes.
Así nos unimos todos excepto José Antonio. Nosotros pensábamos que iba con ellos y ellos que venía con nosotros. Lo más probable, como así fue, es que hubiese seguido por la parte contraria, la misma por la que habíamos subido. Algo más abajo le vimos ya por delante de nosotros. En la ladera encontramos una sima de varios metros de profundidad, lo que deducimos por el ruido que hacían las piedras que tiramos.
Por aquella vaguada fuimos descendiendo otro arroyo que bajaba de una hondonada contigua. Cerca de él nos juntamos todos de nuevo para ladear una loma hasta llegar a un pequeño collado. En este tramo pasamos unos metros por entre arbustos bajos hasta salir casi en dicha collada. Aquí se originó una pequeña polémica. Algunos habían seguido un camino y habían vuelto diciendo que nos separaba mucho del pueblo y que incluso podíamos llegar a Polvoredo. Creían que
era mejor bordear la peña que teníamos delante e ir a salir al valle por el que habíamos subido. Por mi parte, y estudiando el mapa, estaba casi convencido 100 por 100 de que dicho camino nos llevaba directamente a La Uña, aunque luego hubiese que recorrer ese medio kilómetro hasta los coches. Al final, y pudiéndome equivocar, optaron por seguir mi intuición.
Nos metimos entonces por dicho camino entre arboleda dejando a nuestra derecha la Peña del Castiello, que no se veía, y el Rebollar. Según mi parecer, íbamos a unirnos al valle del río Carcedo que bajaba directamente a La Uña. El valle era bonito de veras ya que la niebla quedaba por encima de nosotros. Por la parte derecha del valle vimos un camino que subía hasta la collada situada tras la peña que teníamos al lado del paso en el que nosotros habíamos estado. Más abajo entramos en dicha pista y pasamos al lado de unos corrales a medio construir. El valle se ensanchaba al llegar a la confluencia con el que bajaba por la izquierda desde el puerto de la Fonfría, otra de las alternativas para subir a la Peña Ten.
Cercana al camino había una fuente donde algunos pararon a beber agua. Poco a poco fuimos girando hacia la derecha con dirección a la carretera. No tardamos en divisar las casas del pueblo y tengo que reconocer que me alivió un poco a pesar de la certeza que tenía. Destacaba de él la torre de la iglesia en medio del pueblo.
José Antonio optó por desviarse un poco y bordeó una loma para dirigirse más directamente a por el coche. El resto continuamos por el mismo camino y así entramos en La Uña poco antes de las 18:30 horas. Mientras esperábamos a que trajesen los coches comenzó a pintear suavemente. Tras cambiarnos la ropa húmeda y calzado emprendimos el regreso, esta vez por Riaño. La niebla seguía amarrada a las cumbres como el resto del día.
Camino de Riaño rodeamos el pantano que nos acompañó algunos kilómetros más hasta la presa. A pesar de lo avanzado de la época, no se encuentra tan bajo como cabía esperar. Ya en Las Salas decidimos parar a tomar un refrigerio y aprovechamos para hacer las cuentas, como es habitual. Sin más quehaceres reanudamos la marcha hasta llegar al desvío de Sabero hacia el cual nos dirigimos. Por dicha carretera salimos a la de Boñar y en barrio de Nuestra Señora volvimos a variar la ruta para volver por Santovenia del Monte a Villaobispo. Poco trecho nos quedaba ya hasta Armunia donde me dejaron sobre las 20:30 horas.
Con la satisfacción de haber coronado otra cima, pero con la pena de no haber podido disfrutar de la vista, que al fin y al cabo es el principal aliciente de las ascensiones, finalizamos esta nueva travesía por otra bella zona de nuestra montaña leonesa.













lunes, 11 de agosto de 2003

NOCTURNA "ARROYO DEL CABRITO" 09/10-08-03

 


VII TRAVESÍA NOCTURNA.

2ª TRAVESÍA “ARROYO DEL CABRITO”.

09/10-08-03

Unas salidas ya con tradición en nuestro club son las marchas nocturnas en época estival. En esta ocasión se programó la travesía por el bonito valle del arroyo del Cabrito, en las cercanías de Molinaferrera. En la misma participamos 6 personas: Toño, Carlos Gil, Antonio, Sergio, Elena y yo. Tanto el transcurso como su resultado fueron totalmente satisfactorios y de ellos doy cuenta en el relato siguiente:

SÁBADO 9
Como yo trabajé ese día por la tarde, tuve que retrasar la partida hasta que salí ya bastante anochecido. Eran las 22:30 horas cuando pasé a recoger a Antonio y emprendimos el viaje hacia Molinaferrera. Tras llenar el depósito de combustible salimos por la nacional hasta llegar a Astorga. Aquí tuvimos un pequeño despiste al coger la carretera, pero enseguida rectificamos y nos dirigimos hacia Castrillo de los Polvazares. Sin entrar en éste continuamos hacia Santa Colomba de Somoza, Lucillo y por fin llegamos a Molinaferrera sobre las doce. En éste estaban ya los otros cuatro compañeros que terminaban de cenar. En el pueblo había mucho ambiente y en un bar estuvimos tomando unas consumiciones.

DOMINGO 10
Tranquilamente nos dirigimos con los coches hacia la entrada del pueblo donde hay una iglesia de cuyo lado parte una pista que entra en el valle. Carlos era el que se acordaba de ello ya que a mí no me sonaba para nada. Circulando por dicha pista recibí la llamada de Jorge, otro compañero del club que no pudo ir y que quería saber por donde andábamos.
Tras varios metros por el camino aquel llegamos a una cancilla que tuvimos que abrir para atravesar un puente sobre el arroyo y continuar ascendiendo más bruscamente por la margen izquierda del mismo. Unos tres kilómetros circulamos por ese camino lleno de polvo que se levantaba a nuestro paso hasta llegar a unas cuadras donde empeoraba el firme. A su lado aparcamos los tres coches y nos preparamos para comenzar la ruta a la luz de una luna casi llena.
A la 1:00 hora, con las linternas en mano, o frontal en cabeza, nos pusimos en marcha. Al lado de la cuadra había un par de mastines cerca de los cuales pasamos. Aunque la luna nos quedaba muy a la izquierda y casi detrás de las lomas, se dejaba sentir su iluminación en el valle. Antonio iba con marcha y se adelantaba a todos. El problema es que íbamos pendientes de que no nos intentase dar algún susto, lo que no dejó de hacer. En el camino había trozos con agua y barro que sorteamos sin dificultad.
Nuestra intención era llagar a la zona de cabañas donde lo hicimos la vez anterior y acampar allí. Por ello llevábamos tres tiendas, Carlos una individual, Sergio y Elena otra y el resto la tercera que nos alternábamos para pujar. Por otra parte, habíamos decidido subir solo el desayuno y bajar a comer a mediodía.
No tardamos en llegar a la altura de la central hidroeléctrica situada por debajo del camino y cerca del río. Por la izquierda bajaban dos enormes tuberías por las que cae el agua de las laderas superiores. La pendiente era suave y la marcha se hacía cómoda. Además teníamos una temperatura ideal; incluso sudábamos por el ritmo que llevábamos, que no era lo que se dice lento.
Como digo, Antonio nos precedía, pero en un momento determinado se quedó detrás sin que nos diésemos cuenta. Yo me había quedado el último del resto y al mirar para detrás y verle me sorprendí. Si llega a hablar o tocarme sin darme cuenta hubiese votado del susto. Lo cierto es que, aunque sin lógica, en las marchas de este tipo da no sé qué quedarse el último y echar la vista hacia la oscuridad de atrás.
Al lado del camino vimos una especie de estanque donde se recogen las aguas que bajan por una vaguada y que sirve para detener el arrastre de piedras y tierra ladera abajo. Un filtro detiene todo ello antes de soltar el agua por una tubería bajo el camino hacia la parte contraria.
Charlando y demás llegamos al cruce de un arroyo que la vez anterior nos puso en apuros al traer bastante caudal y cruzar la pista por el medio. Esta vez no hubo tal problema y tras atravesarlo y recorrer unos metros más llegamos al final de la pista. Por un puente de madera pasamos el arroyo del Cabrito a la margen derecha continuando ahora por una senda entre vegetación baja y arboleda. La misma se encuentra bien marcada y no ofrecía duda alguna. Había tramos donde transcurría por roca y pegado a paredes de lo mismo. Hacía el río también teníamos trechos con fuertes desplomes. Aprovechando un recoveco de las rocas, Carlos intentó darnos un susto, pero el blanco de la camiseta le delató. También Toño “estaba en el ajo”.
Más adelante salimos a unos prados donde podían estar las cabañas. Con las linternas alumbramos los alrededores sin ver nada parecido. Los atravesamos y ladeamos otros pequeños cerros antes de entrar en una vega. Tampoco aquí se encontraba lo que buscábamos. En realidad no nos importaba mucho dar con ellas, pero sabíamos que había sitio para colocar bien las tiendas.
Cuanto más avanzábamos, más nos convencíamos Carlos y yo de que nos las habíamos pasado ya. Aún así decidimos continuar un trecho más adelante e ir buscando un lugar para acomodarnos. No nos fue fácil. A pesar de haber mucho espacio verde, las irregularidades del terreno no lo hacían apropiado. Eran las tres de la madrugada y decidimos comenzar a regresar con los cinco sentidos puestos en la búsqueda. Varios sitios encontramos con el mismo problema, parecían prados lisos y luego estaban ondulados del todo. También los numerosos excrementos de ganado los hacían inadecuados.
Tras retroceder unos 500 ó 700 metros dimos por fin con un pequeño espacio donde podían entrar las tiendas. Tan reducido era que no pudimos izar el avance de la nuestra al estar la de Carlos delante. Ya montadas se fueron metiendo en ellas. Yo, por no variar, no pude por menos de dar un poco la murga. El “viento” hacía mover las tiendas bruscamente a esas horas tan intempestivas.
Sobre las cuatro y cuarto nos metimos todos en las tiendas e intentamos dormir. Mi problema, como siempre, la almohada. Si no acomodo bien la cabeza no hay manera de dormir a gusto. Varias veces me desperté durante el resto de la noche.
Cuanto más avanzábamos, más nos convencíamos Carlos y yo de que nos las habíamos pasado ya. Aún así decidimos continuar un trecho más adelante e ir buscando un lugar para acomodarnos. No nos fue fácil. A pesar de haber mucho espacio verde, las irregularidades del terreno no lo hacían apropiado. Eran las tres de la madrugada y decidimos comenzar a regresar con los cinco sentidos puestos en la búsqueda. Varios sitios encontramos con el mismo problema, parecían prados lisos y luego estaban ondulados del todo. También los numerosos excrementos de ganado los hacían inadecuados.
Tras retroceder unos 500 ó 700 metros dimos por fin con un pequeño espacio donde podían entrar las tiendas. Tan reducido era que no pudimos izar el avance de la nuestra al estar la de Carlos delante. Ya montadas se fueron metiendo en ellas. Yo, por no variar, no pude por menos de dar un poco la murga. El “viento” hacía mover las tiendas bruscamente a esas horas tan intempestivas.
Sobre las cuatro y cuarto nos metimos todos en las tiendas e intentamos dormir. Mi problema, como siempre, la almohada. Si no acomodo bien la cabeza no hay manera de dormir a gusto. Varias veces me desperté durante el resto de la noche.
Nos levantamos y fuimos recogiendo las tiendas y desayunamos. Ya en marcha comenzaba a calentar el sol y disfrutábamos del valle con la luz diurna. Siguiendo el sendero cercano al arroyo fuimos avanzando hasta meternos entre un bosque en el medio del cual, y como anécdota lo cuento, encontré una moneda de veinte duros. Igualmente vimos las casetas que no habíamos encontrado por la noche al quedarnos ocultas desde el sendero tras unos matorrales.
Aprovechando el calor que hacía, nos metimos varios en el agua a refrescarnos. Estuvimos un rato allí antes de continuar caminando y alcanzar el puente de madera por el que pasamos a la margen contraria del cauce. Sin novedades descendimos poco a poco hasta llegar a la altura de las tuberías de la central. Unos metros más adelante llegamos al lugar donde teníamos los coches. Era la una aproximadamente.
Con ellos bajamos hasta Molinaferrera pero no entramos en él. Optamos por continuar por la carretera y así llegamos a Santa Colomba de Somoza. En este paramos a tomar un vaso y casualmente nos encontramos allí con un vecino y amigo nuestro.
Tras unos minutos emprendimos de nuevo el viaje buscando un lugar apropiado para comer. A ambos lados de la carretera se veía una gran superficie abrasada por el fuego. Sin detenernos llegamos a Astorga para proseguir por la nacional hacia León. Al llegar a la altura de Hospital de Orbigo decidimos desviarnos y entramos hacia el merendero cercano al río. Aquí nos acomodamos y comimos tranquilamente mientras por el oeste aparecían negros nubarrones. En un bar cercano tomamos el café y sin más, a media tarde, retomamos el regreso para llegar a León poco después.
Y así dimos por finalizada esta grata experiencia anual en la que salimos un poco de lo común practicando, eso sí, lo nuestro, el montañismo.

















lunes, 28 de julio de 2003

URBIÓN (Duruelo de la Sierra - Soria) 27-07-03

 


1ª ASCENSIÓN AL “URBIÓN”. (Soria).

27-07-03        (Domingo)

Tras anular una salida programada por el grupo para ascender al pico Canto Carbonero, he realizado esta otra ascensión con la que me quedé con ganas cuando se hizo con el grupo hace un mes. En esta ocasión la proyecté de forma particular y solo me acompañó Carlos Gil, uno de los dos que había ido ese día y al que no le importó repetir la experiencia.
Tras un comienzo de jornada con la climatología un tanto revuelta, la suerte nos acompañó milagrosamente para disfrutar del resto del día en el que aconteció todo lo narrado a continuación.
A las 7:30 horas pasé a recoger a Carlos por casa de su suegra aquí en Armunia, donde había pasado esa noche. Enseguida salimos por la nacional hasta coger la autovía de Burgos cerca de Cembranos. Tras una noche de lluvia, el cielo se había despejado en esta zona. No así hacia la que íbamos, donde se cerraban negros nubarrones en la lejanía.
Sin novedades fuimos avanzando por esta vía rápida metiéndonos de lleno bajo las oscuras nubes que de momento contenían el agua. Así llegamos a Burgos por el que atravesamos para salir por la autovía de Madrid, desviándonos poco después por la N-234 hacia Soria. Yendo por la misma comenzó a descargar un fuerte aguacero mientras las nieblas bajas cubrían las cimas y cerros cercanos. Esto nos desanimó visiblemente al ver que no había indicios de mejoría por parte alguna. Ya en Salas de los Infantes dejamos esta carretera y cogimos la comarcal hacia Duruelo de la Sierra desde donde se comenzaba la ruta aproximadamente. En una gasolinera llené el depósito de la furgoneta antes de continuar el viaje hacia este pueblo.
Según nos íbamos acercando dejó de llover aunque se mantenía la niebla en las cimas. Así llegamos a este pueblo por el que pasamos antes de salir por una carretera que conducía hacia la falda de la sierra de Urbión. Por esta calzada entre bonitos bosques de pinos ascendimos unos cinco kilómetros hasta que se terminó el asfalto en un desvío. Como apunté destacado, reflejo el susto que nos dio una vaca que salió de entre los pinos hacia la carretera al pasar nosotros.
En dicho cruce tomamos la pista de tierra de la derecha subiendo por ella otros dos kilómetros bien a gusto hasta donde había una pequeña explanada para dejar los coches. Allí había otros tres o cuatro vehículos más. Tras aparcar el nuestro, nos preparamos para la marcha que comenzamos a las 10:35 horas.
Por la pista que continuaba unos metros más, y que ya solo era apta para todoterrenos, nos encaminamos por el medio del bosque mientras las nieblas corrían por encima de nosotros. Como digo, Carlos ya había subido hacía un mes y era el guía en la ruta. Unos metros más arriba se encuentra un refugio llamado “El Bunker”, el cual según Carlos habían pintado de esa vez para acá de color verde. A partir de allí continua una senda por entre los pinos marcada toda ella con señales roji-blancas de GR.
La pendiente en este primer tramo era acentuada, pero se llevaba bien. Hubo un momento que nos despistamos siguiendo otra senda, pero enseguida nos dimos cuenta y rectificamos atajando hacia la buena. A pesar de que la temperatura no era veraniega, íbamos sudando por causa de la cuesta mencionada. Entre algunos claros comenzamos a ver el pueblo abajo en el valle. La niebla pasaba por las vaguadas y los altos movida por el viento del sur.
Ya más arriba salimos del bosque hacia la ladera casi pelada de un valle por el que baja el río Duero en sus primeros metros de recorrido. La senda va a media altura de esta vaguada y continúa señalada por las marcas bicolor. En dicha ladera nos encontramos con un rebaño de vacas tumbadas en un trozo de pradera. La pendiente se fue suavizando, al contrario de lo que suele ser habitual en una ascensión, donde los tramos finales son los más pendientes salvo en los cresteos.
De esa forma llegamos a uno de los puntos cruciales de la marcha, el nacimiento del Duero. El mismo esta señalado con un cartel y simplemente se ve como mana un pequeño chorro de agua de entre las piedras. Allí tienen un canaleto de madera que estuvimos ajustando un poco para que se viese mejor el manantial. Aprovechamos para sacar una foto en este singular lugar, ya que no deja de ser el comienzo de uno de los principales río españoles. Es curioso conocer este sitio cuando además, como yo, has visto ese mismo río en la zona de los Arribes salmantinos o en Portugal, donde parece casi un mar.
De nuevo en marcha continuamos unos metros por entre las rocas de la parte baja del valle hasta coger de nuevo la senda. De arriba bajaban tres jóvenes con bici de montaña. Ahora nos dirigimos hacia una collada desde la cual divisamos la parte contraria del macizo. Entre los claros, cada vez más abundantes, divisamos una de las lagunas cercanas al pico situada en el valle por el que se baja hacia la Laguna Negra, en la que ya hemos estado hace unos tres años. Desde allí hay un buen trecho hasta llegar a la misma, ya que nosotros vimos el Urbión muy a lo lejos desde la parte alta de la misma.
Ya solo nos quedaba el último trecho hasta la cumbre y antes de llegar, como ya me había advertido Carlos, encontramos un particular sitio. En una pequeña explanada, entre enormes rocas de curiosas formaciones, han puesto una cruz metálica con un altar delante para celebrar romerías. Uno de los de un grupo que estaba por allí nos sacó una foto delante de dicho paraje. Una de las enormes moles tenía un gran boquete por el que se veía también el valle contiguo.
Ya con ganas de llegar, a pesar de la cómoda y rápida subida, emprendimos esta última tirada hacia la cumbre, también de aspecto singular como nunca había visto otra. Las enormes rocas erosionadas formaban grandes y estrechas grietas a través de las cuales alcanzamos la cima. Eran las 13:00 horas aproximadamente.
El hito estaba en lo alto de una de esas rocas y había que trepar para alcanzarlo, no teniendo la roca mucha mayor superficie que la base del mismo. Cercano, en otra de las moles, había una cruz con un Cristo. Abajo, entre las mismas, estaba el buzón y una placa con el nombre del pico y la altitud, 2225 m. Una pareja solamente estaba allí comiendo y luego llegó un joven que no tardó en bajar.
La alegría mía fue grande al ver como, aunque fuese solo entre grandes claros, pude disfrutar del paisaje desde la cima. En la lejanía se veían varios picos entre los cuales se encuentra el Moncayo. También los valles circundantes, como el que antes comenté que baja hasta la Laguna Negra. Carlos tuvo la suerte de poder disfrutarlo hace un mes con Miguel en un día de calor pero despejado.
Desde allí llamé a casa y a mis hermanas, que están en Logroño, prácticamente a la misma altura Este-Oeste en el mapa de España.
Habíamos decidido, dado la corta duración de la ascensión, dejar la comida abajo y no pujar por ella. Por ello, tras disfrutar del paisaje un rato, sacar unas fotos y dejar nuestra tarjeta de cumbres en el buzón, emprendimos el descenso ya que la niebla se volvía a cerrar a ratos e incluso un momento lloviznó.
Poco antes de las 14:00 horas comenzamos a bajar. Esta vez optamos por hacerlo más directamente hacia el valle sin pasar por la collada. De nuevo atravesamos por entre varias piedras de singulares aspectos hasta alcanzar la ladera de la vaguada por la que descendimos suavemente hasta llegar al sendero de subida dejando ya por encima el nacimiento del Duero. En el arroyo pudimos ver, como anteriormente, bonitas cascadas y pozas de agua cristalina. Con mejor temperatura incluso nos hubiésemos dado un remojón, pero no acompañaba este día de pleno julio. Sí sacamos una foto cerca de una de las cascadas.
Pasamos entre las vacas que antes habíamos visto en el mismo lugar mientras ahora se abrían cada vez más claros en el cielo. Así fuimos perdiendo altitud hasta meternos en el pinar donde los rayos del sol cambiaban totalmente el aspecto de por la mañana. Yo no podía por menos y saqué numerosas fotos plasmando estos efectos luminosos sobre el bosque.
No tardamos en divisar “El Bunker” y hacia él nos dirigimos. Este es de hormigón y con forma de cubo algo aplanado. A la entrada había grandes bolsas con basura y abrimos la puerta para verlo por dentro. El recinto es cuadrado de unos 8 metros cuadrados y en él tienen unos bancos, una chimenea y una especie de mesa. En una de las paredes vimos un mural pintado y con los nombres de los reformadores, creemos que un grupo de montaña o scout. Por la fecha que ponía supimos que lo habían terminado justo el día antes. El día que fue Carlos estaba inhabitable del todo.
Tras sacarnos un foto dentro reemprendimos la marcha de los últimos metros que nos quedaban hasta la furgoneta. Sobre las tres terminamos este descenso del que no nos podemos quejar mucho tras las perspectivas que veíamos.
Sin más nos pusimos en camino con intención de acercarnos hasta el Castro Viejo, un lugar cercano acondicionado como merendero y mirador. Ya rodando noté como la furgoneta me iba a tirones y salía humo azulado por el escape. Lo achaqué a que podía estar algo ahogada, aunque me mosqueaba. Llegamos al desvío de la carretera y de la otra pista por la que seguimos unos metros antes de detenernos en un aparcamiento del lugar. En una de las mesas nos acomodamos para comer tranquilamente a la sombra, ya que ahora el sol comenzaba a calentar.
Un rato estuvimos allí comiendo y descansando mientras veíamos a numeroso personal entrar al recinto. Tras ello dejamos las cosas en la furgoneta y entramos de nuevo para visitar este curioso rincón. Intentaré explicarlo, aunque hay que verlo para hacerse una idea del mismo.
Numerosas moles de piedra erosionadas por el agua emergían del suelo hasta varios metros de altura creando entre ellas paseos y lugares de mesas para comer o merendar a la sombra misma de dichas masas pétreas. A través de los senderos nos acercamos hasta un mirador sobre la ladera de la sierra desde el que contemplamos el valle donde se ubica Duruelo y Covaleda. Justo debajo vimos también bonitas formaciones y contrates de roca y pinos. El lugar realmente es idílico y apropiado para “fundir” también numerosas fotos.
Alrededor de las cuatro eran cuando decidimos ponernos ya de regreso. Tras unos metros por la pista salimos a la carretera de bajada al pueblo. La furgoneta seguía yendo a tirones y con humo raro en el tubo de escape. Aproveché una recta para acelerarla bien y yo creo que desahogó, ya que luego continuó bien el resto del viaje.
En Duruelo salimos a la general y de nuevo nos dirigimos hacia Quintanar de la Sierra, pueblo en el que acampamos hace tiempo cuando subimos a las lagunas de Neila y al pico Campiña. Desde él continuamos hacia Salas de los Infantes parando en otro pueblo intermedio, no me acuerdo cual, para sacar una foto del Urbión visto bastante a lo lejos.
Yo iba un poco “mosca” ya que no iba situado en el mapa y siempre me gusta saber por donde estoy viajando. Por ello ya no pude contenerme más y paré un momento a mirar el mapa y ver por que carreteras íbamos. Así pasamos por Salas donde cogimos la nacional Burgos hasta llegar a Hortigüela, donde optamos por desviarnos hacia Covarrubias a visitar este bonito pueblo.
Por una estrecha, pero bonita carretera casi encajonada, llegamos hasta el monasterio de San Pedro de Arlanza, ubicado en un enclave único de sublime belleza. Este edificio, mitad en ruinas, mitad reconstruido, se puede visitar en determinados días, estando cerrado en ese momento. Desde fuera se puede contemplar igualmente la estética maravillosa del recinto que dejé plasmada en numerosas fotos.
De nuevo en marcha recorrimos el resto de kilómetros hasta llegar a Covarrubias. Aparcamos la furgoneta y comenzamos un recorrido a pie por sus típicas calles. En dicha población también hay un camping en el que pasamos otro fin de semana cuando subimos al Cerro de Santa Bárbara y recorrimos el desfiladero de La Yecla, en Santo Domingo de Silos, a 17 kilómetros de allí.
La iglesia estaba abierta y entramos a verla un momento. Luego compramos unas postales y unas bonitas casas de cerámica para colgar de adorno en la pared. En un bar tomamos un refrigerio y nos acercamos hasta la oficina de turismo donde cogimos unos folletos.
La tarde había quedado veraniega del todo e invitaba a pasear en vez de conducir, pero había que hacerlo, así sin más volvimos a ponernos en ruta. Tomamos la opción de no salir de nuevo a la carretera de Soria, si no ir hasta Lerma y coger la autovía N-I hacia Burgos. Así, tras unos 22 kilómetros hasta esta villa, salimos la vía rápida por la que circulamos cómodamente hasta llegar a un desvío hacia la autovía de Valladolid.
En vez de entrar por Burgos como por la mañana, cogimos esta vía sabiendo que tenía, no sabíamos donde, una salida que empalmaba con la nacional que salía de éste y luego con la autovía nueva. Tras recorrer bien a gusto unos diez kilómetros encontramos dicha derivación por la que salimos a la nacional antigua que unía las dos ciudades. Por ella tuvimos que retroceder otros cinco kilómetros para poder entrar luego por fin en la autovía hacia León.
Con el sol de frente avanzamos kilómetros hasta entrar en nuestra provincia. Enseguida se encuentra el desvío a Sahagún, donde decidimos parar a tomar otro refrigerio. En una cafetería estuvimos un rato siendo casi las nueve cuando retomamos el viaje de nuevo por la autovía. Al terminar ésta salimos a la nacional por la que recorrimos los últimos 10 kilómetros antes de entrar en Armunia sobre las 21:30 horas y tras un total de 600 kilómetros. Fui primero a dejar a Carlos y enseguida terminé yo este largo viaje.
Y con ello dimos por finalizada esta completa jornada en la que cumplí uno de mis objetivos pendientes de este año al no poder hacerlo en la salida del club. Tanto el mirador del Castro Viejo, el monasterio de San Pedro de Arlanza y luego Covarrubias, completaron con creces la ascensión a este fácil, pero mítico pico de la sierra soriana.