lunes, 26 de abril de 2004

SENTILES Y AUSENTE (Estación Invernal de San Isidro) 25-04-04

 


1ª ASCENSIÓN AL “SENTILES” Y 2ª ASCENSIÓN AL “AUSENTE”.

25-04-04                 (Domingo)

Aplazado de hace dos meses por las inclemencias del tiempo, salimos este domingo a ascender a esa sencilla cima del puerto San Isidro. La previsión inicial era ampliar dichos ascensos con una travesía por Isoba hasta Cofiñal, al igual que hiciéramos hace unos años con la Concejalía de Juventud de San Andrés, pero como se verá, y debido a algunas incidencias que iré relatando a lo largo del resumen, quedó reducida a dichas ascensiones.
En Guzmán quedamos en reunirnos los diez componentes que nos habíamos animado a ello y que éramos: José F., Carlos, Toño, Luis, Guiomar, Antonio, Roberto, José A., José Luis, que era nuevo en club, y yo. Hasta aquí llegamos todos excepto Antonio, que tras llamarle a casa sin respuesta, no apareció. Tras quince minutos de retraso emprendimos el viaje en los coches de Luis, José Luis y el mío.
Por la nacional llegamos a El Puente Villarente donde giramos hacia Boñar. Antes de llegar a éste recibí la llamada de Antonio diciendo que se había dormido y que salía con su coche a nuestro encuentro. A pesar de decirnos que no le esperásemos, decidimos hacerlo en Boñar, ya que de no ser así hubiese hecho la ruta solo. Esta primera incidencia nos retrasó casi una hora.
A su llegada, aparcó su coche allí y con los tres que llevábamos continuamos hacia Cofiñal. Tras bordear el pantano del Porma llegamos a Puebla de Lillo donde giramos hacia éste. A las afueras se encuentra un merendero a cuya orilla dejó José Luis su coche. Los diez nos acomodamos como pudimos en los otros dos para subir hasta la estación de ski. Subimos el puerto San Isidro y en la estación nos desviamos hacia la zona del Cebolledo. Aquella era la única zona donde se acumulaba algo de nieve y el personal abundaba en las pistas, las cuales cerraban temporada ese día.
En el aparcamiento dejamos los coches y nos preparamos para la ascensión. Otra de las demoras con la que nos encontramos fue la siguiente. La vez anterior habíamos subido suavemente por una de las pistas hasta casi alcanzar la cresta por la que continuaba un sendero. Pues bien, ahora al estar en uso dichas pistas, no nos quedaba más remedio que cogerlo más directamente. Este circo del Cebolledo está rodeado por varias cimas. A la derecha teníamos el pico Toneo y de frente el Agujas, los dos ya ascendidos por mi parte. A la izquierda, hacia donde nos dirigíamos, se encuentra la sierra de Sentiles.
A las 11:00 horas aproximadamente emprendimos la marcha metiéndonos en la ladera de dicho macizo. Algunos neveros pisamos en esta parte baja, pero eran escasos. El primer tramo lo hicimos ladeando bastante suavemente hacia el fondo del valle. Poco a poco fuimos derivando el rumbo más directamente hacia la cima del cresteo y la pendiente se fue pronunciando de forma bastante brusca. En ella encontramos el suelo de matojo bajo con poca roca. A pesar de la fuerte pendiente, se ascendía cómodamente.
Lo contrario le ocurría a Guiomar que, sin ningún ánimo de reproche por mi parte, nos retrasó la ascensión por su vértigo en dicha ladera. Llegó un momento que se bloqueó de tal manera, que no era capaz a seguir y quería bajar, lo que para ella sola hubiese sido incluso peor. Con ánimos por parte del resto, diciéndole que llegando al cresteo ya era mucho más fácil, logramos convencerla. Ya casi arriba nos dividimos. Mientras todos se metían por una canal a la izquierda, José F. y yo optamos por seguir un poco a la derecha para alcanzar antes la parte alta del macizo y luego serrear. Para ello tuvimos que pasar un pequeño nevero algo helado, que era el motivo por el que los que iban algo por delante no se hubiesen atrevido, pero que a mi parecer era más sencillo y rápido que la otra opción.
Por debajo veíamos los innumerables coches estacionados en el aparcamiento y la enorme cantidad de personal en las pistas de la estación. El día del que disfrutábamos era casi veraniego. Ni una nube ni bruma aparecía en el cielo.
De esa forma alcanzamos José y yo la cresta por la que iba un sendero que seguimos para unirnos al resto, que habían llegado a un punto más avanzado de la misma. Al lado contrario de la sierra vimos una mina a cielo abierto en el fondo del valle. Siguiendo la línea de cumbres nos encontramos con un repecho hacia la cumbre del pico Sentiles que no tardamos en alcanzar. Eran las 12:30 horas. Esta cima tiene la peculiaridad de tener el buzón en un pequeño picacho que sale de la cumbre en sí y al que se accede por entre unas rocas. La mayoría no pasamos a esta parte descansando un rato en la primera. Aquí nos hicimos unas fotos y la tarjeta de cumbres para depositarla en el buzón, del cual recogimos otra.
De nuevo en marcha nos encaminamos por el mismo sendero hacia la cumbre del Ausente visible desde allí. Aún nos quedaba un trecho bueno para alcanzarla, pero no tenía dificultad alguna. Durante un tramo el sendero se mantuvo unos metros por debajo de la cresta e incluso bajamos unos metros hasta llegar a una collada.
Guiomar ya iba más calmada viendo que no le habíamos mentido al decirle que lo que quedaba era más suave. Por otro lado, José Luis iba y venía haciendo el doble de camino que el resto. Antes del pico Ausente se encuentra la cumbre del Requejines, por debajo de la cual pasamos sin alcanzarla. Algo más adelante, y asomándonos por la parte izquierda hacia el nordeste, divisamos el lago Ausente completamente helado. Igualmente, entre las cumbres del Toneo y el Agujas y muy lejana, la cima de Peña Ubiña.
A las dos de la tarde alcancé la cumbre del pico Ausente, con 2046 metros de altitud. Algunos ya habían llegado antes y otros quedaban algo por detrás. En la misma hay un buzón del que había cogido ya una tarjeta del mismo grupo anterior. La vista desde allí creo que se puede decir que es de las más amplias que hay en la cordillera. Haciendo un recorrido circular se pueden divisar, entre otros, parte de los Picos de Europa, con Torre Santa destacando en medio. El Espigüete de Palencia, Peña Corada, el Susarón, Correcillas, Bodón de Carmenes, muy lejana, por supuesto, el macizo del Teleno así como varias cimas de la parte del Curueño. Como no, las cercanas cumbres del Agujas, Toneo o Torres, allí mismo en San Isidro.
Acomodados en las rocas de la cima estuvimos comiendo mientras disfrutábamos del excepcional tiempo que hacía. Antes de comenzar el descenso, sobre las 15:20 horas, sacamos unas fotos y dejamos igualmente nuestra tarjeta de cumbres. Como la intención era seguir la ruta, la bajada la hicimos hacia la parte contraria, donde estaba el lago. Dejando éste al lado izquierdo perdimos altura por la ladera del pico hasta un punto donde terminaba un gran nevero y nos tiramos directamente hacia el lago. De nuevo la fuerte pendiente bloqueó a nuestra compañera y bajó el ritmo. A pesar de estar la nieve blanda, sin peligro alguno de resbalar, bajaba a paso lento. Yo, a media ladera, saqué un plástico y me tiré resbalando por el nevero hasta casi abajo. Por allí había un par de parejas disfrutando de la nieve.
Desde el lago había que continuar bajando por las vaguadas con dirección a la carretera y a Isoba, para el que aún quedaba un buen trecho. Algunos se adelantaron y estaban ya en una colladina del valle. Al llegar todos a la misma se decidió otro cambio en los planes. Eran entonces las 16:30 horas y aún quedaba un trecho bueno para llegar a Isoba y otro más hasta Cofiñal. Carlos y Toño propusieron olvidarse del resto de la ruta y dirigirse desde allí directamente a la estación. Por mi parte, y la de alguno más, opinábamos que daba tiempo a hacerlo todo aunque se terminase algo tarde, dado que ya la duración día lo permitía, pero por votación se decidió lo otro.
Algo decepcionado por ello, pero aceptando la decisión, nos encaminamos para coger la pista que sale del lago hacia la estación y hacia la cual había que subir de nuevo. Ya en ella encontramos algo de nieve acumulada. Por aquí vieron, no me acuerdo quien, una víbora.
Poco a poco nos fuimos acercando a la zona donde teníamos los coches. Las instalaciones acababan de cerrar y una hilera de coches desfilaba por la carretera. Antes de llegar abajo pudimos disfrutar de un bello contraluz con los picos Toneo y Agujas.
Poco después de las cinco llegamos al aparcamiento. Aquí nos cambiamos el calzado y demás. Yo traía la cazadora y la sudadera en la mochila ya que la temperatura había permitido caminar en camiseta desde media mañana.
No tardamos en ponernos en marcha hacia Cofiñal para recoger el coche de José Luis. Bajamos el puerto y llegamos Puebla de Lillo donde de nuevo nos desviamos a dicho pueblo. Mientras el resto quedaba en un bar, yo acerqué a José a por su coche a las afueras. Luego tomamos todos juntos unas consumiciones e hicimos las cuentas de gastos. Sobre las 18:30 horas emprendimos el regreso a León.
Bordeamos el pantano y no tardamos en llegar a Boñar. Aquí paré a dejar a Antonio, que tenía que recoger su coche. De nuevo en marcha, y sin novedades, llegamos a Puente Villarente donde giramos hacia la capital. Sobre las 19:30 horas entramos en ella y en Guzmán coincidimos de nuevo todos y nos despedimos.
Y con ello finalizo este relato de lo acontecido en esta agradable jornada de montaña. Salvo las incidencias ya comentadas, y que no merecen especial realce, podemos confirmar plenamente un resultado positivo.















lunes, 19 de abril de 2004

XVII MARCHA REGIONAL DE MONTAÑA. "RIOLAGO- VILLASECINO- TRUEBANO- SENA DE LUNA" 18-04-04

 


XVII MARCHA REGIONAL DE MONTAÑA.

1ª TRAVESÍA “RIOLAGO- VILLASECINO- TRUEBANO- SENA DE LUNA”.

18-04-04              (Domingo)

En esta ocasión hemos aprovechando una actividad organizada por la Delegación Leonesa de Montañismo para unirnos a la misma y realizar una bonita travesía que fue modificada debido a las inclemencias del tiempo, que este año nos está frustrando varios planes debido a la pésima climatología del invierno y la primavera.
La ruta prevista en principio era “Riolago- pico Penouta- Abelgas- Sena de Luna”, pero como digo, el mal tiempo reinante ese mismo día, hizo cambiar los planes a la organización inclinándose por dicha alternativa también advertida de mas sencillez pero igualmente bonita.
Poco antes de las ocho de la mañana me recogió Toño para dirigirnos a Guzmán, de donde salíamos a la hora en punto. De nuestro grupo fuimos al final 13 personas: Roberto, Luis, Álvaro, Javi V., Carmen, José A., José F., Toño, Carlos, Sonia, Jorge, Guiomar y yo, aunque podemos añadir alguna más que vi por allí y que pertenecen a otros clubes además de al nuestro.
Por la carretera de Caboalles salimos hacia La Magdalena donde entramos en la autopista para evitar las curvas del pantano de Luna. Tras cruzar el puente colgante salimos de la misma hacia el punto de salida. La lluvia que traíamos desde León, cesó unos minutos, pero el cielo cubierto no pronosticaba mejoría inmediata como así se demostró antes de terminar el viaje. De esa forma llegamos a Riolago, donde por la estrechez de la carretera y su reducido espacio para maniobrar, tuvieron que entrar los autocares de uno en uno desde Huergas. En total ocho autocares de toda la provincia en los que íbamos unas 400 personas.
Con la lluvia cayendo nos dividimos en dos grupos, los que irían al pico y los que haríamos la travesía sencilla. Luego supimos que los organizadores, visto el panorama, optaron por suspender la primera opción dejando solo la segunda como válida. La mayoría había optado por la travesía, yo entre ellos, y nos reunimos cerca de la iglesia de Riolago. Poco antes de las 10:00 horas emprendimos la marcha por un camino hacia Villasecino, distante 3,5 kilómetros. Con nosotros iban Gelo y Sheila, dos antiguos compañeros del club.
Las cimas se mantenían cubiertas de nieblas y el arco iris brillaba claro por encima del pueblo cuando el sol aparecía entre dichas nubes. Los prados verdes de los valles contrastaban con la nieve que se veía en algunas cumbres. Hacia la parte izquierda contemplábamos la carretera por la que habíamos llegado. Al lado contrario se alzaban las cimas del macizo del Penouta. Poco a poco fuimos subiendo a una collada desde la que comenzamos a descender hacia el valle por el que bajaba el arroyo Villasecino. La vista de éste valle hacia la parte alta era realmente bonita.
Ya cerca de Villasecino encontramos una iglesia o ermita cerca de la cual pasaba el camino que traíamos. No tardando salimos a la carretera general para dirigirnos a este pueblo que teníamos que atravesar. Eran entonces las 11:00 horas. Una particularidad de esta población son sus casas de piedra casi en su totalidad. Incluso numerosas edificaciones nuevas seguían el mismo criterio de construcción. Por la misma carretera pasamos el mismo para dirigirnos hacia Truébano, a aproximadamente un kilómetro de allí. Este pueblo se sitúa algo separado de dicha carretera y hacia él entramos para franquearlo igualmente.
Saliendo de él nos metimos de lleno en el valle de la Cuesta del Sol hacia su final. De nuevo nos encontramos en un espacio verdoso y admirable por su belleza. Con la cámara de fotos no dejaba de plasmar la misma con el pueblo como fondo. El camino va ascendiendo por la parte derecha de la vaguada y poco a poco va girando hacia la izquierda cuando se llega a su final.
Nuestro grupo iba muy dividido, pues mientras algunos habían quedado con la intención de subir al pico, de los que habíamos comenzado la travesía, tampoco íbamos juntos. La lluvia se alternaba con el sol a ratos, por lo que no se sabía si quitarse o no el chubasquero. No eran pocos los que llevaban paraguas, lo que a mí me parece un verdadero estorbo en la montaña.
De esa forma llegamos a una bifurcación del camino donde la gente se despistó por completo. Todos los que iban delante habían seguido el mejor marcado que se dirigía al pico Cuesta del Sol, pero no lo veían claro y paraban. Nosotros, viendo el mapa que nos habían dado, dedujimos que había que seguir de frente directamente a la collada, y así lo hicimos seguidos por numeroso personal. En pocos minutos nos situamos en ella viendo que continuaba un camino poco marcado por la ladera del valle contrario. Como esta ruta era una alternativa de última hora, no estaba marcada, lo que nos despistó en aquel lugar.
Optamos entonces por seguir aquel camino seguidos como digo por el resto de los participantes, ya que todos los que iban por delante de nosotros habían subido hacia el pico. Lo que temíamos era que no fuésemos bien nosotros tampoco y la “mangásemos”. Al final salió todo bien, pero supimos que el camino bueno, que no vimos, bajaba por el medio del valle.
Pues bien, entre numerosas escobas fuimos avanzando a media altura hasta que llegamos a una caseta donde terminaba el camino. Allí paramos todos y estudiamos el mapa. Sabíamos que íbamos con buena dirección, ya que el pueblo estaba en el fondo del valle sin duda alguna, pero temíamos meternos entre las escobas sin un sendero marcado. Para más “recochineo”, se había cubierto del todo y en esos momentos nevaba fuertemente. Aproximadamente serían las doce.
Alguien encontró entre la vegetación un sendero por el que emprendimos todos la marcha. El mismo descendía suavemente por la ladera muy sesgadamente. No tardamos en divisar abajo la carretera y el pueblo de Rabanal de Luna. Yo iba sacando fotos y me quedé separado de todos los del club. Ahora había salido de nuevo el sol y el valle tenía una vista de postal. No exagero si digo que saqué allí unas veinte fotos, aprovechando eso sí, la ventaja de la cámara digital para seleccionar luego las mejores.
En un momento determinado vi como Carlos, Sheila, Gelo y Toño abandonaban el sendero y bajaban directamente al pueblo de Rabanal. A Toño se le distinguía bien por la funda de la mochila color fosforito. Tanto estaba disfrutando del tramo aquel, y dado que había quedado yo solo como digo, salvo todo el resto de los participantes que aún quedaban por pasar, que decidí parar a comer en aquella ladera y recrearme plenamente. Eran entonces las 13: 00 horas.
Justo por debajo de mí, a unos 300 metros, se encontraba Rabanal, con un bonito pinar entre él y yo. Un poco separado del sendero por el que bajábamos me acomodé a comer. Por debajo de mí, en un camino, había más participantes haciendo lo mismo. Desde allí se veía todo el valle aquel con una de las colas del pantano de Luna al fondo. De frente emergían las cumbres de la sierra de la Serrona. Anteriormente habíamos contemplado también, aunque no claramente, Peña Ubiña.
Estando allí llegó Buzzi, el presidente de la delegación, el cual se decidió a acomodarse también allí para comer. En el valle se veía la “serpiente” de participantes caminar por la ruta y la carretera hacia Sena, pueblo que no veíamos al situarse tras un peñón solitario.
Poco antes de las dos de la tarde emprendimos el descenso. En el camino de abajo vi pasar a José F., con quien no tardamos en juntarnos. Igualmente no andaban lejos Sonia, Jorge y Carmen, que también habían comido por allí cerca. También por aquí no estaba claro cual era el camino a seguir, aunque logramos averiguarlo.
No tardamos en divisar Sena de Luna a nuestra izquierda y al otro lado del río Luna. Este era el que nos impedía el paso directo hasta él, teniendo que llegar a la carretera que sube a Abelgas para atravesarlo. Cerca se encuentra el camping al lado del cual pasamos. Ahora lucia un espléndido sol, pero el viento soplaba fuertemente.
Sobre las 14:45 horas entramos en Sena de Luna. En la carretera estaban los autocares donde teníamos la ropa para cambiarnos. Algunos que no habían comido lo hicieron en un prado cercano o al lado del bar.
Minutos más tarde nos reunimos todos allí cerca donde los organizadores se dispusieron a entregar un pequeño recuerdo de participación a los clubes participantes en dicha actividad. La casualidad hizo que fuésemos nosotros los primeros en recogerlo. Se trataba de un estuche con una especie de medallón grabado. Al término de ello se hizo el sorteo de material variado de montaña con el número de asiento y autocar. En el club no hubo suerte esta vez. En este rato se volvió a cerrar y durante unos minutos cayó otra nevada.
Ya finalizado el acto nos reunimos todos los compañeros para sacarnos una foto juntos. A las 16:00 horas emprendimos el regreso a León. Si se hubiera hecho la ruta programada, se habría tardado más y se hubiese salido más tarde.
Durante este trayecto de regreso destacaré un par de apuntes. Uno de ellos, la vista de una torre de una iglesia que destacaba saliendo del pantano iluminado por reflejos del sol a la cual fotografié, y el segundo, algo más negativo, el vistazo a un coche medio hundido en las aguas y sujeto por un cable que por lo visto había caído la noche anterior.
De nuevo entramos en la autopista para bordear el resto del pantano hasta llegar a La Magdalena. Aquí la dejamos para hacer el resto del viaje por la carretera hasta la ciudad. De esa forma llegamos a Guzmán sobre las cinco donde terminamos esta jornada de actividad común de todos los clubes de la provincia e incluso, según supe, también de Burgos o Asturias. El día 23 del próximo mes celebraremos el “VIII Encuentro de Montañeros Leoneses”, que este año será por la zona de Gordón.
















lunes, 29 de marzo de 2004

"PALLIDE - PUERTO DE LINARES - COLLADO PRAO DEL TORO - ORONES - PALLIDE" 28-03-04

 


1ª TRAVESÍA “PALLIDE - PUERTO DE LINARES – COLLADO PRAO DEL TORO - ORONES - PALLIDE”.

28-03-04             (Domingo)

De nuevo la climatología nos ha obligado a cambiar el calendario previsto para este mes. Las nevadas caídas en los últimos días nos han hecho aplazar la ascensión a los picos Albos, en Somiedo, y sustituirla por una improvisada ruta en las cercanías del pantano del Porma. La misma fue propuesta por José Antonio a última hora y el resultado fue un éxito, algo mermado para mí que salí con un fuerte gripazo y que me hizo cambiar el último tramo de la misma por otro más sencillo en carretera. Aún así la ruta fue bonita y el transcurso de la misma como sigue.
En Guzmán nos reunimos los 6 participantes que al final nos presentamos este día en la salida. Los nombres de estos eran: José Antonio, Roberto, Luis, Carlos, Guiomar y yo. Poco después de las nueve emprendimos el viaje hacia el punto de comienzo. Salimos por la nacional hasta Puente Villarente y allí nos desviamos con dirección a Boñar. El día se veía despejado incluso hacia la montaña. Tras pasar por éste no tardamos en llegar a la presa del pantano del Porma. Bordeamos el mismo unos kilómetros y en el desvío hacia Pallide dejamos la general. Dos kilómetros más adelante se encuentra este bonito pueblo enclavado en un bello paraje natural. La carretera atraviesa la villa hacia Reyero, pero nosotros entramos por una de las calles hasta su final donde aparcamos los coches de Luis y de Roberto.
El frío era intenso y en los prados se veía una capa blanca de la helada. Bien enfundados y abrigados comenzamos la ruta sobre las 10:15 horas. Por una pista hacia el Este caminamos dejando detrás el pueblo entre verdes pastos y algunas cumbres. Yo me paré un momento para sacar los guantes y pensé que llevaba una cinta para el cuello lo que resultó negativo echándola de menos toda la ruta.
Poco a poco fuimos girando hacia la izquierda y nos metimos en el valle del arroyo Remolina. Éste se va reduciendo gradualmente hasta convertirse en un cañón cerrado conocido como El Estrecho. A ambos lados se elevan cimas de altura considerable. En el arroyo, que tuvimos que cruzar en una ocasión, se formaban atractivas cascadinas en las que vimos curiosas formas de hielo. El cañón es muy corto y enseguida salimos de él a un valle amplio. Nosotros continuamos por un sendero hacia la izquierda con dirección al puerto de Linares.
Este valle tiene salida por tres pasos principales, el que traíamos, la collada o puerto de Linares que pasa a Solle y por el lado contrario hacia Lois. Como digo, nosotros comenzamos a subir hacia el collado de Linares siguiendo una vaguada. Carlos se separó del resto y se desvió hacia la izquierda para subir por la loma.
En este tramo ya me comenzaron a agotarse las fuerzas. Iba muy despacio y casi por inercia. Realmente no tenía que haber salido, pero como era una travesía sencilla según José Antonio, me animé. Poco a poco, y esperado por el resto, fuimos ganando altura. A media ladera entramos en una pista que comunica las dos colladas. La vista comenzó a ser impresionante. No tardamos en divisar hacia el Este la cumbre del pico Peña Corada entre otras muchas cercanas. Por esa parte comenzaron a llegar nubes que enseguida cubrieron gran parte del cielo.
A las doce del mediodía alcanzamos la collada de Linares. De nuevo la panorámica que se nos ofreció a la vista fue indescriptible. La zona de San Isidro con todas sus cumbres: Torres, Toneo, Agujas, Ausente etc. Igualmente contemplamos el pico Susarón, allí cercano en el pantano, o el Cueto Aucino de Nocedo. Todos ellos con la cúspide blanca por la nieve. Realmente una vista de postal.
Tras disfrutar unos minutos de esta maravilla, continuamos por la pista que seguía a media ladera. Poco después se nos unió Carlos que bajaba desde la parte alta de dicha vertiente. Por debajo había una caseta a la que bajaron Roberto y José primero y a los que seguimos luego el resto. Se trataba de una edificación cuadrada de unos seis metros cuadrados con una puerta y dos ventanas. En ella había una chimenea, lo que me recordó mucho por su parecido a la cabaña en la que paramos en la salida anterior al Valle de Arbás.
Las nubes y los claros se alternaban trayendo consigo rachas de nieve. Aún nos quedaba un buen trecho de la travesía, parte de ella subiendo. Sobre las 12:50 horas, y tras unos veinte minutos allí, comenzamos de nuevo a caminar. Por la pista que traíamos nos dirigimos ahora hacia la collada del Prao de Toro. Este camino ladea el valle que baja a Solle, al que veíamos en el fondo del mismo, bajando unos metros al comienzo y subiendo luego hacia la collada. Hacia la mitad se encuentra un cruce que se desvía hacia el pueblo cogiendo nosotros el otro ramal menos marcado. Unas señales de madera indican las tres direcciones.
Para llegar a la collada hay que pasar por La Biseca, uno de los escasos bosques de avellanos que quedan en la zona, si no el único. A partir de allí se comienza a subir y encontramos más nieve. Yo me encontraba realmente agotado y solo tenía deseos de terminar. Casi por inercia iba avanzando con la suerte de que la nieve no estaba demasiado blanda. Apenas tenía ganas de sacar fotos, lo que es muy raro en mí. De vez en cuando preguntaba a José Antonio por el trecho que nos quedaba hasta la collada, aunque por experiencia sé que lo mejor es no hacerlo y seguir.
Por fin, y tras una hora de camino desde la cabaña, alcanzamos la collada del Prao del Toro. Al lado se elevaba una cima hacia la que todos salvo Carlos y yo se encaminaron. Carlos bajó unos metros y yo me quedé esperando a que bajase el resto. Me senté un rato y aproveché para sacar algunas fotos. Desde allí se veían los picos del Mampodre cubiertos de nieve y algo de niebla. Al ver que los demás comenzaban a bajar por otra ladera, me uní a Carlos para ver lo que hacíamos.
En el fondo del valle sur veíamos ahora el pueblo de Orones. La ruta pasaba por él antes de subir otra collada y bajar a Pallide de nuevo. Yo había decidido abandonarla en Orones y bajar por la carretera o esperar a que me recogiesen allí, ya que no estaba para subir más.
Como vimos que el resto se ponía a subir otra cima cercana, Carlos y yo optamos por comenzar a bajar hacia el pueblo. Guiomar se nos unió en esa opción y esperamos unos minutos a que nos alcanzase. En la vaguada aquella crecía un bosque de robles que procuramos evitar. Para ello nos echamos hacia la izquierda del mismo encontrándonos con algunos arroyos y trozos quemados de ladera.
Ya bastante abajo entramos en un camino que se dirigía hacia el pueblo y por éste entramos en Orones alrededor de las 15:00 horas.
Por una de sus calles nos dirigimos hacia la iglesia, algo separada del pueblo y un poco en ladera. Allí encontramos un soportal con un zócalo de cemento donde acomodarse para comer. Yo apenas tenía apetito y lo usé como cama para tumbarme un rato. Unos veinte minutos más tarde llegaron los demás. Me decidí a comer algo y estuvimos un rato descansando allí.
Yo había decidido ya irme por la carretera en vez de subir la collada que quedaba. Carlos decidió entonces acompañarme y poco antes de las cuatro emprendimos la caminata. Atravesamos Orones y salimos por la carretera hacia la general, distante aproximadamente un kilómetro. Desde este cruce al de Pallide tuvimos que caminar otros dos kilómetros con precaución debido a las curvas cerradas en las que los coches se metían incluso en el arcén. A mí me costaba mucho avanzar y casi me decido a esperar a que me vayan a buscar, pero poco a poco voy siguiendo a Carlos. El peor tramo fueron los dos kilómetros desde el siguiente desvío hasta Pallide, ya que casi todo era cuesta arriba. Repito, ya marchaba por inercia más que por voluntad.
Cerca de un puente de esta carretera vimos como un zorro se metía hacia la espesura. De nuevo, entes de llegar al pueblo, se echó a nevar. En la ladera por encima del pueblo distinguimos a Luis y a Guiomar por la ropa.
Por fin, y tras una hora de camino, llegamos a Pallide. Cerca del bar estaban José y Roberto con su coche. De Luis y de Guiomar no sabían nada ya que se habían separado poco antes de llegar. Yo tenía la ropa para cambiarme en el de Luis, por lo que decidí acercarme hasta donde habíamos dejado los coches para ver si habían llegado e indicarles donde estaba el resto. Pues bien, tras subir por la calle, nevando, con el considerable esfuerzo en mi estado, y llegar al coche, me encuentro con que no han llegado aún. Después de unos cinco minutos llega Luis corriendo y me dice que estaban ya dentro del bar esperando. Ya con su coche bajamos los dos y sin retrasos cojo la ropa de repuesto para cambiarme y quitarme la ropa húmeda en los servicios del bar. Por suerte esta vez no me han calado las botas, a las que había impregnado bien de grasa, y llevo los pies secos y calientes.
En aquel bar tomamos un refrigerio antes de emprender el regreso. José Antonio propone visitar unos horreos en Boñar o cerca, pero por mi parte prefiero llegar cuanto antes a casa. En el coche de Luis y con Guiomar hago el viaje de regreso. Pasadas las seis y media entramos en León y en Guzmán nos dejó Luis. Allí nos encontramos con Carlos y José Antonio que sí habían parado a ver los horreos. Cerca tenía aparcada la furgoneta en la que volvía a casa.
Y de esta forma termino la travesía de este domingo. Por mi parte hubiese sido mejor no ir, ya que lo pasé bastante regular. Desde luego, si hubiera sido una ascensión no habría salido de casa, pero bueno, lo importante es contarlo y aprender de estas experiencias.













lunes, 22 de marzo de 2004

CASARES DE ARBÁS-COLLADO GISTREO-VIADANGOS-CASARES DE ARBÁS 21-03-04


1ª TRAVESÍA “CASARES DE ARBÁS-COLLADO GISTREO-VIADANGOS-CASARES DE ARBÁS”.

21-03-04        (Domingo)

Continuando con el programa del club para este año, hemos salido a realizar esta bonita travesía por el cercano Valle de Arbás, entre las comarcas leonesas de Luna y Gordón. Esta ruta está recogida dentro de los catálogos de la fundación “Cuatro Valles”, de los que ya hemos hecho varias actividades. En esta ocasión se trataba de una marcha que recorre parte del Valle de Arbás por la zona de la Sierra del Turrón y la de Chagos. Las mismas se sitúan al norte del valle teniendo como referencia cercana las conocidas “Tres Marías”. El transcurso de la misma queda reflejado en el siguiente relato.
Con algo de retraso sobre la hora acordada llegó Miguel a recogerme cerca de casa. Nos dirigimos entonces a Guzmán donde ya esperaban varios componentes más. Pasadas las nueve de la mañana salimos de León por la carretera de Asturias deteniéndonos poco después en la primera gasolinera. Allí estaba Javier F. con un amigo suyo que iban a la misma zona pero con otras intenciones. Ellos llevaban su coche y nosotros íbamos en el de Luis y en el de José F. Según avanzábamos se oscurecía más el panorama. En la misma panadería de la vez anterior paramos a por pan teniendo que retroceder un poco hacia Villamanín para coger la carretera del Valle de Arbás.
Tras pasar por los pueblos de La Tercia llegamos a Casares de Arbás donde comenzaría la ruta. En este nos esperaba también Ricardo, que había venido por el otro lado desde San Emiliano. Allí nos preparamos para la marcha que comenzamos poco antes de las 10:30 horas.
Javier y su compañero se dirigían hacia el pico Ortigal mientras que nosotros comenzamos a seguir las indicaciones de las diferentes señales de la ruta. Apunto aquí el nombre de los diez participantes que en esta ocasión hicimos la ruta y que éramos: Luis, Ricardo, José F., Jorge, Sonia, Carmen, Guiomar, Roberto, Miguel y yo.
Del pueblo salimos por un camino hacia el noroeste teniendo Las Tres Marías a nuestra izquierda. Esta pista comienza ascendiendo suavemente metiéndose en un valle por el que baja el arroyo Casares. Poco a poco fuimos bordeando estas cimas que antes veíamos claramente y en las que ahora se cerraba la niebla. En una pequeña vega había un refugio entre la nieve que ya comenzábamos a pisar. A nuestra derecha se alzaba la sierra del Turrón y más adelante la de Chagos, las cuales teníamos que bordear completamente. Sin darnos cuenta habíamos ido cambiando el rumbo y nos dirigíamos hacia el noroeste. Bruscamente dimos otro giro completo y tras un fuerte repecho alcanzamos la collada de Gistreo, (1628 m). Eran las 11:30 horas.
Desde la misma teníamos una amplia vista de parte del Valle de Arbás con Casares al fondo. Allí nos sacamos una foto de todo el grupo con esta vista detrás. Ahora comenzamos a descender hacia el valle del río Viadangos por el mismo camino ahora cargado de nieve. Algunos decidimos ponernos las polainas mientras otros las habían dejado abajo muertas de risa. La pista trascurría ahora por una ladera norte entre un pinar de gran belleza. Las cumbres estaban completamente cubiertas de niebla que por suerte no llegaba a descender hacia el valle.
La gran cantidad de nieve acumulada en el camino nos hacía avanzar a veces lentamente. De vez en cuando metíamos la “pata” hasta la cintura, como Guiomar, a la que tuvieron que sacar de una de estas al quedar el pie atrapado abajo. El paisaje, por otra parte, era realmente espectacular. Parecía uno de estos que salen en las películas de Alaska con los bosques nevados. Ya no digo nada cuando se abría un claro encima de nosotros y lucía el sol radiante unos minutos.
La pista hizo unos pequeños zigzag hasta llegar al fondo del valle, pero con tanta nieve llegamos a perderla. En el arroyo había numerosas cascadas a las que me acerqué para fotografiar. Atravesamos éste a la parte contraria para encontrar el camino en la misma. El valle era amplio quedándonos ahora la sierra de Chagos a la derecha. Entre ésta y la del Turrón se encuentran unos lagos que Carmen había visto en una ocasión y que, de no ser por la climatología, hubiese estado como opción en la marcha.
Mas o menos siguiendo el camino, que no era fácil por otro lado, fuimos descendiendo siguiendo el curso del río hasta alcanzar un pequeño refugio en el que decidimos parar a comer. Era la una de la tarde y a algunos les parecía pronto, pero el lugar era bastante apropiado.
Se trataba de una pequeña caseta recientemente construida a la que faltaba la puerta y como sustitución habían colocado una de madera sujeta por dos tablas en cuña. Dentro había una chimenea, una silla y una mesa. Roberto enseguida encendió fuego con la leña que se almacenaba en un rincón. Yo tenía los pies mojados del todo y no los sentía de frío. Fuera se iba cerrando cada vez más de nubarrones y la niebla se veía mucho más baja. Unos dentro y otros fuera comimos plácidamente en aquel lugar. Por su parte, Sonia llevaba una botella de champán que bebimos para celebrar un triunfo del que no viene a cuento comentar.
Poco después de las 14:00 horas emprendimos de nuevo la marcha. El camino ya ni se veía y fuimos bajando por donde mejor nos convenía. No tardamos en divisarlo por la parte contraria del río y trabajo nos costó cruzar éste. Además los prados estaban encharcados y al pisar la nieve no sabías si te ibas a hundir o no. Por su parte, Miguel y Jorge continuaron por la otra rivera mientras nosotros íbamos ya por el camino. En la ladera de enfrente veíamos una bonita cascada que fotografié a pesar de estar bastante lejos. La ventaja de la cámara digital es que luego puedes desecharlas si no quedan como quieres.
De nuevo fuimos cambiando de dirección ahora hacia el sureste. Miguel y Jorge habían encontrado también un camino que resultó ser el más acertado. Ahora teníamos que atravesar nosotros de nuevo el río y no había por donde. Un paso que había de cemento estaba cubierto por la riada. Algo más abajo había una especie de presa en construcción por la que tampoco era posible atravesar. Por ello decidimos continuar por aquel lado ya fuera de camino o senda existente. Yo me había adelantado para buscar un paso, pero sin éxito alguno. Cuando el río se dividía en dos ramas, una era fácil, pero la otra no tanto. Cuando ya lo había conseguido, ya bastante abajo, me dice Roberto que luego hay que volver a pasarlo de nuevo. Con las mismas vuelvo a la misma orilla y al resto ya ni les mando pasar.
Poco a poco fimos bajando por la ladera hasta llegar a un lugar donde el caudal está canalizado por debajo del camino y logramos alcanzar éste. Por detrás nos queda una ramificación del camino que traían Jorge y Roberto y que se dividía en dos, la pista en la que nos encontrábamos y otro camino más antiguo. Jorge y Sonia, que eran los que habían hecho la ruta hace tiempo, decían que era aquella la usada por ellos en aquella ocasión. Por otro lado, viendo el mapa vimos que la ruta seguía por el otro ramal de la parte contraria del río. Uno de ellos pasaba por Viadangos y el otro, en el que nos encontrábamos, no.
Optamos entonces por seguir la ruta marcada y retrocedimos unos metros para coger aquel camino. Por él subimos unos metros ladeando los altos de Las Cruces y La Fuxaca. De frente teníamos una vista preciosa de la cima del Fontún. Por detrás veíamos bajar la niebla a pasos agigantados detrás de nosotros, pero curiosamente no llegó a cubrirnos en ningún momento de la travesía.
Lo que primero vimos de Viadangos fue el cementerio. El pueblo, un poco metido tras la ladera, tardamos en divisarlo. Sobre las 15:20 horas entramos en él por una calle al final de la cual vimos un indicador de la ruta. Como el tiempo no acompañaba no entramos a ver dicho pueblo, si no que salimos enseguida por otro camino que comenzaba a subir hacia la segunda y última collada de la ruta. De Javi ya había recibido una llamada diciendo que estaban en Casares comiendo tras haber subido a la mas alta de Las Tres Marías en vez de al Ortigal por un error de orientación.
Poco a poco comenzamos a ascender hacia la collada de la Sierra del Turrón. A unos 700 metros del pueblo nos encontramos con el cruce de la pista por la que hubiésemos venido de no haber cambiado anteriormente la ruta. El camino dio un giro brusco hacia el interior del macizo comenzando a pronunciarse la pendiente. Tras unos 9 kilómetros recorridos, y después de haber comido, costaba echar las piernas adelante. Ya bastante arriba y echando la vista atrás, divisamos el pueblo de Viadangos e incluso Villamanín debajo del pico Fontún. Realmente era una vista de las mejores de la ruta.
Desde la salida del pueblo había comenzado a caer una especie de granizos pequeñitos, pero que con la fuerza del viento hacían hasta daño en la cara. Pues bien, ya en la collada se acentuó la fuerza de la borrasca y durante un rato nevaba copiosamente. El día en esos momentos era completamente invernal. A nuestra izquierda se alzaba la cumbre de peña Muerca, con 1617 metros. Nosotros estábamos en la collada a unos 1425 m
En un día despejado hubiésemos disfrutado de una vista extraordinaria de todo el Valle de Arbás, pero ahora los nubarrones lo cubrían todo dejando solo algunos claros a lo lejos. También hay que decir que el paisaje así tiene igualmente su encanto. De nuevo veíamos Casares en el fondo de la cuenca y el camino que bajaba hasta llegar a la carretera un kilómetro antes de éste.
Ya bajando fue cesando la fuerza de la ventisca. Por detrás quedamos Carmen, José, Sonia y yo. La pendiente se acentuó en este tramo bajando unos 100 metros en poca distancia. Cuando estábamos hacia la mitad vimos a algunos ya en la carretera y otros a punto de salir a ella. Sin dificultad la alcanzamos nosotros también y en pocos minutos recorrimos ese kilómetro restante hasta Casares de Arbás. Sobre las cinco entramos en dicho pueblo y nos metimos en el bar donde estaban los compañeros que habían llegado antes junto con Javi y su colega.
Allí tomamos un café tras lo cual salimos para emprender el regreso. Algunos se cambiaron antes. Yo, como en esos momentos arreciaba de nuevo el agua-nieve, decidí no quitarme ni las botas, y eso que tenía los pies encharcados.
Sobre las 17:40 horas nos pusimos en marcha hacia León. Hasta llegar a Villamanín continuó el panorama igual, pero a partir de allí se fue despejando y no llegó a verse nube alguna. Es increíble como puede cambiar la climatología tan bruscamente en escasos kilómetros.
Sin contratiempo alguno llegamos a León acercándonos Luis hasta Guzmán donde Miguel tenía el coche en el que me acercó a casa.
Otra jornada más transcurrida en el bello entorno de nuestra montaña leonesa. Por mi parte, un nuevo lugar más que he conocido y que verdaderamente no me defraudó en absoluto, a pesar de lo irregular de la climatología.