lunes, 2 de junio de 2003

RIBADELAGO-LA CUEVA DE SAN MARTÍN (CAÑÓN DEL TERA)”. (Zamora). 01-06-03

 



1ª TRAVESÍA “RIBADELAGO-LA CUEVA DE SAN MARTÍN (CAÑÓN DEL TERA)”. (Zamora).

01-06-03          (Domingo)

Para inaugurar este mes de junio hemos realizado una bonita ruta por la zona zamorana de Sanabria. Concretamente recorrimos el cañón del río Tera, principal abastecimiento de agua del lago de Sanabria. El recorrido, aunque medianamente duro, fue de una belleza singular.
Antes de comenzar este relato de lo acontecido haré un pequeño inciso sobre la organización de la salida. Comenzaré por apuntar que, dado la división muy destacada de opiniones a la hora de concretar la fecha de la misma, se decidió, como cosa excepcional, repartir en dos grupos los participantes para esta actividad. Por ello quedó resuelto hacer dos salidas en días diferentes, unos irían este fin de semana y el resto lo haría el último del mes.
Por otro lado, los que fuimos este fin de semana también lo realizamos en dos grupos separados, los que marcharon el sábado y los que lo hicimos el domingo. El sábado fueron Cristina, Pablo y Miguel y el domingo Carlos Gil y yo. Al final incluso no nos vimos, ya que sus planes eran algo diferentes a los nuestros. Ellos subieron el sábado a dormir a un refugio por encima del objetivo nuestro y el domingo, al tardar ellos bastante en bajar, no llegamos a encontrarnos, lo que tampoco supuso ningún problema. Pero bueno, a continuación queda reflejado todo este transcurso de la jornada dominical.
Alrededor de las 7:30 horas llegó Carlos a mi casa de donde salimos poco después con la furgoneta. Por la nacional avanzamos sin novedades hasta llegar a Benavente donde cogimos la autovía de Ourense con dirección a Puebla de Sanabria. Poco antes de ella salimos en el desvío hacia el lago que luego bordeamos hasta llegar a Ribadelago Viejo. En éste preguntamos por la situación del campo de fútbol, donde comenzaba la ruta según el mapa. Por un camino hacia el norte salimos del pueblo y vimos una caseta que nos habían dado de referencia. Tras ella, para evitar el sol que salía entre algunas nubes, aparcamos la furgoneta y nos preparamos para la ruta. Con el móvil intentamos hablar con el resto, pero la cobertura de ellos era nula donde estaban.
A las 9:25 horas comenzamos a andar por el mismo camino que traíamos de atrás. No tardamos en internarnos entre prados y huertas con árboles. La ruta, como todas las marcadas en el parque natural, está señalizada con hitos y marcas de un color determinado, a ésta le correspondía el verde.
Tras atravesar por entre toda esta vegetación, y después de unos dos kilómetros escasos, llegamos a una explanada cubierta de enormes piedras procedentes de la rotura de la presa situada más arriba hace varios años, y que supuso una gran catástrofe en el pueblo. Aquí cometimos el error que nos retrasó una media hora. Además de los hitos pintados, había varios más hechos de piedras amontonadas. Pues bien, por seguir éstos, fuimos subiendo por la roca hasta encontrarnos con un corte vertical. Como bajar, se podía bajar, pero luego no veíamos claro el paso del río. Con las mismas tuvimos que retroceder y descender de nuevo hasta la explanada para buscar las marcas verdes. Después de un rato dimos con ellas y sin dejarlas volvimos a subir siguiendo esta vez la senda marcada entre vegetación. Ésta, y como referencia futura, sale por la parte izquierda de la llanura, ya que según el mapa, hay otro camino por la derecha pero es más complicado por culpa del cauce.
Sin dejar nunca las marcas verdes, que aprovecho para decir que estaban pintadas en estacas, como flechas o en forma de huella de pisada, alcanzamos la parte alta de las rocas. Echando la vista atrás vimos ahora el pueblo tras los numerosos árboles y también Ribadelago Nuevo. Tras serrear un tramo por la cima, fuimos bajando suavemente entre enormes rocas muy erosionadas por el agua. Apunto aquí que el cañón, en la parte baja donde estábamos, está dividido en dos cauces, uno principal, que es por donde transcurre el camino anteriormente mencionado de la derecha, y este otro por el que solo baja una mínima cantidad de agua en esta época. Poco más arriba se unen los dos.
Así llegamos a una bajada con rocas en forma de escalera donde ocurrió el incidente más desventurado de la jornada. Estando en la parte alta me pidió Carlos los prismáticos para ver no sé que cosa. Pues bien, tras dárselos y en un desliz, se le cayeron de las manos. Nos quedamos los dos atónitos y sin palabras viendo como se iban desarmando según rodaban roca abajo. Al recogerlos vimos que algunas piezas se habían roto y otras desencajado, quedando inservibles del todo.
Después de este infortunado episodio continuamos el descenso hasta llegar al cauce del río. Allí nos encontramos con una bonita cavidad donde caía un pequeño chorro en un estanque natural y sacamos unas fotos pensando en lo impresionante que debía ser en época de deshielo. De nuevo en marcha ascendimos por las rocas disfrutando en todo momento del impresionante cañón.
Como es muy difícil de explicar paso por paso toda la ruta, aunque lo intentaré, sí resumiré que de continuo bajábamos y subíamos por las laderas del desfiladero para sortear los pasos complicados del mismo, siempre, insisto, siguiendo las marcas verdes en forma de flecha, huella o estacas. Es de imaginar cuando digo bajando y subiendo, que más lo último que lo primero, ya que íbamos en contra de la corriente.
Más adelante atravesamos un pequeño arroyo antes de subir por la parte contraria. En el medio del camino encontramos un lagarto al que fotografió Carlos antes de que se escondiera entre los matojos. Así fuimos llegando al arroyo principal donde poco después nos encontramos con una bonitas lagunas al lado de las cuales pasamos. Las rocas por las que transcurría gran parte de la ruta estaban exageradamente erosionadas por la acción del agua. Aunque redondeadas, era muy cómodo subir y bajar por ellas ya que las botas se agarraban bien al estas secas. La vista era impresionante hacia cualquier lado. Las paredes y laderas del cañón no eran muy cerradas y permitían ver mucho paisaje. Enseguida comenzamos a ver grandes saltos de agua que no pudimos por menos de fotografiar.
Algo más arriba de los mismos tuvimos que cruzar el cauce hacia la parte derecha por donde ya continuaríamos el resto de la ruta. De nuevo, echando la vista hacia arriba, disfrutamos de nuevas cascadas. Siguiendo las marcas subimos por la parte derecha del arroyo mientras retrocedíamos en la dirección. Por el medio de un cauce de la ladera vimos hitos de piedra, pero visto lo ocurrido anteriormente, optamos por seguir las marcas aunque pareciese que retrocedían. Al llegar a la parte alta de dicha ladera dio un giro la senda y se metió por el medio de un bosquecillo hasta pasar por la parte alta del arroyuelo anterior. Pasamos luego por detrás de unas peñas trepando a veces por la roca en pequeños tramos.
El resto del sendero transcurrió prácticamente igual y el paisaje seguía siendo digno de admiración en cualquier dirección. Ya bastante arriba se suavizó la pendiente y entramos en lo que nos parecía ser la zona del lago al que íbamos. Se trataba de un ensanche del cañón con bastante vegetación y de una amplitud considerable. Como nos explicaba el resumen de la ruta, el cañón se cerraba delante con una especie de pared por donde caía una cascada. Tras atravesar esta “vega” en la cruzamos un pequeño puente, divisamos delante de nosotros el bello enclave de la laguna y la pequeña cascada que la alimenta. Aquello era La Cueva de San Martín. Eran las 12:00 horas del mediodía aproximadamente. Habíamos tardado hora y media menos de lo que ponía el mapa.
En la salida de aguas de la misma había otro puente de cemento desde el cual se contemplaba de frente la cascada y la laguna. Por allí había una vaca que se nos acercó hasta pocos metros. Hacia la izquierda subía el sendero y yo me acerqué hasta la cima de unas rocas del borde del lago donde saqué unas fotos. Por su parte, Carlos, que no iba en su mejor forma esta vez, lo bordeó por la parte contraria hasta una verde pradera llena de flores donde se acomodó. No tardé en unirme a él y sentarme también cerca de la curiosa orilla del embalse. Digo curiosa porque, un metro más adentro de la misma, el suelo se cortaba y ya no se veía fondo alguno, como si fuese un abismo negro.
En teoría, los demás tenían que pasar por allí de regreso, claro suponiendo que hubiesen ido y que lo hiciesen por aquella parte. La ruta continuaba por encima de la cascada hacia la zona de Presa Rota, la Vega de Conde y más arriba la base de Peña Trevinca. Precisamente era la vega que teníamos que haber pasado hace dos meses en el intento de su ascensión desde la Laguna de los Peces, que en esos momentos la teníamos casi a nuestra altura por la parte derecha y contraria del cañón.
Poco después llegó una pareja que anduvo paseando por allí y no tardando otro joven con el que conversamos un rato. Éste había bajado por la ladera derecha desde la carretera de la Laguna de los Peces, siguiendo la misma ruta que nosotros traíamos y que giraba luego hasta bajar por San Martín de Castañeda a Ribadelago de nuevo. Nosotros íbamos a volver por el mismo cañón en vez de hacer todo el recorrido.
Allí acomodados comimos tranquilamente disfrutando del bello entorno. Próxima a nosotros había una cabaña a la que nos acercamos. Estaba medio en ruinas y dentro crecía vegetación. Cerca de la misma, aunque no la vimos, tenía que salir la senda que sigue subiendo por el desfiladero.
Poco a poco se fue nublando el cielo y como veíamos que no venían, optamos por preparar el regreso. Yo temía que se pusiese de tormenta, ya que los dos días anteriores habían caído dos buenas en León. Sobre las 13:50 horas emprendimos la marcha. El joven había dejado la mochila junto a nosotros y estaba dando una vuelta por la zona. Allí se la dejamos algo recogida antes de marchar. Luego estuvimos con él cerca del puente.
Como era pronto, decidimos tomarlo con calma. Paramos a ver algunos detalles del cauce y antes de salir de la vega comenzó a llover débilmente. De momento no fue mucho, pero enseguida nos hizo poner el chubasquero. Minutos después, y para recochineo, paraba de nuevo. Atravesamos por el medio de una arboleda antes de meternos en la estrechura del cañón. Las bajadas de antes ahora eran subidas que costaban un poco más. El cauce lo teníamos a nuestra derecha y en él seguíamos contemplando numerosos saltos de agua.
Al llegar a la altura en la que la senda daba el rodeo por encima del pequeño cerro paramos para contemplar un rato la serie de cascadas que se veían desde allí. Durante unos 15 minutos estuvimos sentados esperando que pasase algún claro en el cielo y sacar una bonita foto de las mismas. Al final no hubo suerte y las tuvimos que sacar con la luz que había. En la ladera de enfrente vimos a una pareja que subía por las rocas en vez de seguir el sendero. Les indicamos el mismo, pero decidieron continuar por aquel lugar.
Continuamos el descenso hacia el río que cruzamos por las rocas para subir de nuevo por la ladera opuesta. Entonces fue cuando vimos en una pared de la parte contraria una caja metálica con una placa al lado en la que se distinguía una cruz. Suponemos que era el recuerdo de algún accidente allí acontecido a alguien. Sin novedades fuimos bajando por el mismo sendero anterior hasta llegar a la zona donde estaba la cavidad de la cascada. En ella volvimos a detenernos a refrescarnos un poco antes de seguir. Subimos a continuación los escalones de roca y no tardando alcanzamos la parte alta de la explanada.
Por el sendero entre vegetación descendimos fuertemente hacia la misma y la atravesamos por entre las numerosas piedras de todos los tamaños. Nos cruzamos allí con tres señoras y luego con otro grupo de ellas. Tras dejar atrás esta zona y ya en el camino, nos preguntaron unos hombres con niños por ellas. Se sorprendieron cuando les dijimos que las habíamos visto casi un kilómetro más arriba.
Siguiendo este camino entre huertas y prados me llevé un buen susto. De repente oí un ruido de algo que se movía en el suelo a mi derecha. Mirando abajo vi un culebra de unos 50 centímetros de larga con la cabeza levantada. Me dejó helado. Todavía se me ponen los pelos de punta al recordarlo. Encima, y como hacía calor, había ido todo el camino con bermudas. Quise sacarla una foto, pero se escabulló enseguida.
Sin más alteraciones llegamos al coche cuando eran las 16:15 horas. Vimos que la caseta era un chiringuito donde se vendían refrescos y demás para el numeroso personal que ahora se acomodaba por aquellos prados a pasar la tarde. Nos cambiamos y decidimos ir hacia el pueblo a ver si veíamos el coche de alguno de los nuestros. Al pasar por la misma calle de la mañana vimos uno como el de Miguel. Paramos y me acerqué para confirmar que era el suyo. La matrícula nos parecía y viendo el interior me convencí prácticamente de ello. Como no sabíamos cuando iban a bajar, optamos por dejarles una nota en el parabrisas trasero diciéndoles que no esperábamos.
Sin más emprendimos el regreso que decidimos hacerlo por donde la vez anterior, por el puerto del Peñón. De esa forma, al llegar a El Puente, tomamos la carretera hacia el mismo. Pues bien, nos equivocamos en un par de cruces teniendo que retroceder en ambas ocasiones un trecho. Ya subiendo el puerto comenzó a llover con fuerza y se mantuvo así unos kilómetros. En la cima se encuentra el límite provincial y se comienza el pronunciado descenso de la vertiente leonesa. Tras pasar por Truchillas llegamos a Truchas donde nos desviamos hacia Castrocontrigo. Aquí, como casi siempre, paramos a tomar un chocolate en Santocildes. En ello estábamos cuando nos llamó Miguel. Acababan de llegar al coche todavía y era las seis y media. Además me dijo que no habían bajado por el cañón, si no siguiendo no sé que ruta de las lagunas. Vamos, como para estar esperando por ellos en Cueva de San Martín.
De nuevo en marcha de fue despejando el cielo cada vez más. Tras pasar por La Bañeza cogimos dirección a Santa María del Páramo por una carretera en obras. Atravesamos por el medio de este y sin novedades llegamos a la entrada de León. Aproximadamente a las 20:00 horas paramos en Armunia tras 336 kilómetros hechos en total.





















lunes, 19 de mayo de 2003

VII ENCUENTRO DE MONTAÑEROS LEONESES. “LA VEGA DE ROBLEDO-SAN EMILIANO”. 18-05-03

 


VII ENCUENTRO DE MONTAÑEROS LEONESES.

1ª TRAVESÍA “LA VEGA DE ROBLEDO-SAN EMILIANO”.

18-05-03         (Domingo)

Un año más hemos celebrado el encuentro de Montañeros Leoneses, que en esta ocasión cumplía su séptima edición. Esta vez ha sido organizado, con gran éxito por cierto, por el club “S.L.A.C. Collado Jermoso” de la propia ciudad. Apunto aquí que el pasado año lo organizamos nosotros, también con gran acierto, por las numerosas felicitaciones recibidas.
En esta ocasión la celebración del mismo ha coincidido con la de mi 33 cumpleaños, lo que hizo que resultase una jornada especial por partida doble. A continuación relato todo lo acontecido a lo largo de la misma.
Antes de nada detallaré la lista de todos los socios de nuestro club que participamos y que sumábamos un total de 16 personas: Miguel, Jorge B., José F., Pepe, José B., Antonio, Carlos, Sonia, María, Jorge, José Antonio, Ada, Julia, Ana Belén, Fernando y yo. La mayoría se habían apuntado a través del club, mientras que otros lo habían hecho por su cuenta. Por otro lado, Carmen, que tenía pensado ir también, se arrepintió a última hora y no apareció en la salida. En total participamos en esta edición unos 350 montañeros.
A las 7:30 horas me recogió Miguel con su coche y luego pasamos a por Pepe. Los autocares tenían prevista su salida de Guzmán a las 8:00 horas. Aquí surgió un pequeño contratiempo que por suerte se solucionó sin mayores consecuencias. De allí tenían que salir cuatro vehículos, pero solo había tres. El cuarto, que era en el que íbamos la mayoría de nosotros, no había llegado aún. Pues bien, cuando salimos de León nosotros eran ya las nueve. Para aguantar algo más fue por la autopista desde aquí mismo hasta la salida de Luna. Aquí la dejamos y cogimos la carretera hacia el cruce de Robledo y Caldas. En ella nos cruzamos con los otros autocares que ya volvían de dejar al resto y tuvieron que hacer alguna maniobra dado la estrechez de la calzada. En el mismo cruce de los dos pueblos bajamos del vehículo y nos preparamos para la marcha. Poco antes de las 10:00 horas emprendimos la ruta los del cuarto autocar. El resto nos sacaba unos 40 minutos.
Los primeros 3,5 kilómetros transcurren por carretera hasta Robledo de Caldas pasando en medio por La Vega de Robledo. El cielo alternado de nubes y claros no quitaba un ápice de esplendor al paisaje del que disfrutábamos. Con la videocámara iba dejando plasmado todo lo destacado del mismo y los acontecimientos que iban pasando.
A nuestra derecha comenzamos a ver el macizo del Cirbanal, ya ascendido por nosotros, al igual que La Silla de Calabillos. Charlando y recreándonos con todo ello, llegamos a Robledo de Caldas 45 minutos más tarde. Muy por encima, siguiendo un camino en zigzag, se veían a los participantes que habían llegado antes. Aquí dejaríamos el asfalto por el resto de la ruta. Entramos en un camino entre vegetación que comenzó a ascender bastante repentinamente. El grupo se comenzó a desperdigar y yo bajé el ritmo. En pocos minutos nos pusimos muy por encima del pueblo teniendo una bella vista del mismo y del todo el valle por el que entramos.
Nuestro primer objetivo era alcanzar la collada de Las Rozas, situada a 1695 metros, unos 450 por encima de Robledo. Los organizadores habían señalizado bien los cruces conflictivos, que tampoco eran abundantes realmente. El camino estaba cubierto de piedrecillas en las que fácilmente podía resbalarse. Por detrás de nosotros no quedaban muchos participantes ya. Yo atajé en una de las curvas, pero vi que costaba bastante esfuerzo y desistí en las siguientes.
Ya llegando a la parte alta de la loma se suavizó la pendiente y comenzamos a ver las cumbres de la parte contraria. Echando la vista atrás pude ver una parte del pantano de Luna y varios picos de la zona de Omaña. A mediodía alcanzamos la collada Las Rozas donde había una caseta en medio de un pequeño prado. Llevábamos 6,5 kilómetros.
El camino continuaba ahora bordeando a media altura un verde valle recorrido por un riachuelo serpenteante. Pasaba justo debajo del Cirbanal e iba dando un giro primero a izquierda y luego a derecha hasta alcanzar la Majada de Cazurria. La caída hacia la hondonada era muy pronunciada desde allí. Yo me fui quedando detrás e iba buscando, según la ruta marcada en el mapa, al resto de montañeros que iban más adelantados. Miraba por las laderas de la otra parte de la vaguada y por las cimas, pero sin distinguir a nadie. De pronto, y sin imaginármelo, vi la larga hilera por el mismo fondo del valle.
Sobre las 12:35 horas alcancé la majada anterior, donde estaba parte del grupo esperando. Decidieron comer algo y yo, aunque sin ganas por ser algo pronto, también piqué un bocado. Desde allí estaba la opción de ascender al pico Cubil, al cual no decidimos subir, algunos por falta de ganas y otros por falta de tiempo. Yo no tenía intención alguna. Por allí estaba Constantino, que era uno de los organizadores, y su hermano Jorge, que pertenece a nuestro club.
Unos veinte minutos más tarde emprendimos de nueva la marcha. Esta vez había que descender hasta el fondo del valle donde hubo que atravesar el arroyo de Las Rozas saltando por las piedras. A partir de allí comenzamos a subir suavemente por la ladera contraria hacia otra collada cercana que alcanzamos a las 13:10 horas. Desde la misma pudimos ver otro bonito valle y las cumbres de las dos Ubiñas, la mayor de ellas cubierta aún por la niebla. La altitud era de unos 1530 metros y llevábamos 8 kilómetros.
Tomando dirección norte nos metimos entre escobas a media ladera de las cumbres del Alto de La Pica. Bordeando de nuevo este otro valle fuimos descendiendo hacia una bonita vega conocida como Brañanavares. Antes de llegar a la misma pudimos disfrutar de la vista de varias cascadas donde, como luego supimos, se habían bañado Antonio y Miguel. Atravesamos el arroyo del Puerto y no tardando llegamos a la zona donde había unas casetas y una fuente cerca de la cual encontramos al resto del grupo comiendo. Mucha más gente hacía lo mismo sentada en las verdes praderas o cerca de las rocas. Eran las 14:10 horas y llevábamos 9,5 kilómetros.
Yo apenas tenía hambre y solo comí un plátano y unas galletas. Para mi sorpresa, me encontré con Loli, compañera en algunas salidas anteriores. Fue ella la que nos indicó que, subiendo un poco por las rocas, veríamos la vega de Casa Mieres y las vertientes sureste de las Ubiñas. Así lo hicimos recreándonos en otra admirable panorámica digna de postal. La vega y los picos destacaban de forma impresionante. Sacamos algunas fotos y grabé todo ello con la videocámara antes de bajar. Fuimos recogiendo y nos acercamos hasta la fuente de la que manaba un agua muy fresca. Allí me topé con Lidia, una antigua compañera mía de trabajo también aficionada a la montaña, con la que charlé un poco antes de emprender la marcha de nuevo.
A las tres de la tarde salimos por el mismo camino que ahora continuaba hacia la collada de Navares, situada a un kilómetro de allí y a 1640 metros de altitud. La pendiente era suave y no tardamos en llegar a ella. El espectáculo que divisamos desde la misma es indescriptible. Laderas de verdes prados y flores blancas cubrían la totalidad de una enorme vega. Remataba todo ello una manada de caballos entre los cuales estuvimos sacando algunas fotos.
Yo no me cansaba de fotografiar y grabar toda aquella maravilla natural. Durante un rato disfrutamos del verdor tumbándonos y jugando en la hierba llevándonos por la euforia del entorno. Realmente era un lugar de esos que se ven en la tele o en postales y te parece increíble que exista. Además, y desde ya hacía rato, el sol contribuía a dar un esplendor nuevo al paisaje.
A media ladera pasamos por aquel idílico lugar antes de alcanzar la collada de Guzparín, máxima altitud de la ruta con 1750 metros. A partir de ella, y salvo una inapreciable subida más adelante, solo nos quedaba el descenso hacia San Emiliano. Habíamos recorrido 11,5 kilómetros de los 17 totales de la ruta.
Siguiendo el arroyo de Naves, nos metimos luego por una vaguada más cerrada pero igualmente bella. La roca ya era más abundante que lo anterior, aunque aún se veían trozos de verde pradera. El grupo seguía dividido y yo iba con los últimos. Con la videocámara iba incordiando un poco a María, que no quería que la grabase. Con nosotros iba en ese momento Constantino, que algo más abajo nos indicó un curioso lugar donde, dentro de un recinto limitado por un murete de piedra habían colocado rocas alineadas y separadas unas de otras una distancia de unos dos metros. Él ya las había visto en ocasiones anteriores y no le encontraba sentido. Incluso tenía la teoría de que pudiera tratarse de algún asentamiento antiguo. La explicación que nos dio una persona allí fue más sencilla. Se trataba de piedras colocadas para poner encima bloques de sal para el ganado.
Pasamos también cerca de un bonito bosque de pinos que destacaba soleado entre las rocas. A partir de allí la pendiente se pronunció bastante. Echando la vista al frente pudimos ver todas las cimas de la zona de Somiedo, el Morronegro, Peña Orniz, albos, etc. Tampoco tardamos en divisar San Emiliano en el fondo del valle. A nuestra derecha surgieron de pronto otra vez las Ubiñas, esta vez vistas por su cara suroeste. Iluminadas por el sol de la tarde, se elevaban imponentes sobre el valle.
Tras haber ya abandonado el cauce del arroyo Naves, fuimos girando hacia la derecha por un camino zigzagueante mas ancho pero con piedrecillas que se deslizaban peligrosamente. Aquí me quedé yo solo y así recorrí el último kilómetro hasta entrar en San Emiliano a las 17:20 horas.
En una pradera tenían montadas unas mesas con pinchos y refrescos para la fiesta posterior. Desde algo más atrás veníamos oyendo ya la música del grupo folklórico “Aguzo”, encargado de amenizar la misma. Continué hasta donde estaba el autocar y allí me encontré con parte del grupo y con Marta, Daniel y Sevi, que habían ido en el coche por la tarde. Tras cambiarme de calzado y demás, volví hacia el lugar donde poco después comenzaría la segunda parte de este VII Encuentro de Montañeros Leoneses, la fiesta.
El personal se fue acercando a las mesas para degustar los pinchos de tortilla, embutidos, etc., que habían dispuesto para todos. Mientras dábamos cuenta de ello, el grupo de danzas exhibía sus bailes regionales para goce de los congregados en aquel lugar. Yo iba dejando plasmado todo ello con la videocámara y la de fotos.
Algo después y como es tradicional, Buzzi, el delegado de montaña de León, felicitó al club S.L.A.C. Collado Jermoso la magnífica organización del evento entregando como muestra de ello a Pili, su presidenta, una placa conmemorativa semejante a la que el año pasado recogimos nosotros. Igualmente anunció que el próximo año estará coordinado por el club Collalampa, de Santa Lucía de Gordón.
Lo que me pilló por sorpresa fue lo que hizo a continuación. De una bolsa sacó una cuelga y pidió que saliesen los que cumplían años ese día. Yo sabía por quien iba, ya que, y hago esta puntualidad, el encuentro estaba previsto para el día 25 en vez del 18. Como el 25 hay elecciones, lo adelantaron, y en la delegación, una de la veces que fui por allí, se lo comenté, qué me fastidiaba un poco ya que me coincidía con mi cumpleaños. Por lo visto no se olvidaron de ello y tuvieron este detalle que me dejó tan sorprendido, que apenas si reaccioné. Me colocaron la cuelga y cantaron el “Cumpleaños Feliz”. Aunque pedimos que saliese alguien más que también cumpliera años, solo lo hizo otro que hacía tres días de ello. Entre los niños, y no tan niños, repartí los caramelos de la cuelga.
Alrededor de las 19:15 se retiró el grupo folklórico y el personal fue acercándose a los autocares para emprender el regreso. Carlos volvió en el coche con Marta. Al lado del nuestro estuvimos un rato de cachondeo nosotros. Sobre las 19:45 horas emprendimos el regreso a León. Por suerte, y no como en otras ocasiones, la gente iba animada y pasamos el viaje de vuelta entre canciones y demás desafinos que también dejé reflejado con el video. Atrás iba un grupo de niños a los que solo les hizo falta animar un poco para que se desgañitaran cantando. Al bordear el pantano de Luna pudimos divisar una torre de iglesia saliendo de la superficie del agua, lo que realmente impresiona. Como a la ida, cogimos la autopista hasta salir en La Virgen del Camino.
Por parte de Buzzi, que iba en nuestro autocar, hubo algunos comentarios sobre próximas actividades a realizar y entregó folletos interesantes que les habían dado sobre la comarca de “Cuatro Valles”. Con ello pasamos el viaje que terminó a las 20:45 horas en el mismo lugar de salida, Guzmán. Por mi parte felicité personalmente a Pili, la presidenta del club organizador, por el resultado tan espléndido de la jornada.
Como ya había prometido antes, invité a los del grupo nuestro a que tomasen algo por allí cerca. Entramos entonces en “Hojaldres Alonso” y estuvimos un rato de charla mientras consumíamos lo pedido cada uno. Resulta que, de mutuo acuerdo según creo, pagaron ellos en vez de dejar que les invitase yo, como había prometido. No me pareció nada bien, pero bueno, no era cuestión de mosquearse. Ya se lo compensaré en otra ocasión. Sin más nos despedimos y en el coche de Miguel volvimos Pepe y yo para Armunia.
Así terminó esta jornada en la que verdaderamente hubo motivos de celebración por todo lo acontecido en la misma: la ruta, el paisaje, el tiempo, la fiesta, la convivencia, etc. Ojalá, y como he apuntado en ocasiones anteriores, podamos seguir realzando este evento durante innumerables años más.